Dice Jesús Torres que Federico le salvó la vida: tratando de encontrar quién era el poeta, acabó encontrándose a sí mismo. Tal vez la experiencia no tenga la misma profundidad, pero me he encontrado en mi vida ya con bastantes adultos cuya pasión por las letras se ha encendido o reavivado precisamente también por los versos de Bodas de Sangre o los parlamentos de Bernarda Alba. Y es que Lorca (o mejor, Federico, como nos recuerda Ilus Ros que prefería ser llamado) es ese poeta que está en todos los polos, engañosamente asequible o increíblemente enigmático pero siempre mágicamente al alcance de todos: del niño o de la anciana, del triste o del eufórico, del principiante o del experto. Y tan atrayente que siempre parece adecuado y disponible para ser reinventado en una ficción más.

Jesús Torre reconstruye uno de los episodios más interesantes e intensos del poeta granadino: su estancia en Nueva York entre junio de 1929 y marzo de 1930 que inspiró su libro de versos Poeta en Nueva York en el que, en estilo surrealista, criticaba la deshumanzición y la alienación del capitalismo y la industrialización y proponía una rehumanización del género humano basada en los ideales de la belleza, el amor, la justicia y la libertad. Casi 100 años después seguimos encallados en los mismos vicios que percibió la sensible alma de Federico y su mensaje no puede seguir siendo más necesario.
Torres utiliza las cartas que Lorca les escribió a los padres y los poemas que le inspiró su estancia en la urbe estadounidense para tejer un retrato autobiográfico de los meses pasados allí. Sin duda, una época oscura pero reveladora para el poeta, marcada por una profunda depresión, que acudió a EEUU buscando reinventarse y recomponerse de un desengaño amoroso y del hecho de sentirse señalado en España por su orientación sexual. La dramaturgia entrelaza con pericia y acierto pedazos de su autobiografía con el recitado de los poemas y durante 90 minutos vemos a Federico luchar tanto con su tristeza y soledad como con y contra el personaje de “Lorca”, y disfrutar y odiar Nueva York, inclinando siempre la balanza hacia ese segundo polo.

En escena, a excepción de unas pocas voces en off, solo Jesús Torres en un monólogo de una densidad y complejidad extraordinarios del que sale airoso y fortalecido abordando un arco de matices extraordinario sin decaer en ritmo ni un momento. Y es que, si ya es todo un reto encarnar a Federico, aún más es hacerlo en este episodio especialmente complejo y oscuro de su vida. Ahora bien, son tantas y tan intensas las emociones transmitidas que, a ratos, el espectador puede llegar a sentirse abrumado o incluso anestesiado, sobre todo al final del espectáculo.
La escenografía es todo un acierto: una plataforma giratoria con un semicírculo en medio que va transformándose de garito en Harlem a carpa del circo de los Horrores de Coney Island con apenas un par de retoques. La propia estructura central metálica es acertadamente polivalente: puede ser el puente que cruza de Nueva York a Harlem y que conecta a Lorca con lo que podría ser su nueva vida, o el escenario para uno de los números de sus garitos.

El uso de proyecciones (a menudo fotos reales de la estancia en Nueva York y de las personas que allí le salieron al paso y otras animaciones con estética más cercana a los videojuegos) construyen una experiencia aún más vívida y cercana para los espectadores y le confieren, a efectos del sentido de la vista, ese punto surrealista, en perfecto equilibrio a lo que los versos de Poeta de Nueva York son para el oído.
No había espectadores adolescentes con nosotros en la sala, pero sí un nutrido grupo de jóvenes espectadores a los que, tal vez, Federico rescató y convirtió en fervientes lectores. Pero si no fuera así, Poeta (perdido) en Nueva York podría ser una puerta de entrada al universo riquísimo de esa figura que fue Lorca, a la forja de su identidad que le convierte en referente de la lucha por la libertad sexual, a su pugna constante entre esencia y personaje. En resumen, en su doble dimensión de recital y autobiografía, el espectáculo es una propuesta excelente para conocer o profundizar en el poeta, adentrarse en un momento de la historia y deleitarse con los versos inmortales de un poeta que será eterno. Y, si por casualidad hay algo que no entendemos, no importa. Porque como nos recuerda Torres al comienzo del espectáculo a Federico no hay que entenderlo, a Federico hay que amarlo.
FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA
Vista en Teatro Fernán Gómez el 26 de septiembre de 2025.
Con la colaboración actoral de Jorge Enrique Caballero, Eva Rodríguez y Silvia Petrelli
Texto, Dirección e Interpretación: Jesús Torres
Diseño de iluminación: Jesús Díaz Cortés
Escenografía y Vestuario: Juanjo González Ferrero
Espacio Sonoro: Alberto Granados Reguilón
Videoescena: Leonardo Lapeña
Coreografía: Mercé Grané
Coordinación técnica y técnico audiovisuales: Antonio Villar
Ayte. Escenografía: Ione Teso
Diseño de suelo: Carlos Brayda
Robótica: Sonia Copacalle
Construcción giratorio y estructura: Readest Decorados
Construcción elementos y utilería: Metanoia Artes Escénicas, Guisante Taller
Confección telón: Sfumato
Impresión Suelo: Scnick
Vídeo: Ángela Ugalde
Producción: Iván Flores
Fotografía: Moisés F. Acosta
Maquillaje: Olaya Moreno, Irene Fernández
Diseño gráfico: En bl_nco
Comunicación: Raquel Berini
Gamificación: Yellow Jacket Videogames Studio
Produce El Aedo Teatro
Duración 90 minutos
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