Por Sara Barquilla Guerrero

Hedda Gabler es una mujer compleja que no se adapta a su tiempo. No se siente satisfecha con su matrimonio, ni equipara la felicidad a conseguir una buena vivienda, ni desea ser madre. Simplemente, se aburre. Concretamente con su marido, con quien no comparte su interés por la Historia, pero en general con todo lo que la rodea, como si el guion que le hubiera tocado representar en la vida no estuviese a su altura. No obstante, tampoco pretende cambiarlo; se limita a constatar su desinterés, dejándose llevar por la tediosa cotidianidad, y a “jugar” con las personas de su entorno como si fuesen fichas de ajedrez que pudieran colocarse aquí o allá según su capricho.

Junto a Hedda aparecen cuatro personajes más ligados entre sí, pero es ella el eje dinamizador: es la que consigue información de cada uno de ellos, baraja las cartas y reparte cuando le interesa. Dicen que la información es poder; esta mujer hace su credo de esta afirmación. Pregunta, indaga, profundiza y sonsaca más allá de los datos; ella quiere llegar a las entrañas y retorcerlas hasta sacar todo el jugo. ¿Disfruta? Mejor podríamos decir que le encuentra un sentido a su existencia influenciando en su entorno y llevando a cada personaje a la posición del tablero donde ella quiere que se sitúe.

Todo este malabarismo psicológico lo presenta Álex Rigola a través de una caja escénica de 9×7 metros donde el público se sitúa en unas gradas en forma de L. Hay cuatro gradas frontales y dos laterales. Esto significa que el espectador presencia la obra tan cerca que de algún modo invade la intimidad de las conversaciones. Eso sí, la posibilidad de ver esa representación de tal proximidad multiplica las posibilidades dramáticas de la puesta en escena. Los sentimientos casi se palpan, los silencios inundan el espacio, las miradas intimidan al espectador.

La caja donde se produce la representación es de madera y tiene un banco frontal. No hay nada más. Esta es la desnudez escénica en la que se desarrolla Hedda Gabler. Varios pueden ser los motivos de la propuesta escogida. En primer lugar, es una obra centrada en las palabras e ideas cuyo sonido rebota en las paredes. Los personajes hablan entre sí, cuentan sus historias, abren su corazón. Las palabras se bastan y se sobran para la puesta en escena. En segundo lugar, esa desnudez puede ser simbólica, reflejo de la psique de Hedda, cual desierto donde no encuentra puntos de anclaje a la vida. Y por último, esa ausencia de atrezzo obliga al espectador a centrar la atención en lo importante, que es intentar dilucidar qué sucede entre los personajes.

No obstante, hay unos objetos que van apareciendo en escena como símbolo o como elemento narrativo. Son simbólicos el botellín de cerveza, la palabra “felicidad” escrita en un papel y un póster de Baco; son elementos fundamentales para la trama el libro manuscrito y la pistola. Los primeros señalan asuntos que se tratan, como el alcohol y los excesos o la pérdida de referencias. Los segundos, además de narrativos, tienen una parte simbólica, principalmente la pistola, que es muerte y destrucción, pero también belleza y juego.

Vamos finalmente al eje de la representación, que son los actores. Deberíamos decir los personajes, pero en esta obra se funden ambas categorías. El director ha optado por suprimir los nombres de los personajes de Ibsen y estos se llaman ahora como los actores. Por ejemplo, no es Hedda Gabler, sino Nausicaa Bonnín. Así se presentan ellos mismos según van apareciendo en escena y plantean la historia como suya, no la de Hedda, Tesman, Lovborg, etc. Parecen personas que hubieran asumido esta trama para así transformarse en personajes. Por tanto, se presentan, van narrando la historia y, casi sin darnos cuenta, van adquiriendo la personalidad de cada cual. El público se ve inmerso en un drama en el que vuelan los reproches, flotan las preguntas y duelen algunas respuestas. Siendo el espacio tan reducido, la tensión va creciendo poco a poco. El público observa con intriga los intercambios verbales entre los personajes y, de repente, recibe una mirada de un actor, que es un personaje, que es una persona. Entonces ese espectador interpelado visualmente se ve como observador, como convidado de piedra en una situación que no promete final feliz.

Henrik Ibsen escribió Hedda Gabler en 1890. Han transcurrido más de cien años y nos enfrentamos a un drama que contiene ciertos ingredientes atemporales. Me refiero a la complejidad de la psique humana, a la dificultad de llegar a entender a las personas aunque podamos situarnos muy cerca de ellas. Con esta propuesta escénica, nos aproximamos un poco más a Hedda, tenemos la posibilidad de mirar qué tipo de sangre circula por sus venas, podemos contemplar sus seguridades y cobardías, su cínica satisfacción y su presuntuosa posición en el mundo. Su desacierto vital. Aquí entraríamos en el terreno de las dudas. ¿Qué representa Hedda, una mujer de su tiempo o cualquier persona sin conexiones existenciales? Su búsqueda de la belleza, ¿es una respuesta cínica al mundo que le rodea o la necesidad de dotarle del sentido que carece? Es evidente que cuando un texto y su representación siguen sugiriendo cuestionamientos al espectador, nos indica que aún está viva.

Esta obra es recomendable para el pequeño espectador que está entrando en la edad adulta, a partir de los 16 años. Sirve para conocer la obra de un dramaturgo que abre las puertas a la modernidad, y esta es la base de una puesta en escena tan íntima y atrevida. El pequeño espectador puede disfrutar del teatro en estado puro, sin elementos de distracción, con un texto y una trama fácilmente seguibles, aunque con varios planos de significado, y lo más importante: unos interrogantes que acompañan al espectador más allá de la caja escénica. El teatro invita a pensar.

 

Por Sara Barquilla Guerrero

 

 

Vista el 14 de diciembre en el Teatro Valle-Inclán

EQUIPO TÉCNICO Y ARTÍSTICO

Texto: Henrik Ibsen

Dramaturgia y dirección: Àlex Rigola

Reparto: Nausicaa Bonnín, Miranda Gas, Pol López, Marc Rodríguez y Joan Solé.

Caja escénica: Max Glaenzel

Ayudante de dirección : Laia Alberch

Coordinación técnica: Igor Pinto

Construcción de escenografía

Pascualin Estructures Stage Technology S.L. y Sumescal S.L.

Producción ejecutiva: Irene Vicente Salas

Fotografía: Sílvia Poch

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Producción: Heartbreak Hotel y Titus Andrònic S.L., en coproducción con el Teatre Lliure

Con el apoyo de Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya.

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