Por Eva Llergo
Un futuro distópico se cuela en un aula de Secundaria para recordarnos que la ilusión de intentar mantener una vida “normal”, dar clases de Bilogía, hablar de la supervivencia de la especie, de Darwin, de genética, hablar del futuro y de lo que nos depara, de cómo abordarlo mejor, pero sabiendo que en cualquier momento todo puede desmoronarse, ya ha sucedido. Un futuro que en realidad nos habla de nuestro pasado. Del pasado. De algo que puede repetirse una y otra vez, aunque el horror de su experiencia nos haga gritar y prometer que haremos todo lo que esté en nuestra mano como civilización para que nunca más vuelva a suceder. ¿Lo adivina ya el lector? Sí, hablamos de la guerra. Un tema de ayer y de hoy y, lamentablemente, parece que también de mañana. Un tema inmortal que nos atraviesa y que tristemente nunca dejará de estar de moda.

En un aula devastada por la ira adolescente y descontrolada de los alumnos que la pueblan, observamos cómo se fragua otra guerra más microscópica en perfecta consonancia con la exterior: la de las hormonas, los instintos, la biología y las circunstancias de cada uno que parecen predeterminarlos. Los desesperados intentos de la profesora por centrarlos y aferrarse a la esperanza de que tienen un futuro, planean sobre sus cabezas y en sus oídos en forma de Charles Darwin y sus teorías. Mientras tanto, los chicos esperan ser llamados a filas para participar en la “Guerra Justa” y las chicas se preguntan por su posición y significado en todo este movimiento violento. Se insiste varias veces en la idea de que las guerras son cosa de hombres, tal vez porque suelen ser ellos las que las idean y las inician, y también los que históricamente las luchan. Esto último, aunque ya no vaya de la mano de la realidad, es parte de la tesis de la obra. El texto de la dramaturga escocesa Sam Holcroft es profundamente feminista pues la idea base que reivindica es que las mujeres somos las cucarachas que titulan la obra. Es decir, esos supervivientes, aparentemente más débiles, pero con la cabeza más fría y, por ello, con una capacidad de adaptación mayor. Son ellas las que están en mayoría de número en la dramaturgia (4 versus 2 personajes masculinos), las que inundan la escena final y anuncian la vitoria en la “Guerra Justa” y las que arrojan luz y ponen paz donde antes solo había violencia y oscuridad.

Holcroft nos lanza más preguntas que respuestas y, aunque el texto es profundo y trascendental, a veces resulta demasiado ambicioso en su intención de sostener muchas líneas de acción simultáneas que nos dejen recorrer como espectadores la construcción de todos los personajes y su contexto. La trama se construye con tal intensidad que hace que, a momentos, sofoque al espectador y lo disperse en vez de atraparlo.

En consonancia el montaje de Julián Fuentes Reta es muy físico, revulsivo y visceral. Las escenas de violencia se suceden desde el primer momento para marcar ese pulso de desesperación, desesperanza y huida hacia delante que experimentan los alumnos. El escenario está poblado de numerosas sillas y mesas escolares que, como los protagonistas, han soportado los embates de la realidad y que sirven igual de escena escolar que de trinchera figurada. Con todo, Fuentes Rera sabe construir momentos de sosiego que dan tregua al espectador. De hecho, aunque los momentos físicos tienen una tremenda efectividad para las intenciones del montaje, a nuestro juicio lo mejor de Cucaracha son los momentos de pausa en la que los personajes se encuentran.

Los cinco actores jóvenes Julio Peña, Lucía Diez, Miriam Queba, Nakarey y Javier Amann, corporalizan con distintos matices la incombustible energía del desaliento de las situaciones que experimentan sus personajes. Esther Acebo está también perfecta en la ambivalencia de la profesora inclasificable entre la vocación, la resignación y la autodefensa.
Había bastantes jóvenes espectadores en la sala verde de los Teatros del Canal acompañándonos. Seguro que se sintieron atrapados por la corporalidad y la energía del montaje y de sus actores; también por su temática. Pero no sabemos hasta qué punto perdidos o desalentados por los claroscuros pretendidos del argumento y por la, a ratos, sofocante intensidad de la trama.
Con todo, Cucaracha es una propuesta profundamente acertada que indaga en los dilemas de la juventud, en los abismos a los que se enfrenta (con o sin guerras cerca) y que conforma un retrato donde mirarse, identificarse y comprenderse.
Por Eva Llergo
FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA
Vista el 21 de junio en la sala verde de los Teatros del Canal
Dirección: Julián Fuentes Reta
Dramaturgia: Sam Holcroft
Con: Esther Acebo (20, 21, 23 y 24 de junio) / Hiba Abouk (del 25 al 28 de junio), Julio Peña, Lucía Diez, Miriam Queba, Nakarey y Javier Amann
Producción: Producciones En Crudo y La Manjoya Producciones
Producción Asociada: Álvaro de Blas Gama y Álvaro de Blas
Adaptación: Javier Amann
Ayte. Dirección: Álvaro de Blas
Diseño de escenografía: Ciru Cerderiña y Julián Fuentes Reta
Diseño de iluminación: Ciru Cerderiña
Diseño de vestuario: Sofía Nieto (Carmen17)
Diseño de espacio sonoro: Apolo Ruiz de la Hermosa
Diseño de imagen y cartel: Geraldine Leloutre
Comunicación y prensa: Adriana Lerena
Coordinación de producción: Tania Noriega
Diseñadora de accesibilidad: Elena SV FlysRRSS: Daria Yurchenko
Creación audiovisual: Álvaro Tierno y Gisela Benaiges
Con el apoyo del Área de Gobierno de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid
Con la colaboración especial de la Escuela Universitaria de Artes TAI
Con la participación de CreaSGR
Voz de Karen: Claudia Suárez
Ayudantes de producción: África Gamero, Romina Baldi y Lucia Canas
Construcción escenografía: La Caverna del Érebo
Ambientación de vestuario: Carmen17
Ayudantes de vestuario: Fabiana Woolrich, Nora Kalovits, Patricia Lozano
Ayudante composición musical: Alan Almazán
Duración: 105 minutos
Edad recomendada: a partir de 14 años.
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