Por Eva Llergo

Onírica, pesadillesca, apabullante y, al mismo tiempo, capaz de provocar con sus imágenes una fascinación tan intensa en el espectador que éste desea no parpadear para que la retina no deje de percibir ni un solo detalle del espectáculo. Así es el Moby Dick de la compañía franco noruego Plexus Polaire, uno de los espectáculos que inauguraron ayer la XVIII edición de Teatralia, el festival internacional de artes escénicas para todos los públicos.  

La obra de Melville en la que se basa el espectáculo es ya de por si todo un reto para cualquier lector: a caballo entre la novela, la obra de divulgación sobre la vida marina, la documentación cetológica, los sermones, los sueños, el relato de viajes, la autobiografía, las obras de teatro isabelinas y la poesía épica. Ahí es nada. ¿Cómo trasponer esto al teatro? No es una idea mal encaminada pues, quizás precisamente, el teatro es el género que mejor se adapta para recoger todo tipo de lenguajes. La propuesta de Plexus Solaire, desde luego, consigue crear la misma atmósfera opresora y premonitoria de la parte novelística de la obra de Melville, manteniendo la línea argumental básica: el barco ballenero Pequot gobernado por el despótico y atormentado capitán Ahab, y su tripulación absolutamente multicultural (símbolo del mismo mundo) avanzan hacia una muerte anunciada desde el primer instante. La obsesión del capitán por cazar al enorme cachalote blanco que le arrancó una pierna arrastra a los 30 marineros que le son fieles haciendo evidente, como dice uno de los marineros, Ismael, que están los vivos, por otro lado los muertos y en un limbo intermedio, en una especie de tierra de nadie, están los hombres del mar.

La propuesta de Plexus Solaire es absolutamente hipnótica desde el minuto cero. En un escenario siempre oscuro, donde observamos el armazón invertido de las costillas de un enorme cetáceo que hace las veces de cuadernas del barco donde reside la tripulación, aparecen los marineros (mitad humanos y mitad títeres) entonado una fúnebre melodía y presagiando ya que la lucha que para ellos va a acabar mal.  

La muerte, en cierto modo, siempre está presente en escena. A veces entonada a través de una melodía por los propios actores o por los tres músicos que generaban el espacio sonoro en directo de una manera magistral; otras proyectada e intuida a través de la oscuridad reinante, algunas otras directamente representada en los cadavéricos manipuladores de las enormes marionetas que dan vida a Ahab y su tripulación.

Y es que son estas, las marionetas, lo más fascinante de la propuesta. Cambiando de tamaño, para jugar con las perspectivas y las sensaciones, pasamos de un enorme Ahab, rotundo y poderoso en el camarote de su barco estudiando los planos para dar caza a la ballena, al pequeño Ahab que observa cómo las ballenas asedian su barco. Metáfora clara de lo fútiles que son las aspiraciones humanas, el orgullo o la distinción. Las marionetas vuelan, nadan indefensas en medio de un inmenso y amedrentador mar. También cambian de perspectiva para que observemos escenas de caza ballenero de manera cenital. Y es que hay mucho del lenguaje cinematográfico presente en el montaje. Hasta el punto de que en alguna ocasión el espectador tiene que frotarse los ojos para estar seguro de que lo que tiene delante es una marioneta y no una proyección. El juego de luces es tan perfecto que, en algunas escenas, cuando la directora Yngvild Aspeli lo desea, los manipuladores quedan absolutamente fuera de la vista del público y entonces solo caben dos posibilidades: o la escena está proyectada o… la marioneta ha cobrado vida de verdad. Y es que el arte de la manipulación de las enormes marionetas, al más puro estilo bunraku japonés con hasta 5 manipuladores para mover a un capitán Ahab de dos metros, es tan natural y fluido que casi confiamos más en la posibilidad de que a las marionetas les hayan insuflado vida que que haya otro tipo de artificio teatral más lógico, pero menos mágico. Y la vida de esas marionetas sola la explica la magia.

Como decimos, el peso del montaje está basado sobre todo en la imaginería creada por las marionetas y los elementos escénicos (los dos niveles de escenario, el esqueleto de la ballena, las enormes y etéreas telas que simbolizan el mar, la enrome ballena tamaño ballena que pasa al final ante nuestro ojos), pero la palabra también está presente. Los marineros y el propio Ahab nos trasladan parte del texto original de Melville adaptado en inglés (sobretitulado) e Ismael, el marinero narrador de la novela, encarnado por Andreu Martínez Costa, nos regala pasajes de un intenso lirismo en castellano. Sin embargo, los largos parlamentos sin acción son difíciles de defender y generan cierta ruptura en la uniformidad de la atmósfera creada.

El montaje se indica para a partir de 14 años y suponemos que fue realmente impactante para los institutos que disfrutaron de ella en el pase matinal. Por la tarde no había muchos pequeños o jóvenes espectadores en la sala y, de hecho, sorprendía que, los pocos que nos acompañan en las butacas de la sala roja de los Teatros del canal, tenían mucha menos edad de la recomendada. No dudamos que esos pequeños espectadores pudieron disfrutar de las embelesadoras imágenes, pero al mismo tiempo intuimos que sus sueños anoche no debieron de ser muy apacibles. El montaje está pensado para recoger la atmósfera central de la novela de Melville e infundir esa sensación tan terrible de destino aciago, muerte onmipresente y obsesión que roza la locura. Y es que algo está claro, tengas a la edad que tengas, el Moby Dick de Plexus Polaire es uno de esos espectáculos que se te quedan prendidos de la retina y del oído y que configuran un nuevo estadio en la percepción estética del teatro.

 Por Eva Llergo

 

DATOS TÉCNICOS:

Vista el 1 de marzo de 2024 en la Sala Roja de Teatros del Canal

Autoría: Herman Melville
Dirección: Yngvild Aspeli
Dramaturgia: Pauline Thimmonier
Intérpretes: Andreu Martínez Costa, Sarah Lascar, Daniel Collados, Alice Chéné, Viktor Lukawski, Maja Kunsic. En alternancia con Vera Rozanova, Yann Claudel, Olmo Hidalgo, Cristina Iosif, Scott Koehler y Laëtitia Labre.
Músicos: Guro Skumsnes Moe, Ane Marthe Sørlien Holen y Havard Skaset. En alternancia con Lou Renaud-Bailly, Georgia Wartel Collins y Emil Storløkken Åse
Diseño de escenografía: Elisabeth Holager Lund
Diseño de vestuario: Benjamin Moreau
Creación musical: Guro Skumsnes Moe, Ane Marthe Sørlien Holen y Havard Skaset
Diseño de iluminación: Xavier Lescat y Vincent Loubière
Diseño de sonido: Raphaël Barani
Diseño de vídeo: David Lejard-Ruffet
Fabricación de marionetas: Polina Borisova, Yngvild Aspeli, Manon Dublanc, Sebastien Puech y Elise Nicod
Producción: Claire Costa, Noémie Jorez

Duración: 85 minutos

A partir de 14 años

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