Por Juan Sánchez Gómez

El Teatro Real inaugura su temporada número cien con La Cenerentola de Rossini. La mítica historia de la criada cubierta de cenizas sube a las tablas del Real esta vez metamorfoseada en una ópera bufa que podría servir como primer acercamiento a este género para un público joven.

En La Cenerentola de Rossini no hay zapatos de cristal ni hechizos que se desvanecen a medianoche, si no que toma las antiguas versiones del cuento popular de Cenicienta (que se remontan a la Griselda de Boccaccio o incluso al lejano Oriente) y nos relata una fábula acerca del triunfo de la verdad y la honestidad por encima de la mentira. Sobre este concepto construye Stefan Herheim, el director de escena, su propuesta escénica. Durante tres horas nos sumergiremos en un mundo metatetral, donde ni siquiera los propios personajes sabrán de quién o qué deben fiarse.

La obra comienza con una limpiadora del Teatro Real (Aigui Akhmetshina) que, mocho en mano y acompañada de su carro de limpieza, debe arreglar una inoportuna gotera que se ha abierto en medio del escenario. Mientras sucede este hecho cotidiano, una nube baja del cielo. En ella viaja el propio Rossini, que propone (u obliga) a la joven ser la Cenicienta de la ópera que está a punto de arrancar. Y, como si fuera Alicia cayendo por la madriguera, la limpiadora cruza una chimenea que la traslada al mundo de la ficción, al país de La Cenerentola, a un reino de estética victoriana donde un príncipe tiene que elegir esposa entre las hijas de un barón arruinado.

A partir de este punto se sucede la historia que todos conocemos: hermanastras que hacen la vida imposible a la pobre Cenicienta, un baile real para encontrar esposa, un hermoso vestido que aparece por arte de magia, y un zapato de cristal (en este caso brazalete de plata) que pertenecerá a la futura esposa del príncipe. Sin embargo, el libreto de Jacopo Ferretti deforma de manera burlona el cuento de Perrault e introduce distintos elementos que lo convierten en un vodevil. Así encontramos a un príncipe que se viste de criado con el objetivo de conocer a sus pretendientas, y, en el reverso, a un criado disfrazado de príncipe que intenta aprovechar al máximo sus privilegios reales. En La Cenerentola todo es ilusión y engaño: desde la muchacha que se pone un lindo vestido para ser alguien que no es hasta los efectos escénicos, que nos muestran en todo momento el truco que los aguanta.

La propuesta escénica de Herheim apuesta todo para generar una sensación de artificio. Para ello crea el personaje de Rossini (Nicola Alaimo) que con una pluma mágica dirige la escena mientras compone y manda a los personajes hacer lo que el desea. Pero no solo Rossini actúa como demiurgo, ¡todo el teatro asume esta función! De este modo, Riccardo Frizza (director musical) dialoga en ocasiones con los personajes, o los propios personajes interpelan al espectador, que tiene la cabeza desbaratada intentando seguir el rocambolesco vodevil de falsas identidades y metateatro que contradice el cuento que ya conoce.

La madeja se va deshaciendo y la verdad comienza a esclarecerse hasta que llegamos por fin al desenlace que todos deseamos: el príncipe y Angelina se casan, son felices y comen perdices. Cenicienta era esa mujer honesta que el príncipe buscaba, una muchacha que se ha enamorado de él sin importarle las riquezas.

Ahora bien, después de tanto metateatro, tanta referencia autoparódica, ¿es La Cenerentola apta para un público joven? La respuesta es un sí con asteriscos. En primer lugar, es un libreto sencillo de entender, pues el público conoce el cuento original (o la película de Disney), y los giros que introduce Ferretti están suficientemente explicados (además de que también provienen de cuentos de hadas y nuestro imaginario ya está acostumbrados a ellos). En segundo lugar, el trabajo musical está acompañado de unas coreografías dinámicas y divertidas, que pueden recordarnos a obras musicales, y hacen dinámico el conjunto. Porque ahí está el reparo de ir a ver con adolescentes La Cenerentola: su larga duración, que asciende a las tres horas con descanso incluido.

Con todo esto dicho, La Cenerentola que propone el Real puede constituir un primer acercamiento al mundo de la ópera a partir de dieciséis años, pues es una obra juguetona, que se ríe de sí misma y sus convenciones, y propone un delicioso mundo metateatral, en el que un carro de la limpieza puede ser una carroza tirada por caballos y una limpiadora soñar que pertenece a la realeza.  ¿Te atreves a cruzar la chimenea?

Por Juan Sánchez Gómez

DATOS TÉCNICOS:

Vista el sábado 9 de octubre de 2021 en el Teatro Real.

Dirección musical: Riccardo Frizza

Dirección de escena: Stefan Herheim

Escenógrafo: Stefan Herheim

Escenógrafo: Daniel Unger

Figurinista: Esther Bialas

Iluminador: Phoenix (Andreas Hofer)

Dramaturgia: Alexander Meier – Dörzenbach

Creación videográfica: Fettfilm

Dirección del coro: Andrés Máspero

Elenco: Dmitry Korchack, Michele Angelini, Florian Sempey, Borja Quiza, Renato Girolami, Nicola Alaimo, Rocío Pérez, Natalia Labourdette, Carol García, Karine Deshayes, Aigul Akhmetshina, Roberto Tagliviani y Riccardo Fassi.

Duración aproximada: 3 horas.

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