Moscú no existe no es un título que aluda a la geopolítica actual, sino una revisión de Chéjov y la recreación de su universo a partir de personajes de varias obras del dramaturgo ruso. La compañía L’Om Imprebís, bajo la dirección de Michel López y Santiago Sánchez, nos presenta esta tragicomedia en la que los conflictos de los personajes fácilmente puede extrapolarse al mundo actual. Aunque por si hubiera alguna duda, ya se esfuerza la compañía teatral en introducir elementos absolutamente anacrónicos para Chéjov pero que establecen el paralelismo con nuestra situación social un siglo después.

La obra toma nombres, personajes, inquietudes y deseos de El jardín de los cerezos, Tío Vania, La gaviota y Las tres hermanas, y los pone en diálogo, creando una obra nueva que tiene mucho de Chéjov y mucho más de L’Om Imprebís. El humor de la compañía valenciana descarga los momentos en los que los personajes de Chéjov se hunden en su miseria. El halo de melancolía derivado de la frustración y el deseo irrealizable queda flotando de tal manera que el espectador se retuerce ante la inacción y la falta de recursos de unos personajes varados en su pasado, incapaces de asumir los cambios sociales que los llevarían a reinventarse si quisieran. Sin embargo, la compañía da pequeños giros que provocan la risa sin restarle dignidad, ni caricaturizar en exceso. Eso se consigue con anacronismos, como el uso del móvil de Alexei. Ciertamente un teléfono móvil está lejísimos de Chéjov, pero ilustra el salto ideológico y aspiracional que había dado un sector de la sociedad rusa y que suponía un choque tan grande con la aristocracia zarista como sacar del bolsillo un móvil a finales del XIX.

Carles Montoliu, Pilar Martínez, Víctor Lucas y Beatriu Casanova dan vida respectivamente a Iván, Anfisa, Alexei y Ania. Son cuatro nombres del imaginario de Chéjov que no coinciden completamente con las obras en las que aparecen, esto es: Alexei es un nombre de La gaviota pero representa a Lopakhin de El jardín de los cerezos. Teniendo en cuenta esta licencia de la creación de L’Om Imprebís, lo importante es que todos los personajes nos transportan a ese universo del dramaturgo ruso, se llamaran como se llamasen en su obra original. Iván es una personas resentida, como en Tío Vania, siente que su vida ha sido un fracaso. Anfisa, como en Las tres hermanas, es la criada mayor, representante de esa servidumbre que no quiere adaptarse al cambio social, cuya vida ha sido cuidar de los señores de la casa y se siente orgullosa de su labor. Ania es la Nina de La gaviota, una artista frustrada que se atreve a romper con el camino señalado, pero la realidad que descubre no se parece en nada a sus sueños. Hasta aquí los personajes serios, de corte melodramático, ahogados en su insuficiencia y desfase. Pero el cuarto, Alexei, rompe con la dinámica chejoviana. Alexei es Lopakhin, es decir, un muchacho de origen humilde que se ha nutrido de los valores emergentes y se ha enriquecido. Un ser hecho a sí mismo, alejado de la idiosincrasia trasnochada en la que se ahogan los otros tres. Sin embargo, aquí es donde la compañía plantea el extrañamiento que introduce humor y conecta de forma clara con la actualidad. Alexei es un criptobro del siglo XXI, un inversor que apuesta por el desarrollo turístico de la finca del lago (imaginamos la huerta de cerezos), que alardea de su posición económica. Un personaje que tampoco genera empatía y sirve para evidenciar que tan malo es anclarse en el pasado como desear ciertos futuros.

El fondo del escenario tiene unos paneles que permiten a los personajes hacer mutis. Unos son solo marcos y se convierten en puertas; otros son planos y se transforman en lienzos donde dibujar; y otros tienen una cuadrícula que sirve para que los personajes vayan colgando objetos y así se va conformando una especie de mural de recuerdos, que conecta muy bien con esa aristocracia que no puede desprenderse de su pasado aunque esté en ruinas. Poco más hay sobre el escenario: un samovar con la tetera y un carrito con botellas de vodka que algunos personajes agotan sin cesar. No es necesario más para reflejar ese ambiente ruso decadente.

En cuanto al vestuario, los personajes mayores, Iván y Anfisa, sí se presentan conforme a la moda del momento, dado que son los que están más anclados en el pasado. Alexei viste con unos vaqueros cortos, unas zapatillas de deporte, un pañuelito al cuello, representando la modernidad y la ostentación. Por último, Ania es más camaleónica en su vestuario y va cambiando según avanza en su trayectoria vital, desde la niña que está aprendiendo ballet a la joven que rompe el cordón umbilical con la familia, hasta llegar a la mujer adulta que se ha fortalecido a golpe de disgustos. Esta evolución la viste de forma cada vez más alejada del mundo de Chéjov y más cercano a la actualidad.

Un elemento fundamental de la obra es el sonido. Varias escenas se acompañan de temas musicales muy sugerentes y actuales, que conectan muy bien con el contenido. Además, se introducen sonidos como el del mando del coche o, muy interesante, aquel que señala un flash–back. Este tipo de escenas son geniales: se produce una interrupción en el presente y los personajes se transforman inmediatamente para recrear esos recuerdos sobre los que conversan. Destaca, por la puesta en escena tan bien conseguida, el recuerdo de Anfisa sobre su llegada a la casa de los señores.

El pequeño espectador puede acercarse al universo de Chéjov con Moscú no existe de una manera muy asequible. Los anacronismos y el humor de algunas escenas conectan muy bien con el público y contrarrestan el peso emocional de los personajes de este dramaturgo, que podríamos traer a la actualidad fácilmente pues su amarre al pasado sigue siendo un lastre de nuestro presente. No obstante, hay que tener en cuenta que se tratan temas como el suicidio, el abuso, el alcoholismo o el maltrato, por ello no sería recomendable para gente muy joven; pero dada la subida de tono del cine actual, el tratamiento de estos temas no es algo que debiera asombrar, aunque verlo en directo impresiona más.
Por Sara Barquilla Guerrero

FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA
Vista el viernes 23 de octubre de 2026 en el Teatro Fernán Gómez (Madrid).
Un espectáculo de L’Om Imprebís sobre textos de Antón Chéjov.
Dirección de escena: Michel Lopez y Santiago Sánchez.
Intérpretes: Carles Montoliu, Víctor Lucas, Pilar Martínez, Beatriu Casanova.
Escenografía: Dino Ibáñez & Los Reyes del Mambo (Soluciones escénicas).
Vestuario: Gabriela Salaverri.
Iluminación: Félix Garma.
Video: Amador Artiga.
Prensa y comunicación: María Díaz.
Dirección de producción: Camino Lapresta.
Ayudantía de producción: Marisa Noguera.
Espectáculo creado en Residencia con Off Teatro.
Producción: L’Om Imprebís.
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