Por Sara Barquilla Guerrero

El público acude a ver una obra de teatro acompañado de sus decodificadores neuronales, ya sean culturales, lingüísticos, literarios, históricos, dramáticos, etc. Cuantos más recursos tenga el espectador, más fácil le va a ser otorgar un significado completo a la obra que está recibiendo. Lorca, consciente de esto, desmontó el percal con El público, donde incluso el espectador con más tablas y trayectoria se agarra a los reposabrazos de la butaca, observa ojiplático la propuesta del dramaturgo y se pregunta: ¿qué acaba de suceder aquí?

Lorca escribió El público en 1930. Se le puede sumar un milenio a esa fecha y seguramente la obra seguiría pareciendo absolutamente adelantada a su tiempo. Ahora, en 2026, casi un siglo después de su creación, es aún una apuesta arriesgada y valiente, un reto dirigido a todas aquellas personas que se atrevan a recibir una historia sin historia, un bombardeo de sensaciones y emociones que se yuxtaponen en una ¿aparente? desconexión, una combinación de elementos reconocibles con otros completamente flotantes, unas coordenadas espacio-temporales más oníricas que realistas y una ristra de personajes que se mueven y hablan pero que no queda claro qué son, qué representan y que relación tienen entre sí.

El público es una obra muy compleja a nivel de significado e incluso de significantes, así que el mejor modo de disfrutarla es abandonar cualquier tentativa racional de desciframiento y dejarse llevar por la puesta en escena. El texto lorquiano deja entrever algunos asideros para que el público se confíe y bucee curioso en un mundo lleno de conexiones insólitas, pero el mínimo quiebro conlleva un cambio de tercio que poco o nada tiene que ver con la escena precedente. Los símbolos y tópicos de Lorca se pasean por escena, como los caballos, el deseo o la libertad. Y lo más evidente es el hecho metateatral, la creación dirigida a un público cuya presencia determina el propio acto dramático; el teatro bajo la arena, el verdadero, el que se enfrenta a aquel al aire libre; las máscaras, las que no permiten al dramaturgo mostrar aquello que realmente necesita expresar.

La compañía del Teatro Clásico de Sevilla nos muestra una versión de El público que es pura ensoñación. El vestuario es una ilusión que amalgama la belleza, el color y la fantasía. El minimalismo escénico pone el foco en los personajes, en sus movimientos y sus voces, que se activan de forma coreográfica en muchas ocasiones. Una gran cortina cubre todo el escenario creando un espacio más allá del que surgen y en el que se diluyen escenas y personajes. Ese fondo oscuro que se adivina tras el cortinaje, que contrasta con la luminosidad de lo que ocurre en escena, además de jugar con el tema metateatral, coquetea con el mundo de los sueños, del que se entra y sale de forma fluida e inexplicable. Sobre la cortina se proyectan imágenes sugerentes y enigmáticas que sirven de transición entre escenas y también de parada para que el público, el de verdad, pueda poner un poco de orden a todo lo que ha recibido en la escena anterior. El elenco hace un trabajo exquisito, contorneando cuerpos y voces como solo puede suceder en un sueño. La interpretación demuestra una gran versatilidad en esos seres tan extraordinarios que combinan con fluidez lo etéreo y lo mundano, cuyos pasos dejan suspendido un halo de misterio antes de desaparecer tras el cortinaje.

Esta obra puede ser un interesante desafío para el pequeño espectador, aunque con cierta preparación previa. Para entender El público no se puede aplicar el modelo interpretativo racional. De hacerlo, el espectador puede sentirse frustrado e incapaz. El pequeño espectador (y el grande) debe prepararse para recibir, contemplar, sentir; debe cazar los mensajes en movimiento conformados a base de metáforas visuales y auditivas. Lo que se ve y se oye genera una experiencia artística que no necesariamente se entiende. Para eso hay otros tipos de teatro. Lorca, con El público, quiso echar un pulso a los espectadores: ¿qué sentís con esto? Y cada cual, que lo interprete a su gusto.

Por Sara Barquilla Guerrero

FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA

Vista el domingo 4 de octubre de 2026 en el Teatro Fernán Gómez (Madrid).

Autor: Federico García Lorca.
Dirección escénica y dramaturgia:
Alfonso Zurro (ADE).
Producción:
Juan Motilla y Noelia Diez.
Diseño escenografía y vestuario:
Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán (AAPEE).
Diseño de iluminación:
Florencio Ortíz (AAI).
Video proyección y audiovisuales:
Fernando Brea.

Música y Espacio Sonoro: Alejandro Cruz Benavides.
Coreografía: Isabel Vázquez.
Maquillaje y Peluquería: Manolo Cortés.
Carte y Diseño Gráfico: Angel Pantoja.
Realización escenografía: Mambo, Sfumato, Peroni, Pascualin. TCS.
Realización vestuario: Rosalía Lago.

Equipo técnico: Pablo Gonzalbes, Valentín Donaire, Enrique Galera, Txitxo Oliveras, Iván Sánchez.
Ayudante de Dirección:
Verónica Rodríguez.
Ayudante de Escenografía:
Mar Aguilar.
Distribución:
María Calvo / 16 Escalones.
Producción en gira:
Ángeles Roquero.
Comunicación:
Luis Alberto Domínguez.

Elenco:

Juan Motilla: Director (Enrique), Ladrón 1.
Lorena Ávila: Elena, Julieta, Dama 1, Señora.
Luis Alberto Domínguez: Hombre 1 (Gonzalo), Cascabeles, Desnudo Rojo.
Santi Rivera: Hombre 2, Pámpanos, Ladrón 2, Prestidigitador.
Raquel de Sola: Caballo Blanco 3, Arlequín, Estudiante 3.

Íñigo Núñez: Poeta, Hombre 3, Caballo Negro, Dama 2.
Piermario Salerno: Caballo Blanco 1, Centurión, Estudiante 1.
Gonzalo Validiez: caballo blanco 1, centurión, estudiante 1, caballo blanco 2, emperador, estudiante 2 (cover).
Jose María del Castillo: Caballo Blanco 2, Emperador, Estudiante 2.
Silvia Beaterio: Criado, Arlequín, Poeta Bobo, Enfermera.