Por Sara Barquilla Guerrero

No sabemos si son humanos que de repente se han transformado en avestruces. O quizá sea al revés, se trata de avestruces que se humanizan sin querer. El caso es que el complejo del avestruz está sobre el escenario, tanto en su forma animal, escondiendo la cabeza y volviéndola a sacar, como en su forma humana, estos ocho equilibristas pasan la mayor tiempo del espectáculo bocabajo. En ambas posibilidades, todo sucede con una elegante naturalidad y dejando al público boquiabierto.

Le Complexe de l’Autruche (El complejo del avestruz) es una pieza circense construida colectivamente por este grupo de equilibristas franceses y estrenada en 2021. Cinco años después, se presenta en España y cierra esta segunda edición del Festival de Circo Riesgo. Se trata de un espectáculo basado en las verticales (equilibrios sobre manos) y lleno de virtuosismo que refleja un gran trabajo previo para lograr un resultado tan coordinado y que requiere tanto esfuerzo físico.

La obra empieza con una escena que despierta las risas del público. Podría parecer una entrevista de trabajo, pero el aspirante a la misma se presenta bocabajo, haciendo el pino, y desde esa postura trata de demostrar su pericia. La entrevistadora no se conforma y exige cada vez más. Es una situación simpática que a la vez nos está lanzando un mensaje claro: el trabajo de verticales es muy exigente y debe estar controlado al milímetro. Esta idea se va destilando conforme avanza el espectáculo, donde la habilidad individual necesariamente se coordina colectivamente. El efecto visual es impactante: ocho cuerpos que caminan a la par, se apoyan en las dos manos y elevan sus piernas al unísono igual que las bajan. Esto sucede múltiples veces y crea en el espectador una sensación de falsa facilidad. No es nada sencillo lo que sucede sobre el escenario, sino todo lo contrario. Todos los participantes han de estar concentradísimos y pendientes de lo que sucede en el grupo.

En un momento dado, y dado el rato que llevan bocabajo, se produce la magia: se transforman en avestruces. El efecto es muy divertido: sus cuerpos se doblan, uno de sus brazos se eleva sobre el tronco convirtiéndose en el cuello y la mano pasa a representar el pico del ave en cuestión. Otra vez una situación que parece muy fácil y no lo es, pero el público se regocija ante los cuerpos metamorfoseados. A partir de aquí, se irán intercambiando las formas humanas y las animales; la transformación de los cuerpos es impresionante; el control físico de estos artistas, increíble. Y todo ello, no nos olvidemos, bocabajo.

El espectáculo es una sarta de números con distintas formas de participación, esto es, con más o menos equilibristas en el escenario. Se utilizan pedestales o plataformas donde se alternan el equilibrio de brazos y piernas, en solitario o en grupo y a veces con poco espacio para el movimiento, lo que además suma un efecto coreográfico. En uno de los números, cuya música nos hace pensar en una fiesta, una equilibrista hace el pino sobre un par de bloques y se mantiene en esa postura (varios minutos) mientras los demás bailan y hacen otras acrobacias. Lo curioso es que todo lo que ocurre está al mismo nivel, es decir, los equilibristas hacen una voltereta o unos pasos de baile, y en ambos casos parece que el esfuerzo es el mismo.

Es importante señalar la idoneidad de la música seleccionada, muy dinámica, sugiriendo sensaciones al espectador respecto a lo que ve en escena. La luz también cumple su función, pues hay números que dirigen nuestra atención poniendo el foco en distintos lugares correlativos. Igualmente, algunas escenas optan por una luminosidad tenue que difumina más los cuerpos y permite que hagamos volar nuestra imaginación respecto a las figuras que parecen representar.

El pequeño espectador, y todo el público, disfruta del espectáculo pues se aplaude con entusiasmo al final de cada número. Sin embargo, hay que señalar que en algunos momentos, en el exceso de virtuosismo, se cae en una repetición que puede hacer perder un poco la atención. Así lo señala el pequeño espectador que me acompaña, que algunas escenas se hacen un poco aburridas porque no generan más curiosidad, aun valorando el esfuerzo físico que se está llevando a cabo en las mismas. En definitiva, se trata de una puesta en escena arriesgada por la dificultad que entrañan los ejercicios, pero que consigue no solo hacer reír, sino llevar a cabo unos números de gran valor circense y coreográfico, eso sí, logrando desviar la atención del esfuerzo físico que llevan a cabo.

Por Sara Barquilla Guerrero

 

FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA

Vista el sábado 28 de febrero de 2026 en los Teatros del Canal, dentro del Festival de Circo Riesgo de la Comunidad de Madrid.

Autores: Antoine Prost, Baptiste Raffanel, Coline Froidevaux, Charlie Courvoisier, Christelle Dubois, Emmanuel Robert, Mathieu Hedan, Jatta Borg y Dorothée Dall’Agnola.
Intérpretes: Antoine Prost, Baptiste Raffanel o Jack Oob (en alternancia), Meret Meier, Charlie Courvoisier o Elaine Briant (en alternancia), Christelle Dubois, Emmanuel Robert, Mathieu Hedan, Jatta Borg o Naloëne Berneron (en alternancia).
Miradas externas: Clément Cassiède, Benjamin Tricha y Danielle Le Pierrès.
Creación de luces: Samson Milcent.
Creación musical: Paul Bertrand y Sophie Ramia Medina.
Diseño de vestuario: Lorraine Jung.
Regiduría general: Samson Milcent.
Regiduría de luces: Samson Milcent o Nina Tanne.
Regiduría de sonido: Sébastien Finck o Pauline Parneix.
Comunicación: Jatta Borg.
Producción, difusión y administración: Aurélie Milesi.

 

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