Por Sara Barquilla Guerrero
La princesa Laura no quiere casarse, aunque su hermano le insiste en la necesidad de contraer matrimonio con alguno de sus múltiples pretendientes. Ella rechaza a los hombres porque ellos, históricamente, han despreciado a las mujeres y considera una gran responsabilidad romper con el papel rutinario femenino de casarse y pasar a un lugar secundario. Laura decide crear una escuela de mujeres para que aprendan el argumentario feminista que las empodere para hacerse de valer en el mundo y lograr una paridad aún lejana socialmente.

Este es el planteamiento inicial de La vengadora de las mujeres de Lope de Vega, una comedia que combina el enredo y el debate filosófico. La protagonista rechaza el amor en aras de la independencia de la mujer, demostrando así que esta no necesita de un hombre para realizarse y que el estudio y el conocimiento son fuentes inagotables para sobrellevar la vida y lograr la felicidad. Sin embargo, llega a su palacio Lisardo, en realidad el príncipe de Transilvania, con la excusa de traer unos libros y establecer un vínculo intelectual. La cercanía, el intercambio de ideas y el contacto diario provocan en Laura un sentimiento con el que no contaba: se enamora perdidamente de Lisardo. El amor que siente choca frontalmente con su actitud inflexible hacia los hombres. ¿Puede seguir rechazándolos ahora que se ha enamorado? ¿Es posible defender la autonomía femenina casándose? Laura se debatirá sobre estas y otras cuestiones, luchando contra su orgullo e intentando poner cordura a estas contradicciones que le surgen con el enamoramiento.

La producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Teatro del Temple saca partido de todas las posibilidades cómicas de la obra. El vestuario de los personajes, sobre todo los masculinos, tiene un carácter grotesco y abufonado, por lo ajustado y colorido; parecen un parchís vistiendo cada uno de un solo color de pies a cabeza (literalmente): azul, rojo, verde y amarillo. El sonido acompaña la trama con formas divertidas de tipo resorte o bocina. Con ellos, el elenco hace movimientos coordinados y exagerados, que refuerzan lo chistoso de la situación. Además, algunas escenas contienen una música intrigante que de nuevo ameniza la trama y le da una categoría superior, generando mayor interés del que tendría la situación en sí.

En las obras del Siglo de Oro siempre se agradece, sobre todo si son cómicas, que se aprovechen todos los recursos escénicos posibles para conseguir un resultado divertido y atractivo. Esto es importante de cara al pequeño espectador, para el que una obra en verso siempre es un obstáculo inicialmente insalvable. Por ello toda la gestualidad y expresión corporal son bienvenidas para facilitar la comprensión de un texto que suele tener su complejidad. La vengadora de las mujeres posee largos parlamentos de reflexión filosófica sobre la actitud de las mujeres y el rol de los hombres; no obstante, las actrices, en su escuela de mujeres, fuerzan al máximo la expresividad para transmitir esas ideas con soltura. Muestran con sus cuerpos y rostros seguridad, dudas, desafío, enfado, divertimento, orgullo y un largo etcétera de emociones que acompañan al debate filosófico que se traen entre manos.

En cuanto a la escenografía, se presenta una sala de interior con unas paredes blancas de madera con molduras que reflejan el ámbito palaciego. En el centro del escenario, dos bancos largos sin respaldo se recolocan una y otra vez; son unas breves mudanzas, como los sentires de los personajes, que transforman ligeramente el espacio a la par que aportan dinamismo a los cambios de escena. Al inicio de la trama, en la pared del fondo cuelga de un marco un cuadro de Caravaggio. A lo largo de la obra aparecerán unas figuras, ataviadas con unas capas de formas zoomórficas y unas máscaras con hocico, pelo y orejotas (aunque no queda claro qué animal representan), que sustituirán el lienzo en varias ocasiones. Su aparición constituye una suerte de intermedio guasón, porque tales figuras no conectan con la trama pero a su vez mueven sus caretas como censurando lo que ocurre en escena, como si se llevaran las manos a la cabeza (no pueden porque portan un cuadro).

Es interesante que Lope de Vega hiciera tal planteamiento en una comedia, pero no creo que fuera una idea original suya. Si aparece una mujer en escena quejándose del poco reconocimiento social e histórico de su género es porque el debate era contemporáneo al dramaturgo. Cierto que Lope se llevó el tema a su terreno, donde el amor es siempre el vencedor, capaz de quebrar rocas y ablandar durezas, por muy justificadas que estuvieran. Pero el inicio de la comedia, con una mujer que se niega a casarse para mantenerse firme y que defiende su valía intelectual, debía de ser una cuestión presente en la etapa áurea (si no antes) de la que Lope se hizo eco con mucho acierto. Se agradece que el Fénix de los Ingenios planteara esta crítica al desmerecimiento que sufrían las mujeres, que demostrara su posición favorable y posibilitara el debate social gracias a la autoridad que le otorgaba su fama; pero entusiasma más aún que se representen estas comedias menos conocidas dando a conocer este cuestionamiento en la sociedad del Siglo de Oro.
Por Sara Barquilla Guerrero
FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA
Vista el domingo 17 de mayo de 2026 en el Teatro de la Comedia (Madrid)
Elenco: Silvia de Pé, Gabriel Moreno, Secun de la Rosa, José Vicente Moirón, Xavi Caudevilla, Nacho Rubio, Chavi Bruna, Lorena Berdún, Itziar Miranda.
Escenografía: Oscar Sanmartín y Carlos Martín.
Vestuario: Agustín Petronio.
Música: David Angulo.
Iluminación: Felipe Ramos.
Asesoría del verso: Pepa Pedroche.
Ayudante de dirección y regiduría: Manuel de Durán.
Producción: María López Insausti.
Coordinación técnica: Alfonso Plou.
Dramaturgia: Alfonso Plou y María López Insausti.
Dirección: Carlos Martín.
Coproducción: Compañía Nacional de Teatro Clásico y Teatro del Temple.
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