Por Celia Rojo
Cuando Jacinto Benavente estrenó La Malquerida en 1913, no solo llevó a escena un drama rural sino que también puso al descubierto aquello que la sociedad prefería no mirar. Bajo la aparente calma de una hacienda, laten deseos prohibidos, silencios incómodos y pasiones capaces de romperlo todo. ¿Qué ocurre cuando el amor deja de ser refugio y se convierte en peligro? ¿Cuánto puede sostenerse una verdad antes de salir a la luz?
En un universo aparentemente cotidiano, y un nuevo matrimonio que está a punto de formalizarse, la armonía se resquebraja de forma abrupta. Basta un hecho inesperado, una muerte que irrumpe donde debería haber alegría, para que las sospechas, los rencores y todo lo no dicho salgan a la superficie. Y es entonces cuando la tragedia deja de insinuarse… para hacerse inevitable.
Reestrenar un clásico de esta envergadura conlleva el inherente riesgo de modernizarlo en exceso y perder su esencia. Sin embargo, en el caso de Malquerida, el resultado es un “sí” rotundo. Bajo la dirección de Juan Carlos Rubio y Natalia Menéndez, la propuesta que se estrena en el Teatro Español brilla por su equilibrio. Respetan cada matiz del texto original, demostrando que la fuerza de Benavente no necesita grandes artificios para conmover al espectador de hoy.
En el montaje, se ha prescindido de personajes secundarios como las vecinas del pueblo, Bernabé o Milagros. Sin embargo, lejos de restar, esta decisión permite para dar un peso dramático mucho mayor a los protagonistas y potenciar el conflicto central.
Además, toda la acción transcurre en la hacienda de Esteban y Raimunda, un espacio sobrio, natural e intimista. Con apenas una mesa, una silla, algún banco, y luces tenues que acentúan la atmósfera

Durante los ochenta minutos, la tensión es constante pero contenida. Sin recurrir a sobresaltos ni al ritmo frenético del thriller, el suspense nace de las palabras, las miradas y la violencia silenciosa que habita cada escena.
En esta obra, el amor no tiene nada de romántico; sino que se convierte en abismo que saca a la luz lo más sucio que cada uno lleva dentro. Resulta fascinante observar cómo esa ceguera emocional termina por aniquilar cualquier rastro de lucidez, dejando a los personajes desnudos ante situaciones límite.
Junto a ello, la mentira y la represión se presentan casi como herramientas de supervivencia, formas de estar en el mundo cuando la verdad resulta demasiado peligrosa.
Todo ocurre bajo la presión social y el deseo de proteger el estatus a cualquier precio. Como sentencia Raimunda: “Aunque la casa arda, que no se vea el humo”, reflejando una sociedad que prefiere morir calcinada antes que manchar su fachada.
Es imposible hablar de esta función sin rendirse ante la presencia de Aitana Sánchez-Gijón. Su regreso a esta obra tiene, además, un doble valor fue precisamente con La Malquerida con la que debutó en 1988, interpretando entonces a la joven Acacia. Casi cuatro décadas después, regresa para cerrar ese círculo vital, ahora desde la piel de Raimunda, con una madurez escénica que sobrecoge. La actriz se vacía en cada escena, tanto física como emocionalmente, en una entrega absoluta. No obstante, su magnetismo no eclipsa al resto del elenco.

En este engranaje de interpretaciones brillantes, destaca Goizalde Núñez en el papel de Juliana. Su presencia, constante y necesaria, aporta ese contrapunto de comicidad que da oxígeno a la tragedia. Lejos de la sumisión esperada, construye una criada impetuosa y firme, encarnando a una clase social que vale tanto por lo que calla como por lo que decide mostrar.
Por su parte Lucía Juárez (Acacia) desprende un gran poderío escénico, mientras que Juan Carlos Vellido (Esteban) construye un personaje sólido y autoritario. A esto se suman las impecables actuaciones de José Luis Alcobendas (Eusebio), Dani Pérez Prada (El Rubio), Álex Mola (Norberto) y la breve pero importante intervención de Antonio Hernández Fimia (Faustino).

Esta versión de La Malquerida es una recomendación obligada para todo tipo de público, pero adquiere un valor especial para los jóvenes espectadores. Es la oportunidad perfecta para que las nuevas generaciones descubran a Jacinto Benavente, un autor que, aunque hoy ha quedado algo olvidado, fue fundamental en su momento y dejó una influencia decisiva en dramaturgos posteriores como Federico García Lorca. Conectar con su obra es acercarse a un Premio Nobel de Literatura.
Además, en un tiempo donde parece que el “yo quiero” basta para justificarlo todo, esta obra nos recuerda que no todo deseo puede, ni debe, cumplirse. Que no todo lo que apetece es lo que hace bien. Que hay decisiones que implican renuncia y emociones que, por intensas que sean, necesitan ser cuestionadas.
Quizá por eso su vigencia sigue intacta. Porque, más allá del contexto o la época, la obra nos habla de algo profundamente humano: aprender que querer también implica límites, conciencia… y, a veces, la valentía de no dejarse llevar.
“El que quiera a la del Soto… tiene pena de la vida.
Por quererla quien la quiere le dicen… la Malquerida”.
Al final, hay amores que no pueden nombrarse sin romperlo todo. Y lo más difícil no es sentirlos, sino tener que vivirlos como si nunca hubieran existido.
Celia Rojo
FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA
Vista el 31 de marzo de 2026
Duración: 80 min.
De: Jacinto Benavente
Dirección y adaptación: Natalia Menéndez
Adaptación: Juan Carlos Rubio
Reparto:
Raimunda: Aitana Sánchez-Gijón
Esteban: Juan Carlos Vellido
Acacia: Lucía Juárez
Juliana: Goizalde Núñez
Eusebio: José Luis Alcobendas
El Rubio: Dani Pérez Prada
Norberto: Alex Mola
Faustino: Antonio Hernández Fimia
Escenografía: Alfonso Barajas
Vestuario: Rafael Garrigós
Iluminación: Juan Gómez Cornejo
Música y espacio sonoro: Mariano Marín
Cante: Marcos León
Violoncello: Clara Rivière
Dirección de producción: Ana Guarnizo
Producción ejecutiva: Mónica Regueiro
Ayudante de dirección: Majo Moreno
Ayudante de escenografía: Andrea Merchán
Producción: Producciones Off
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