Por Almudena Pimentel Serra

 

“Llevo treinta años viviendo aquí y nunca había venido al teatro”

Este es el tremendo testimonio de algunos espectadores pertenecientes a la comunidad filipina que se asoman por primera vez a los teatros españoles, que son suyos también, pero que no hablan de ellos. No se sienten vistos. No les representan. Supongo que esto tiene que ver directamente con escuchar verdades diferentes con las que a veces no estamos de acuerdo pero que merecen ser rescatadas del olvido, destapadas del mito o las circunstancias, pero sobre todo revisadas para ser contadas.

Lucía Miranda y su equipo se proponen en esta ocasión traer momentos de la historia donde España y Filipinas convergen no siempre de la forma más amable. El objetivo, desde mi punto de vista, queda conseguido: Escuchar sobre un tema incómodo de forma agradable. Bueno. Todo lo agradable que pueda ser hablar sobre nuestro pasado colonialista. Y es que la disposición elegida para la propuesta, la de las tres bandas, me permite ver no solo a los actores, sino las caras de los otros espectadores. ¡Y vaya caras! Porque sí, a nadie le gusta hablar de esto, ¿No? Pero era necesario. Es necesario.

A través de un largo proceso de documentación donde las entrevistas y la colaboración directa con PETA (Philippine Educational Theatre Association) son el centro, la dramaturgia se construye a través del teatro documental, los testimonios reales (o no) y el recurso del verbatim, frecuentemente utilizado por la autora, que permite identificar al espectador fácilmente a múltiples personajes al tiempo que les da vida en escena durante breves momentos.

Y es que una cosa está clara. Abusamos de los otros siempre que nos creemos con el privilegio para hacerlo, (ya lo estamos viendo día a día), y este espectáculo nos permite ver cómo nuestras células se comen su propio cuerpo, cómo nos comemos a nuestra propia Matria. El salto temporal, que también es recurrente durante la obra, marca un ritmo ligero y de interés constante en el espectador, que sigue a través de las pantallas los testimonios en diferentes idiomas y acontecimientos como el comienzo de la revolución filipina en 1896. El elenco se encarga de traer de vuelta a un imparable Magallanes, a Carmena, Almeida y su estatua de la discordia y a unas cuantas monjas en pie de guerra. Rematan el trabajo con una propuesta musical que resalta esos momentos de comedia, de ternura y se corona con un karaoke para afrontar las dificultades porque, a pesar de que deseamos que todo salga bonito, a veces la vida no es así.

El vestuario y la puesta en escena combinan lo histórico, lo étnico y lo actual haciendo que en todo ello reluzca una incomodidad brillante que no puede dejar de observarse ni escucharse, y es que al igual que Sor Jerónima de la Asunción se vio empujada a cambiar el rumbo de la historia para ella y su comunidad de monjas revolucionarias, siento que la obra busca un cambio de rumbo para con el teatro español. Un cambio de paradigma que nos apela a reconocer todo aquello que existió, admitirlo y decir:  <<Esto es lo que hay. ¿Qué podemos hacer con ello?>>

Como espectadora me siento llamada, apelada. Aunque no haya formado parte activa de todo aquello que sucedió, siento un hilo conector con todas esas acciones de mis antepasados, de mi ciudad, de mi país para con Filipinas. Soy parte inactiva del problema, pero posiblemente parte activa de la solución. De la reparación.

Y pienso en todos aquellos jóvenes espectadores para los cuales este espectáculo es perfecto. ¿Cómo crear diálogo entre los progenitores de todos aquellos que fueron sometidos con “nuestros” jóvenes, a los que cada vez se les plantea más lejana la historia? Esta es una oportunidad excelente para revisar lo que dábamos por hecho, abrir debate, admirar a otros jóvenes en escena, para reír, conmoverse y reflexionar en el silencio colectivo que deja una frase en el aire: <<A ver cómo hacemos esto entre todos>>.

Al fin y al cabo, a eso es a lo que se va al teatro.

 

Por Almudena Pimentel Serra

FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA

Vista el 22 de mayo de 2026 en el Teatro Valle-Inclán

Espectáculo en inglés, tagalo y castellano con sobretítulos en castellano e inglés.

 

Producción: Centro Dramático Nacional

Una creación de: Crossborder

Dirección y texto: Lucía Miranda

Intérpretes: Laurence Aliganga, Julia Enríquez, Chris Angelous Manalo, Alexandra Masangkay, Juan Paños Larrauri, Belén Ponce de León, Belén de Santiago y Tuna Universitaria Complutense.

Escenografía: Alessio Meloni

Iluminación: Pedro Yagüe

Vestuario: Anna Tusell

Música: Nacho Bilbao

Sonido: Eduardo Ruiz <<Chini>>

Coreografía: Chris Angelous Manalo

Movimiento escénico: Andoni Larrabeiti

Videoescena: Javier Burgos

Caracterización: Johny Dean

Ayudantía de dirección: Anahí Baholi

Ayudantía de escenografía: Mauro Coll

Ayudantía de iluminación: Elena Alejandre

Ayudantía de vestuario: David Degea

Sobretítulos: Juan Ollero

Diseño de cartel: Emilio Lorente

Tráiler y fotografía: Bárbara Sánchez Palomero

Ambientación de vestuario: Marisa Echarri y Lola Trives

Sastrería: Gabriel Besa y Matías Zanotti

Con la colaboración de PETA (Philippine Educational Theatre Association), Embajada de Filipinas en España, Casa Asia e Instituto Cervantes de Manila

Duración: 2h aprox.

 

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