Por Sara Barquilla Guerrero
¿Es 1984 una obra optimista y pesimista? Así se inició el coloquio el viernes 27, día internacional del teatro, tras la representación de la mítica distopía que popularizó el concepto de Gran Hermano y que se ha llevado a los escenarios del Teatro Fernán Gómez en unos tiempos en los que la obra de Orwell se siente tan actual como cuando él la publicó, allá por los años cuarenta del siglo pasado.

La mayoría del público presente en la tertulia con el equipo artístico compartió su visión pesimista de la obra: el nudo en el estómago y en la garganta reflejan la mala digestión de lo incómodo junto a la necesidad autocensurada de gritar. 1984 no solo no deja indiferente al espectador, sino que provoca muchas emociones contrarias: aunque la mayoría de la gente se lleve las manos a la cabeza augurando un horizonte poco esperanzador para la humanidad, también hay quien ve la grieta luminosa por la que escapar de lo terrible. Otro mundo es posible o, al menos, hay mundos que son evitables.

Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca se mantienen fieles al texto de George Orwell aunque, como matizan en el coloquio, han hecho cambios respecto a la versión que montaron hace ocho años. En aquel momento quisieron reflejar con exactitud la novela, mientras que ahora han buscado un equilibrio que sirva para ese público que ha leído 1984, y que va a analizar el paralelo escénico, pero también para esas espectadoras que se acercan a la historia por primera vez y quizá necesiten una pequeña ayuda para entender los conceptos de la ficción, como pueden ser neolengua o doblepensar.

La trama de 1984 es realmente inquietante. El protagonista Winston Smith empieza a cuestionar el mundo en el que vive, absolutamente controlado por el Gran Hermano que todo lo ve y no permite la mínima divergencia. Busca personas como él, dispuestas a enfrentarse al régimen, pero se encuentra con O’Brien, un espía que le denuncia y luego le tortura hasta lograr una reintegración social absoluta de Smith. También conoce a Julia; se enamoran, viven felices en los márgenes de esa sociedad sobrevigilada, pero dan un paso equivocado ofreciéndose a la supuesta Hermandad de Goldstein, la Resistencia al Partido Único. ¿Existe realmente tal resistencia o es un señuelo para cazar a la disidencia?

La puesta en escena se construye con bastantes elementos de mobiliario que se mueven constantemente, transmitiendo la incomodidad propia de la vida en esas condiciones. Según confirman en el coloquio, se ha optado por materiales reales, como el metal y la madera, que sirvan para dar más verosimilitud al contexto. Dos somieres se van distribuyendo en el espacio junto con sillas y taburetes, creando escenas que conforman cuatro grandes bloques. En el primero, el espectador conoce ese mundo distópico, se familiariza con el vocabulario y la forma de vida estipulada por Ingsoc, el Partido Único que ordena la sociedad. La cercanía del espectador (la Sala Jardiel Poncela se dispone en tres partes) lo convierte en parte de ese mundo vigilado por focos, rodeado de pantallas con el ojo omnipresente del Gran Hermano o de las proyecciones constantes para que los y las ciudadanas conozcan el avance de una guerra que cambia cada semana y borra cualquier rastro de su pasado. En la segunda parte, Winston y Julia viven su amor; la dureza de la parte anterior se ve matizada por estas grietas sociales que permiten a la gente con conciencia disfrutar de relaciones bonitas y sanas. El centro del escenario lo ocupan los dos somieres que ahora conforman una cama grande, símbolo de la relación amorosa entre los protagonistas. En la tercera parte, Winston está encerrado en una celda, le someten a torturas físicas y psíquicas, conoce finalmente la famosa habitación 101. Los somieres se convierten en barrotes o en una especie de parrillas de tortura donde el personaje sufre y el espectador se ve obligado a presenciar unas escenas muy desagradables desde una distancia demasiado corta para tal dureza. Así llegamos al final de la obra, a la reconversión de Winston derivada del sufrimiento. El personaje ya no es el que era; las medidas tomadas por el Partido Único para controlar a los disidentes tienen un efecto inmediato. El escenario se vacía como la mente de Winston mientras el espectador se pregunta si es posible tal derrota, si es irreversible.

El sonido posee un papel fundamental en la puesta en escena. La música electrónica nos señala una sociedad absolutamente organizada según unos patrones. Los sonidos del control policial y social generan desasosiego y se hallan omnipresentes a lo largo de la representación. Además, varias escenas plantean un sonido alto, como aquella del minuto de odio, donde los personajes se desgañitan, o los momentos en los que el protagonista sufre tortura. Se trata de escenas muy violentas por el contenido pero también por el ruido, reforzando la incomodidad para que el espectador se remueva incómodo en su butaca. Finalmente, es evidente el contraste con la última parte donde se impone el silencio, donde el control social se ha restablecido y ya no hay necesidad de generar ruido que invada la atmósfera. Seguramente el Gran Hermano vuelva a respirar tranquilo orgulloso de sus métodos.

El pequeño espectador que no ha leído la novela puede no entender bien la trama, que es compleja y además se alimenta de conceptos distópicos muy autorreferentes. Sin embargo, el suspense de la historia y la evidencia de las emociones de los personajes sirven para conectar de alguna manera con el relato, pero con la necesaria explicación posterior para aclarar qué es lo que realmente ha sucedido. Puede parecer una desventaja, pero no deja de ser una oportunidad para reflexionar sobre los múltiples conceptos que plantea 1984. Además, se trata de una puesta en escena muy atractiva y muy dinámica, cuyo cambio constante obliga a prestar atención continua, así como genera interrogantes que enganchan al público para seguir al personaje en su búsqueda de la libertad. La libertad y la falta de ella, la imposición de las normas y la obediencia o no de las mismas; se trata de temas con los que convive el espectador joven. Hay que sumarle otros más complejos como el cuestionamiento del orden social. ¿Por qué no aceptar el desafío de pensar en ello?
Por Sara Barquilla Guerrero
FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA
Vista el viernes 27 de marzo de 2026 en el Teatro Fernán Gómez (Madrid)
Autor: George Orwell.
Versión: Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca.
Dirección: Carlos Martínez-Abarca.
Intérpretes: David Lázaro, Javier Ruiz de Alegría, Cristina Arranz, Javier Bermejo.
Espacio escénico e iluminación: Javier Ruis Alegría.
Videoescena: David Miguel Blanco.
Sonido: Eduardo Ruiz Lozano.
Vestuario: Escorzo Teatro.
Producción: Escorzo Teatro.
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