Por Eva Llergo
El Princi-Pato nos cuenta la historia de un pequeño príncipe de cinco años, educado a golpe de mano dura por su despótica y egocéntrica madre. Amadeo, a imagen y semejanza de la reina, siembra el terror allá donde va: que si unos latigazos por aquí, que si un ahorcamiento por allá… Todo con esa ferocidad tan típica y deslenguada de los cuentos de tradición oral que afortundamente no trata de ocultarles a los niños que el mundo, sí, a veces, es un lugar hinóspito. Hasta que se topa con Candela, una niña dulce y pertinaz, uno de esos seres de luz capaces de encontrar claridad hasta en los lugares más recónditos y oscuros. En el argumento también juega un papel importante un pato con el ala rota: un ser herido al que Amadeo perseguirá primero, pero en el que acabará reconociendo un trasunto de sí mismo.

A juzgar por la sinopsis, uno podría pensar que el montaje de la extremeña Marmore/Panduro Producciones tiene como propósito principal enfrentar a los pequeños espectadores con un espejo e inducir en ellos una suerte de catarsis sobre los malos comportamientos infantiles —los caprichos, el egoísmo, la crueldad…—. Sin embargo, basta una segunda mirada para descubrir que el reflejo del espejo se dirige directamente a nosotros, los espectadores adultos, y nos sacude con unas apabullantes preguntas: ¿Qué importancia tienen los modelos humanos que ofrecemos a los niños? ¿Hasta qué punto queda marcada nuestra esencia por la educación que hemos recibido?
Resulta interesantísima esta doble lectura que ofrece el espectáculo en función de quién lo mire: niños y adultos encuentran en él distintas capas de significado, distintas preguntas y, probablemente, distintas respuestas. Por otro lado, la dramaturgia se hilvana con suavidad y poesía, con mucha ternura y humor, entre canciones, diálogos de las actrices —magníficas también en su faceta de titiriteras— y las intervenciones de las marionetas. Si acaso cabe ponerle una pega a la trama, es que la transformación final de Amadeo sucede de manera algo repentina, sin que el proceso que la desencadena termine de desplegarse con toda la profundidad que cabría esperar.

Pero si hay un elemento que concentra buena parte del atractivo de la propuesta, ese es, sin duda, el universo de las marionetas. De formas amables y redondeadas, van alternándose en diferentes tamaños, según las convenciones de lejanía o cercanía desde las que observamos a los personajes. La escenografía es también deliciosa y muta ante nuestros ojos —del castillo al caserón, del caserón al campo— sin dejar que se rompa ni por un instante la ilusión escénica o decaiga la atención de los pequeños espectadores. A esta delicada construcción de la magia contribuyen también la iluminación y la música, que completan un conjunto de gran sensibilidad visual y sonora.

En definitiva, todo en este montaje parece conjurarse para desterrar ese tópico tan extendido según el cual a los niños de hoy solo les deslumbra lo digital. Hemos visto la función esta mañana junto a varios centros de Educación Infantil y, milagro o arte, más de un centenar de pequeños espectadores de entre tres y cinco años han seguido el espectáculo casi sin pestañear. Y, si han despegado los labios, ha sido para reaccionar, acompañar y dejarse llevar por Amadeo en su viaje hacia caminos más luminosos que aquellos por los que transitaba. Un viaje que, de paso, nos recuerda a los adultos que quizá también nosotros tengamos algo que revisar en el espejo.
Por Eva Llergo

DATOS TÉCNICOS:
Vista el 03 de noviembre de 2026 en Cuarta Pared (C/Ercilla, 17) dentro del Festival Pendientes de un hilo
Dirección: Álex Díaz
Intérpretes: Ana García y Nuria Cuadrado
Traducción: Juan Ramón Santos
Adaptación: Jokin Oregui, Javier tirado, Álex Díaz y Fran Lasuén
Escenografía: Javier Tirado
Vestuario: Amalia Pérez
Duración: 40 minutos
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