Por Celia Rojo
¿Te has parado alguna vez a charlar con tu propia cabeza? No a mandarla callar. No a distraerte con el móvil. No a repetirte aquello de «no le des tantas vueltas». A conversar de verdad. A sentarte frente a ella y preguntarle qué demonios está pasando ahí dentro.
Eso es precisamente lo que propone Joaquín Caserza en Conversaciones con mi mente: convertir ese lugar caótico, imprevisible y, a veces, agotador que todos llevamos dentro en el escenario de un espectáculo.
Hablar de salud mental sin caer en el dramatismo no es fácil. Hacerlo desde el humor, todavía menos. Y conseguir que, entre carcajada y carcajada, el espectador termine mirándose por dentro es probablemente lo más complicado. Caserza pone voz, cuerpo y personalidad a esos habitantes de nuestra cabeza que, aunque preferiríamos no invitar a la fiesta, conocen perfectamente nuestro domicilio.
La ansiedad, el miedo, las inseguridades, la relación con nuestro cuerpo, los pensamientos que se multiplican justo cuando más necesitamos silencio… Todo encuentra su espacio en un monólogo que juega precisamente con aquello que tantas veces intentamos esconder.
Porque Conversaciones con mi mente no es un monólogo al uso. Es una experiencia. Y conviene entrar en ella sin pretender tenerlo todo bajo control —algo que, probablemente, a más de uno nos vendría bien practicar—. Hay que dejarse llevar, escuchar y permitir que cada espectador encuentre su propio reflejo en lo que sucede sobre el escenario.
Durante aproximadamente hora y media, el espectáculo avanza con un ritmo ágil y cercano. No necesita grandes discursos ni ponerse trascendental para decir cosas importantes. Le bastan situaciones cotidianas, pensamientos que se nos escapan de las manos y ese incómodo momento en el que descubrimos que aquello de lo que nos estamos riendo nos resulta sospechosamente familiar.
Y ahí está uno de sus mayores aciertos. En un momento en el que la salud mental ha dejado de ser una conversación secundaria para convertirse, por fin, en una cuestión necesaria, seguimos encontrando pocas propuestas capaces de abordarla desde la ligereza sin restarle profundidad. Aquí la risa no funciona como una vía de escape, sino como una puerta de entrada.
Porque hay algo poderoso en reírse de aquello que nos preocupa. No porque deje de importar, sino porque ponerle humor puede ayudarnos a mirarlo desde cierta distancia. Nuestros pensamientos absurdos, nuestras pequeñas obsesiones, la necesidad de tenerlo todo bajo control o esa maravillosa capacidad humana para imaginar el peor escenario posible dejan de parecer tan extraños cuando descubrimos que, probablemente, alguien sentado en la butaca de al lado está pensando exactamente lo mismo.
Y si eres un joven espectador, todavía hay más motivos para acercarse al teatro. Porque vivir hoy también significa convivir con el «me estoy rayando», el «no puedo más», el «necesito desconectar» o el «estoy fatal». Frases que aparecen constantemente en una conversación, en un WhatsApp o en una tarde cualquiera, pero que no siempre nos detenemos a escuchar de verdad.
Conversaciones con mi mente consigue poner palabras y humor a ese ruido que muchas veces damos por normal: la presión por llegar a todo, compararnos, pensar demasiado, exigirnos más de la cuenta o no saber cuándo parar. Y quizá ahí se encuentre una de las conversaciones más necesarias: no aprender a controlar cada pensamiento, sino empezar a entender qué nos está pasando cuando nuestra propia cabeza parece llevar el volante.
Al finalizar la función, Joaquín se acerca al público para intercambiar impresiones, escuchar sensaciones y prolongar, de alguna manera, esa conversación que acaba de comenzar sobre el escenario. En mi caso, además, me fui con su libro bajo el brazo, para seguir escarbando mi mente cuando el telón ya había caído.

Ficha técnica:
Teatro Alcázar
Producción y dirección: Joaquín Caerza
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