Por Almudena Pimentel Serra

 

Dentro de un ser humano hay muchos idiomas. Tantos como los que éste quiera cultivar supongo. Mejor ejemplo de esto no puede ser otro que Anton Chéjov. Primero escritor de cuentos y relatos por necesidad, luego médico y dramaturgo de profesión… Un autor que vuelve a los escenarios para cuestionarnos una y otra vez sobre la vida, el teatro y la realidad.

En este caso, la cita con uno de sus textos más emblemáticos fue en Teatro Tribueñe donde la directora, Irina Kouberskaya, propuso un montaje recuperando fragmentos de cartas, diarios y recuerdos de los propios contemporáneos del autor sin prescindir del texto original.

Nunca me había fijado en la presencia de las dos esencias de Chéjov a través de sus personajes en esta obra. Los conflictos principales se suceden entre Treplev, el hijo escritor eclipsado por su madre, que es una actriz famosa. El novio de la madre es, al mismo tiempo, escritor; mientras que la joven Nina desea ser actriz. La presencia de un doctor no falta, así como la tendencia a filosofar de todos sus personajes o a sentir un vacío existencial. El teatro está presente dentro de la propia representación, y un tiempo en decadencia se muestra constantemente, con el único deseo de trascender de la realidad rutinaria y aburrida que muchos de sus personajes sufren y de la que tratan de escapar constantemente. Esa decadencia de la que habla el autor era para protestar también sobre el estado del teatro de su momento, artificioso y falto de verdad (justo lo que él pretendía conseguir sin ser entendido en absoluto). La mirada hacia los personajes de Chéjov me produce mucha melancolía, pues sufren todas esas enfermedades que no se saben de dónde vienen pero que hoy tendrían etiquetas bien clasificadas con los nombres de depresión, ansiedad o vacío existencial.

La puesta en escena aprovecha el particular espacio que ofrece el teatro, combinando normalmente dos planos. Pretende conservar también la imaginación del espectador en los momentos álgidos de la obra, que suceden fuera de escena pero que están resaltados gracias al trabajo actoral del elenco. El vestuario conserva la estética histórica del momento, que combina la riqueza de los trajes en la familia con la sencillez y lo castizo, representado a través de los personajes del servicio de la casa.

El montaje, aunque casi diría la obra en sí, no está construido para ser abordado por un público más joven por su profundidad filosófica y los temas que trata, de modo que la presencia del joven espectador en esta ocasión no pudo darse. Sin embargo, cada vez que me aproximo a la historia de Chéjov despierta en mí la idea del fracaso. La necesidad de hablar de ello en lo teatral. El estreno de esta obra, en su día, fue un fracaso estrepitoso. Luego llegó Staninslavski y la cosa mejoró. Esto me lleva a pensar que no podemos pretender que todo salga bien a la primera. A veces la persona, el momento, el equipo o la circunstancia necesaria para catapultar la idea no aparece a la primera. Aprender del error y asumir que muchas veces seremos unos incomprendidos también forma parte de ese crecimiento.

No todo puede ser siempre un éxito.

 

Por Almudena Pimentel Serra

FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA

Vista el 21 de febrero de 2026 en Teatro Tribueñe

Dirección y adaptación: Irina Kouberskaya
Ayudantía de dirección: Enrique Sánchez
Dramaturgia: Anton Chéjov
Reparto: Catarina de Acárate, Kike Lafuente, Miguel Ribagorda, Candelaria de la Serena, Virginia Hernández, Rafael Usaola, Alejandra Navarro, Inma Barrionuevo, Matilde Juárez, Zalo Calero, David García, Juan Matute, José Manuel Ramos, Sylvia Richter, María Paula Montoya y Santiago López.
Iluminación: Nicolás Orduna y Miguel Pérez-Muñoz
Espacio sonoro: Creación de Tribueñe
Vestuario: Talleres Tribueñe
Escenografía: Talleres Tribueñe
Producción: Teatro Tribueñe
Duración: 2 horas

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