Por Coral Gil

Todos tenemos una anécdota con nuestras abuelas y abuelos, uno de esos dichos que siempre nos repetían de niños y con los que siempre les recordaremos, probablemente porque nos hemos pasado la mayor parte de nuestras vidas intentando descifrar qué significan. Y cuando por fin, chorrocientos años después lo entendemos, ya no podremos sino soltarlo de vez en cuando y sonreírnos, así para dentro, sabedores únicos de su significado.

Esto es Tengo gente en el cuerpo que,  por razones obvias, no os voy a explicar qué significa, no sea que os destripe el momento más cómico de esta experiencia. Bastante estoy diciendo ya.

Pero Tengo gente en el cuerpo también es otras muchas cosas, porque además de memoria propia, es memoria colectiva, de esa que hace que lo que allí se cuenta sea no solo la historia de la familia del protagonista, sino la de cada uno de los espectadores que allí estábamos. Quién de nosotros no tuvo un tío, un abuelo, un amigo de la familia, agricultor, panadero o boticario, reconvertido durante la Guerra Civil en soldado raso, en alférez, o en guardia civil, luchando en un bando o en otro, o primero en uno pero acabando en otro sin saber por qué; abocados a sobrevivir sin saber por qué, sin entender por qué. Pero “héroes, en el fondo”. Y ahí es cuando el público entero conectamos con lo que sucede en el escenario y dialogamos en un respetuoso silencio con los intérpretes, aunque mentalmente les gritamos: “¡Sí!, ¡Eso mismo le pasó a mi abuelo Antonio, y eso otro a mi abuela Rosa y a sus hermanas, y a…!” y entonces, toda la gente que llevas en el cuerpo, y que estaba aletargada, comienza a despertarse y a contarte cosas y a recordarte que no hemos aprendido nada y que las guerras de ayer son las de hoy, y que seguimos sin saber por qué y sin entender por qué.

 Tengo gente en el cuerpo crea ese vínculo, esa conexión mágica con el espectador, a la par que sobre el escenario se establece un diálogo sinérgico entre sus dos intérpretes, los grandes, muy grandes, actores Juam Monedero y Juan Berzal que, dirigidos por otro grande, Jorge Padín, dan vida al único protagonista de esta historia repleta de microhistorias que van y vuelven en el tiempo, salpicadas de humor, trascendiendo de un personaje a otro y entrelazándose hasta formar un tejido tupido y resistente al tiempo, como la memoria misma.

 

El recurso expresivo utilizado es realmente eficaz: mientras Berzal realiza un excelente trabajo oral, Monedero se encarga de forma magistral de todo el trabajo gestual y visual, convirtiéndose en los dos instrumentos de los que un sujeto elíptico pero palpable se sirve para contarnos esta historia tan dramática como entrañable. Recuerdan a un álbum ilustrado donde las imágenes matizan lo que dice el texto y enriquecen con detalles, dando mucha más profundidad a aquello que nos cuenta su autor.

Es así como dan vida a esta narración cuyo protagonista podría ser cualquiera de nosotros. Se comunican con la mirada, con la danza, con una colección de sombreros que, a modo de símbolo parlante, identifica a los personajes, y hasta con hilos invisibles que les mueven sobre el escenario de forma precisa y expresiva. Cuentan historias tan comunes y cotidianas como tremendas sobre las personas que habitaron sus vidas, nuestras vidas, durante el período que arranca en nuestra Guerra Civil y desemboca en tiempos contemporáneos.

Pero ni la familia de nuestro protagonista, ni el público asistente son los únicos invitados al evento. También están los poetas: Pessoa, Aleixandre, Vilariño, Aguado, González, Marroquín, Fuertes… infinitos, inmortales e inolvidables, formando parte de esa memoria colectiva a la que apela este espectáculo. Todos caben en este guion, cuidadísimo pero sin perder frescura y dinamismo que corre paralelo a una escenografía deliberadamente mínima, donde apenas un par de taburetes y unas vigas verticales funcionan como elementos transformadores del espacio. Un espacio que el espectador ha de completar con su imaginación y que sirven para que los actores, al colocarlos, recolocarlos y desplazarse entre ellos, creen a su vez espacios imaginarios y marcos para los recuerdos.

Ultramarinos de Lucas con un gran bagaje y una buena colección de espectáculos a sus espaldas algunos de ellos reconocidos con prestigiosos premios como el Nacional de las Artes Escénicas para la lnfancia y la Juventud, el FETEN, etc. nos regala de nuevo un trabajo brillante que rezuma intimidad, belleza y sensibilidad. Una propuesta muy personal, poética y apasionada, como todo lo que hace esta compañía alcarreña desde que, hace más de treinta años, comenzaran a investigar y experimentar con y sobre las artes escénicas.

Ni qué decir tiene, que el público respondió como merecían, con una ovación larga y emotiva que equilibraba la excesiva cantidad de butacas sin ocupar. No saben muchos lo que se perdieron. Pero es cierto que la propuesta acaba de ver la luz hace muy pocos días y que es cuestión de tiempo que este espectáculo llene allá por donde vaya. Lo merece sin duda.

Tengo gente en el cuerpo, dicen. Yo también, pero estaban dormidos. Gracias por despertarlos.

 

 

 

Ficha Técnica y artística:

Vista en el Teatro Adolfo Suarez el 27 de septiembre de 2026.

Compañía:

ULTRAMARINOS DE LUCAS

Intérpretes: Juam Monedero y Juan Berzal

Dirección: Jorge Padín

Texto original: Juan Berzal

Espacio sonoro: Nacho Ugarte

Voz cantada: Elena Aranoa y Nora Andreva

Vestuario: Martín Nalda

Escenografía y atrezzo: Ultramarinos De Lucas

Iluminación: Juan Berzal y Jorge Padín