Por Sara Barquilla Guerrero

Marcela es una mujer libre. Ha decidido ser pastora y pasar su vida acompañada solo de los árboles del bosque, entretenida con la conversación con otras zagalas y dedicada al cuidado de su ganado. Es hermosa, pero para ella se trata de una virtud sin importancia, una cualidad que no ha elegido y que no va a determinar sus acciones vitales. Sin embargo, esa belleza hace perder la cabeza a muchos hombres que se enamoran de ella y la persiguen por los montes para lograr su favor. Uno de ellos es Grisóstomo, estudiante de Salamanca que decide hacerse pastor para acercarse a la joven y lograr su amor.

Marcela es una mujer libre. No aspira a casarse, no está dispuesta a encauzar su vida con un matrimonio. Tampoco quiere enamorarse y esta premisa la enarbola con claridad hacia todos los amantes que beben los vientos por ella, incluido Grisóstomo. Él le escribe poemas, le reprocha su ingratitud y desdén hasta que decide poner fin a todo: se suicida en el mismo lugar donde vio a su amada por primera vez.

La representación de Marcela, una canción de Cervantes se inicia con el entierro de Grisóstomo. Su cuerpo, envuelto en un sudario, se sitúa en el centro del escenario. No están Ambrosio, ni Vivaldo, ni Don Quijote, ni ninguno de los pastores que acuden al entierro en el capítulo XIII de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha; pero está el público de la representación, que es el que asiste al rito fúnebre acompañado de un personaje femenino que dirige la ceremonia, narrando los antecendentes de la historia y explicando los pormenores del caso. Parece una viajera del tiempo que ha atravesado los siglos y los límites de la ficción para desentrañar la historia de Marcela. Viste una chaqueta blanca inmaculada, unas botas altas de tacón y una melena bicolor, blanca y negra. El blanco de su atuendo coincide con la mortaja de Grisóstomo y con unas piezas en forma de prismas y cubos, colocados en altura decreciente, que forman un semicírculo, tal como se colocarían los asistentes al entierro en torno al cuerpo presente del difunto.

La narración que hace este personaje se coloca en la perspectiva de los pastores que acuden al entierro, esto es, se centra en el sufrimiento de Grisóstomo y de todos los hombres que han padecido el desprecio de la bella Marcela. Sin embargo, sus palabras están cargadas de ironía y sarcasmo. Además, todos los datos del caso se corresponden con canciones modernas que se van intercalando en el relato y que le dan un punto de humor muy oportuno. El público sigue el relato regocijándose con los dobles sentidos y los guiños a una comprensión más profunda de los hechos narrados. En varios momentos de la representación, se proyectan fragmentos audiovisuales que nos sitúan en el bosque y nos muestran a una Marcela absolutamente libre en el entorno natural.

Entramos en el capítulo XIV de la primera parte de El Quijote: en mitad del rito fúnebre aparece Marcela y pronuncia uno de los monólogos más conocidos y acertados de la literatura española. Desaparece de escena la narradora y entra la pastora, vestida con retales y pieles, poco preocupada por sacarle partido a una belleza que desdeña aún más que a los amantes que la persiguen. Explica sus razones, argumenta su forma de actuar y no deja lugar a la duda: ella no es responsable de los sentimientos de Grisóstomo y, mucho menos, de su decisión de suicidarse. Ella nunca ha alimentado los deseos de ese muchacho, no ha dejado de cumplir ninguna promesa. En definitiva, que la dejen en paz disfrutando de la vida que ha elegido y de la que es dueña absoluta.

Esta historia la escribió Miguel de Cervantes a principios del siglo XVII, defendiendo la libertad de decisión de las mujeres y el reconocimiento de un matrimonio solo en el caso de ser deseado y consentido. Hoy en día, la historia está de plena actualidad si la enfocamos hacia el ámbito de las relaciones sexuales: una mujer, sea o no bella, decide con quién disfruta de su sexualidad. Su cuerpo, por el hecho de ser una mujer, no justifica el deseo incontrolado de ningún hombre. El pequeño espectador (y el mayor, por supuesto) puede relacionar la historia de Marcela con la ideología incel, tan presente en redes sociales hoy en día. Por mucha pataleta de Grisóstomo y sus amigos pastores, el NO de Marcela es inviolable y no determina que la mujer sea desprestigiada por su decisión.

La dramaturgia de la obra corre a cargo de María Folguera, cuyos textos están presentes en la escena actual, como es el caso de Fuenteovejuna, para la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Dirigida por Leticia Dolera, la actriz Celia Freijeiro representa este monólogo con soltura, ya sea como narradora futurista, ya como la propia Marcela, liberada de todos los yugos que quiere imponerle la sociedad patriarcal. El público ríe, disfruta con las ironías, canta los temas musicales, pero también se incomoda ante la injusticia a la que se enfrenta Marcela en nombre de muchas mujeres del pasado y del presente. Además, ese público se ve obligado a contestar a las preguntas lanzadas desde el escenario por esa viajera del futuro, que cuestiona el cambio social que aún no termina de asentarse en muchas mentes.

Por Sara Barquilla Guerrero

 

FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA

Vista el sábado 27 de septiembre de 2025 en el Real Coliseo Carlos III de El Escorial.

Dirección: Leticia Dolera.

Dramaturgia: María Folguera, a partir del capítulo XIV de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.

Interpretación: Celia Freijeiro.

Diseño espacio escénico: Pablo Chaves.

Diseño de iluminación: Lola Barroso.

Ayudante de iluminación: Elena Alejandre.

Diseño de vestuario: Marta Murillo.

Diseño de sonido: Pablo Martínez.

Directora de producción: Milena Suárez.

Ayudante de producción: Paula Pina.

Equipo S. Cervantina: Ana Carrera, Jaime Saavedra.

Edición de visuales: Ana Caro.

Diseño gráfico: Jesús Bosqued.

Una producción de la Sociedad Cervantina con el apoyo de INAEM y Fundación La Caixa.

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