Por Jesús Eguía Armenteros
Quizá… “no formula pensamiento, pero que puede ser la semilla del propio pensar”, como se lee en el programa, ya sentado junto a mis dos hijos de once y doce años. En El pequeño espectador tratamos de escribir reseñas en aras de empujar a los infantes a sentarse en teatros. Por ello, mejor descartar un análisis intenso de un espectáculo que podría suponer un TFM o la base de una tesis doctoral y que, si el teatro sigue estudiándose y desarrollándose pese a todo —pese a la inundación abrasiva de las plataformas y móviles que arrancaron a las personas de compartir asientos, aire y vida en teatros y cines—, me atrevería a decir que THAUMA es una de las principales creaciones escénicas de los últimos cuarenta años y no de España, sino del globo terráqueo.

Sin embargo, dejado a un lado esta parte, abro a la otra. En menos de 15 segundos mis dos hijos me miraron con la boca abierta, golpeados, impactados, por lo que se movía en escena, por la magia del cómo y el misterio del porqué: algo sencillo y pequeño sucedía, pero no asombraba. ¿Contarlo? ¿Espóiler? Una especie de alfombra se desliza sola y lentamente cargada de metrónomos en movimiento. ¿Qué es? ¿Para qué? “No formula pensamiento, pero que puede ser la semilla del propio pensar”, ya en los primeros segundos. Y así prosigue paso a paso, objetos que entran deslizándose, o a cuatro ruedas, o volando, actores que ejecutan algo mayor que ser solo actor, atrapan y desarrollan la Bauhaus, a Oskar Schlemmer y El ballet triádico de 1922 en Stuttgart, interpretación actoral en la que la acrobacia que no es acrobacia en tanto “mirad lo que sé hacer con este salto o peligro”, sino actores que usan la acrobacia como quien necesita ponerse unos tacones o una nariz postiza para generar personajes, entidades, símbolos, mutantes, que solo logrando patas con garras, tarsos y pico largo de ave creado con dos pies humanos se lograría y logran, un humano de doble tronco, es decir, dos cabezas en un doble tronco enlazado que surge, nace, es vomitado de un muro con sangre… azul. Un cactus solo, como sólo puede, sabe estar un cactus porque pincha, pese a que a un globo le atrae el cactus, un globo que vuela, que sueña, que se mueve, pero al que le atrae un cactus y aunque cualquiera ve y sabe de los pinchos, se acerca, pesa a que llegue otro globo azul, el cactus sigue atrayendo hasta que pasa el tiempo, o el momento, o la situación y el cactus termina en soledad, una soledad que quizás, solo quizás, puede conducir a la elevación, al cielo, a ascender por el aire en un final inesperado para un cactus.

Y ¿se puede bucear en escena, bucear hasta el fondo del mar? Tantas cosas se ven desde que las proyecciones se han apropiado de las Artes Escénicas —ajenas (ajenos) a lo que generó, demostró, creó, teorizó Peter Brook, a lo que ES el teatro—, en lo que casi parece obligatorio en escena, proyectar, colocar en pantalla —eternas pantallas de nuestras vidas—, pero ¿bucear hacia el fondo del mar? Y no hablamos de un juego de convención con texto, o una simple mano que mueve a un muñeco dentro de una pecera o una lámina de color, sino de un viaje artístico más allá que deja a mis hijos y a mí, y a todos, otra vez, con la boca abierta. ¿Son un par de momentos impactantes? No. Es toda la obra impactante, cada paso de una escena a otra te lleva al shock, al dilema, a emociones que no sabes qué son ni adonde te conducirán porque la reflexión, como todo lo bueno, vendrá después, un rato después, un día después, quizá mucho tiempo después, como pequeños huevos que salen sin que al inicio nos demos cuenta, igual que en la obra, con rostros, o recuerdos de rostros que con el tiempo se deforman hacia un lado u otro, a la vez que nos rodean máquinas de toda clase y condición que asumimos como parte de nosotros mismos, y a cada cambio de escena mis hijos me miran, la miran, les miro, lo miro, rodeados de helicópteros, tractores, palabras, WTF, ¿de un F47? Y las preguntas continuan, para mis hijos más sobre sentires y misterios por resolver sobre el cómo y qué será y es la vida, y para los más entrados en años sobre… ¿lo mismo, pero con oraciones más subordinadas?

Tres actores —y los denomino actores porque lo que ejecutan es la maestría suprema de lo que un intérprete sueña, cree (o ni siquiera considera que pudiera ser capaz de realizarse) que una especie de “Jedi” sería capaz, no sé ni qué decir—, junto con un grupo de artistas plásticos y técnicos enlazados para colocarnos una hora ante una obra artística que supone un paso, como un paso supuso Stanislavski, u Oskar Schlemmer, o Artaud, o Brecht, o Samuel Beckett, o Ettiene Decroux, o Grotowski, o el Vienna Actionism, o Bob Wilson, o Peter Brook, un paso capaz de reventar de nuestra mente el mundo de las pantallas para envolvernos en una vivencia sensitiva que nos impulsa a peques y adultos a meditar qué somos y para qué y hacia dónde y cómo y quiénes y, para colmo, en un continuo envolvernos para dejarnos “flipados” minutos tras minuto. Ya cercanos al final de la experiencia todo parece señalar el caos del entorno, un sin sentido metafísico que, pese a todo, cobra sentido cuando se cumple un pequeño detalle: la colaboración de unos con otros.
Solo se me abre un reparo, un problema, un drama triste y de protesta. ¿Cómo es posible que una obra así solo llegue a Madrid los días 2 y 3 de julio de 2026 en el Teatro de la Abadía? Espero que sea, prefiero asumirlo a que se deba a su reconocimiento internacional y necesidad de una gira amplia para algo que ya recibió múltiples premios, entre ellos el Max a mejor Dirección Escénica, aunque, pese a eso, ¿solo dos días en Madrid? En conclusión, entrad en su web, corred, luchad, viajad, haced lo posible para sentaros a verla.
https://youtu.be/xjoeV-sip8c?si=Kt2tUcspS6aXxI5J
Por Jesús Eguía Armenteros
FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA
Sala: Teatro de la Abadía Teatro. Ciclo TEATRO bajo la arena.
Fechas: 2 y 3 de julio de 2026
Vista el 3 de julio de 2026
Edad recomendada: A partir de los 10 años
Duración: 60 min.
Dramaturgia: Jorge Gallardo
Codirección: Andreu Martinez Costa y Magda Puig Torres
Mentoria internacional: Dimitris Papaioannou
Intérpretes: Marina Rodríguez, Juan Carlos Panduro y Albert Mèlich
Diseño de sonido: Marc Naya
Diseño de vestuario: Nídia Tusal
Diseño de luz: Tony Ubach
Diseño de escenografía: Victor Peralta
Ingeniero de artefactos: Pepo Carreras
Construcción de objetos: Andreu Martínez y Magda Puig
Producción: Oriol Escursell
Fotos: Sílvia Poch
Coproducción: Teatre Lliure y Nilak
Con el soporte de: Generalitat de Catalunya, Ivam Cada Alcoi y Museum of Music Barcelona
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