Por Irene Herráez

¿Títeres, peques y Siglo de Oro? ¿Es eso posible? Oh, yes, como dirían los personajes de nuestra historia. Posible y real, y bien divertido. La Tartana nos propone una versión libre de La española inglesa, la novela de Miguel de Cervantes, adaptada para niñas y niños desde un punto de vista actual (aunque aún con un claro sesgo clásico). 

La Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez nos recibe convertida en tablero de ajedrez: cuadrados rojos y verdes acompañados de un podio habitado por instrumentos diversos. El espectáculo comienza con música: la instrumentista y cantante, encaramada en su particular palco, estructura toda la pieza a través de coplas y canciones impregnadas del folclore español. La joven música pasa de la guitarra al flautín, del pandero a la pandereta, de la flauta travesera a las cucharas de percusión, siempre acompañada de su voz y guiándonos por la historia de Isabela y Ricaredo. La escenografía, sencilla y eficaz, va mutando ante nuestros ojos, y pasa de ser la torre de un castillo londinense a convertirse en las calles de Sevilla, pintadas con una vivacidad que hace que parezcan desprenderse de la madera y el papel. La iluminación, sin grandes pretensiones, funciona, y permite que podamos contemplar la historia que se nos muestra. 

 

Un particular Miguel de Cervantes, con su mano inmovilizada tras la batalla de Lepanto, presenta y cierra la obra. Los intérpretes van saltando entre dos planos: su presencia escénica como actores narradores (con su propio cuerpo como foco, que se queda tibio de energía e intención, como miedoso) se intercala con su papel como manipuladores de los muñecos que protagonizan la obra. Es en este último rol en el que se lucen tanto ella como él: los títeres cobran vida con sus manos y su voz, que muta totalmente dependiendo del papel. 

Los muñecos presentan la enorme maestría que otorga una trayectoria de más de cuarenta años, los que La Tartana lleva en activo; cada personaje tiene una identidad propia, y sus figuras son extremadamente bellas. Casi todos los caracteres están representados por dos tipos de marionetas: una de mano, más pequeña y manejable, y otra de medio metro de altura y estructurada sobre un gran muelle. Sus vestuarios son preciosos y combinan la originalidad con un gran rigor histórico, lo cual contrasta con los atuendos de los intérpretes, que tienen un fuerte aire medieval y podrían estar más cuidados y atrezados (aunque son funcionales). Los elementos de utilería (barcos, caballos, trono, unicornio…) están absolutamente mimados y enriquecen muchísimo la estética de la obra, que sin duda destaca como uno de los puntos fuertes del espectáculo. 

El texto, en prosa, es cercano y accesible para todos los públicos. La adaptadora realiza un trabajo de condensación e inventiva, creando nuevas soluciones y dando un giro final a la historia de Cervantes. Clisterna, la joven prometida con Ricaredo y abandonada y engañada en dos ocasiones por el supuesto héroe, reclama al autor una obra propia en la que ser una pirata que surca los mares. Este final, aunque es de agradecer, choca con el carácter general del resto de la pieza. A pesar de que su nombre es El viaje de Isabela, la protagonista, que da título a la obra, apenas pronuncia cuatro frases durante la hora que dura la función. Isabela no lucha ni protagoniza sus propias aventuras, sino que recibe lo que otros (los personajes masculinos) determinan para ella. El espectáculo bien podría llamarse Los viajes de Ricaredo, ya que es él el verdadero protagonista: es el que mueve acción, el que se enfrenta en duelos, vive batallas marítimas de las que sale victorioso y toma la iniciativa en su relación amorosa. Podría argumentarse que esto es lo que ocurre en la novela original, pero, si nos ponemos a adaptar, ¿no sería recomendable dar más protagonismo a los personajes femeninos? ¿No podría ser Isabela la que toma decisiones sobre su vida y su amor? ¿De qué sirve un final convenientemente feminista si durante el resto de la obra son los hombres los que tienen la palabra y la iniciativa? Necesitamos escrituras concienciadas, voces jóvenes e ilusionadas que traigan un auténtico cambio a la escena y beban con todo el respeto y todo el amor de las grandes figuras que, como Juan Muñoz e Inés Maroto, viven en el teatro desde hace décadas. 

A la salida, las y los pequeños espectadores se toman fotos con los protagonistas de la obra, encantados de poder acercarse a los muñecos y el trío de intérpretes. A pesar de los sesenta minutos que dura la pieza, las niñas y niños mantienen la atención y disfrutan del espectáculo, a veces aderezado con algún comentario en voz alta de peques y mayores que explican o comentan lo que está sucediendo. Una jovencísima espectadora de unos seis años camina feliz con su propio títere en la mano, creado en el taller de fabricación de muñecos a partir de materiales reciclados que ofrece la propia compañía los días 27, 28 y 29 de diciembre, de 17:30 a 18:30 y de manera gratuita con la adquisición de la entrada para la obra. Una oportunidad que, si tuviera peques, no me perdería. Enjoy your trip!

Por Irene Herráez

 

FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA

Sala: Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa

Fechas: del 22 al 25 de diciembre de 2022

Vista el 23 de diciembre de 2022

Edad recomendada: a partir de 4 años

Duración: 60 min.

 

Autor: Miguel de Cervantes

Dirección y dramaturgia: Juan Muñoz e Inés Maroto

Adaptación: Esther Pérez Arribas

Idea y creación: La Tartana Teatro

Actores-manipuladores: Soraya Martínez-Santos Manjavacas y Felipe Guerin

Música en directo: Ana Sánchez-Cano Jimeno

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