Por Sara Barquilla Guerrero
Caperucita en Manhattan, novela de Carmen Martín Gaite versionada para teatro por Lucía Miranda, está siendo todo un éxito. La temporada pasada enseguida se colgó el cartel de “entradas agotadas” y mucha gente, incluido El pequeño espectador, se quedó con muchas ganas de disfrutar de una obra que prometía originalidad con esa profusión de lavadoras en el escenario. Así que en este 2025-26, el Teatro de la Abadía ha decidido reponerla durante casi un mes y, apenas han empezado las funciones, de nuevo se han vendido todas las entradas.
Y es que el éxito de la obra está completamente merecido. Cuando una obra gusta, la gente la comenta y recomienda. No te la puedes perder, dirán. Imagino que muchas aludirán al humor y otras a la ternura. Seguramente haya espectadoras que acudan a la novela para leerla o releerla, o incluso que busquen otros libros de Carmen Martín Gaite para conocer mejor a la escritora, para disfrutar de esos relatos que se destilan solos a través de las palabras y quedan flotando en la imaginación. La Caperucita de Carmen es una mezcla de realidad y ficción, donde la primera se tiñe de la segunda y esta pugna por hacerse verosímil.

Por su parte, Lucía Miranda agarra todo ese material y lo amasa, lo retoca, lo recoloca, le añade una pizquitina de aquí y otra de allá, que si un poquito de la propia Carmen, que si otro poquito de sí misma. El resultado: es y no la Caperucita de Carmen. Quien haya leído la novela la reconocerá sin duda; y seguramente, además, disfrute con esa nueva forma que adquiere, porque ya no es una novela: es teatro. La adaptación escénica de una obra narrativa es una apuesta difícil; sin embargo, Lucía Miranda maneja el lenguaje dramático con tal soltura que, sin dejar de ser fiel a la novela, consigue crear algo nuevo, algo que tiene vida propia. Se trata de una Caperucita en Manhattan llena de color y de emociones, que se expresa desde todos los rincones del escenario latiendo con fuerza en muchos momentos.

El reparto es espectacular. Mamen García ES Miss Lunatic. Las que nos hemos leído la novela nos sorprendemos de estar viéndola ahí delante, “esa es, no podría ser otra”. El personaje es absolutamente sincero y tierno. Tanto Míriam Montilla como Carmen Navarro realizan varios papeles durante la obra y cada cual es mejor que el anterior; son brillantes ambas dos por la capacidad cómica de su puesta en escena y su desparpajo. Carolina Yuste representa a la protagonista, una Sara Allen llena de curiosidad y osadía. Es el personaje más complicado en cuanto a que no es una niña, pero la representación va ganando en fantasía de tal manera que el espectador lo acepta sin dudarlo. Por último, Marcel Mihok es Mr. Wolf, que aparece lo indispensable casi al final de la trama, dejando todo el protagonismo a Sara y Miss Lunatic. Sin embargo, este actor es el contrabajo que está presente durante toda la obra, ya sea con el arco o con el pizzicato, como una voz más que participa en la trama.

Con todo lo que ocurre en la novela, con esos largos recorridos que hacen en Manhattan Sara Allen, Miss Lunatic y Mr. Wolf, ¿cómo se ha apañado Lucía Miranda para que dé de sí un solo escenario? Pues la respuesta es clara: con mucha imaginación. Empezamos con el rasgo más significativo, la docena de lavadoras. No están en la novela porque se trata de una de esas pizquitas que hablan de la directora. Lucía Miranda vivió en Nueva York y pasó, como mucha gente, horas interminables en este tipo de establecimientos, las lavanderías, donde pueden encontrarse personas tan dispares como una Caperucita, un lobo y una abuelita. No se puede representar toda Nueva York en el escenario, pero esas lavadoras nos recuerdan que no nos hemos movido de allí. Además, sirven para asomarse o para meterse dentro, e incluso se desmontan para convertirse en otro objeto (no haré más espóiler). Es importante en esa escenografía un letrero entre dos farolas, en el centro del escenario, que anuncia el espacio donde se sitúan las personajes: Brooklyn, Central Park, el metro de Nueva York. Ese mismo letrero nos recuerda al final de la obra que Carmen Martín Gaite escribió esta obra cinco años después de la muerte de su hija con solo 28 años. Con ese dato, la historia cobra otra perspectiva.

El vestuario, lleno de color y alegría, hace volar la imaginación. La música, con algunos temas interpretados en directo, nos conectan con la abuelita más libre de todas, la gloria del music-hall. La iluminación acompaña, señala, genera la atmósfera onírica que es la historia en muchos momentos. La ruptura de la cuarta pared, con total atrevimiento, pone el teatro patas arriba. Tienen lugar distintos lenguajes escénicos: el teatro de objetos, el teatro de marionetas, la narración oral. Seguro que se me olvida algo con tanta riqueza y versatilidad. Pero sí recuerdo perfectamente que me hizo reír (a carcajadas), me emocionó, me movió del asiento y me sorprendió.

La obra está recomendada para un pequeño espectador a partir de 10 años que seguramente haga una lectura muy diferente a la que hacemos las adultas que nos acercamos a la obra teatral e incluso a la novela. Es una representación llena de fantasía que el pequeño espectador entiende más fácilmente que el adulto, que muchas veces busca explicaciones racionales sin ser necesario. Un niño coge un palo y lo que ve es un billete mágico; igulamente Sara Allen se sienta en una lavadora y está recorriendo Manhattan en coche. Así plantea la obra Lucía Miranda: todo puede ser si las espectadoras abren los ojos de la mente y lo quieren ver. Y luego, cada cual, que saque sus conclusiones porque, como hacía Martín Gaite, la obra nos deja el final abierto para que cada una hagamos nuestra propia interpretación y creamos lo que deseemos.
Por Sara Barquilla Guerrero
FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA
Vista el martes 16 de diciembre de 2025 en el Teatro de la Abadía (Madrid).
- Texto original: Carmen Martín Gaite.
- Dramaturgia y dirección: Lucía Miranda.
- Reparto: Mamen García, Miriam Montilla, Carmen Navarro, Carolina Yuste / Mar Calvo, Marcel Mihok (contrabajo).
- Diseño de escenografía y atrezo: Alessio Meloni (AAPEE).
Ayudante de escenografía y atrezo: Mauro Coll (AAPEE).
Taller de realización: Mambo Decorados.
Diseño de vestuario: Anna Tusell.
Ayudante de vestuario: David DeGea.
Confección: Gabriel Besa.
Asesoría de caracterización: Sara Álvarez Rodríguez.
Ambientación: Marisa Echarren.
Pelucas y utilería vestuario: Matías Zanotti.
Iluminación: Pedro Yagüe (AAIV).
Ayudante de dirección y coach actoral: Belén de Santiago. - Meritoria de dirección: Ares B Fernández.
Composición musical: Nacho Bilbao.
Diseño de sonido y vídeo: Eduardo López.
Diseño gráfico: Sergio de Carlos.
Producción: Teatro de La Abadía.
Producción ejecutiva: Sarah Reis.
Ayudante de producción: José Luis Sendarrubias y Gema Iglesias.
Fotografía: Dominik Valvo.
Estudiante de escenografía en prácticas: Yaiza Martín.
Distribución: Nuevos Planes Distribución – Susana Rubio.
Colabora: Teatre Nacional de Catalunya.
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