Por Almudena Pimentel Serra

Comenzaré por el final.

Salgo del teatro revuelta. Conmovida. La plaza de Santa Ana bulle en un movimiento continuo de guiris y gente que ha venido a pasar el puente a Madrid. Las terrazas, abarrotadas a pesar del frío, entonan una melodía distante en mi cabeza mientras yo solo puedo mirar el Teatro Español iluminado, cómo los acomodadores van cerrando las puertas por hoy mientras todavía brilla luminoso el cartel de Personas, lugares y cosas. Encima de él, una banda roja tacha descaradamente el rostro de Irene Escolar para anunciar “Localidades agotadas hoy”. Al mismo tiempo, los corrillos de espectadores van arremolinándose también en esa búsqueda del intercambio de impresiones, de la emoción compartida… Una comienza a saber cuándo el espectador ha vivido un delirio mágico colectivo.

Personas, lugares y cosas, el texto de Duncan Mcmillan, ha sido adaptado y dirigido en esta ocasión por Pablo Messiez, que se pone a los mandos para pilotar esta historia en la que la adicción y una pregunta que resalta sobre todas las demás: ¿Por qué? marcan el desencadenante para Emma, una actriz que, sumida en las drogas y el alcohol, acaba ingresando por voluntad propia en un centro de desintoxicación. Un concepto este, el de la voluntad, importante también en la obra. Me resulta fácil afirmar que todos tenemos esa parte de adictos y por eso conectamos tan bien con Emma. Adictos a escapar de nuestras realidades más difíciles de afrontar anestesiándonos con los móviles y el scroll infinito, por ejemplo. Dejamos esas conversaciones incómodas para después, para más tarde. Tan tarde que, al igual que le sucede a la protagonista en la obra, nos hace falta simularlas con ayuda de terceros sin saber cómo los que nos aman van a reaccionar.

El mundo, este caos sin propósito en el que a veces parece que vivimos, es para mí el detonante de cualquier adicción; y aceptar que somos seres vulnerables y que el defecto no está en nosotros, sino en el exterior, es el principio que la obra propone para la recuperación. El quererse a uno mismo de nuevo, aunque sea muy difícil. Irene Escolar explicaba hace tan solo unos días en la cadena SER (en el espacio La Ventana) que las dependencias las sufrimos todos, y que cada uno trata de llenar sus carencias de maneras muy distintas, y añadió que ha aprendido que la adicción es solo el síntoma. Pero ¿Cómo de complicado es salvarle la vida a alguien que esconde su verdad, a pesar de saber que está enferma?

Las múltiples caras que presenta el personaje de Emma hacen que, como espectadores, tampoco sepamos en muchas ocasiones quién es de verdad. Es muy interesante ver cómo el trabajo del elenco actúa a favor de derrumbar esas máscaras, esas caras ocultas. Especial mención al trabajo de Sonia Almarcha, que interpreta tres personajes fundamentales a lo largo de la obra (la doctora, la facilitadora dentro del grupo de adictos y la madre de Emma), y que corona el final de la obra con una escena con la que creo que todo el mundo pudo sentirse identificado. En una casa que parece caérsenos encima, donde nos engullen los recuerdos de esas conversaciones con los padres. De lo que esperamos y lo que en realidad somos.

Cada puesta en escena es una especie de salto de fe, tan delicado y lleno de posibilidades y componentes que resulta difícil hallar la representación de ese espacio. Y en este caso concreto, donde la obra mezcla el lugar de la alucinación con la realidad fría de una clínica, el equipo opta por un escenario sin aforar donde el propio centro de recuperación es un teatro en sí mismo para dar protagonismo al movimiento. Con una única señal de salida que permanece presente durante toda la obra, la chácena forma parte del acceso de los actores, y es espacio vacío a la vez que portavoz de alucinaciones y raves frenéticas. Yo tampoco me perdería la invitación antes de caer en el intermedio. Solo cuando llega el final, sucede un cambio notable gracias a las gamas cromáticas y la iluminación utilizadas.

Pensé que podía ser útil sondear la posibilidad de que esta obra fuese adecuada para jóvenes espectadores, y definitivamente creo que, a pesar de su dureza, el texto es un retrato de nuestra sociedad actual y de un problema grave sobre el que hay que hablar y concienciar que, además, afecta cada vez más a los jóvenes; de modo que la recomendaría a partir de los dieciséis años.

El otro día leí, justo en Instagram, que unos científicos australianos se habían puesto a investigar los motivos por los cuales tenemos a la juventud más triste y deprimida de la historia, y una de las causas a las que apuntaban era precisamente la falta de hacer en comunidad. De hablar, de compartir, de mirarse en el otro… Quizá esa fiebre de mirarnos el ombligo acabe por hacernos extinguir, quién sabe. Lo único que sé con certeza es que el teatro nos hará sobrevivir hasta que eso ocurra.

Por Almudena Pimentel Serra

FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA

Vista el 14 de diciembre de 2025 en el Teatro Español

 

Dirección y adaptación: Pablo Messiez

Dramaturgia: Duncan Mcmillan

Reparto (por orden de aparición): Irene Escolar, Javier Ballesteros, Tomás del Estal, Brays Efe, Sonia Almarcha, Claudia Faci, Daniel Jumillas, Mónica Acevedo, Blanca Javaloy, Manuel Egozkue, Josefina Gorostiza

Iluminación: Carlos Marquerie

Espacio sonoro y música original: Óscar G. Villegas

Vestuario: Silvia Delegneau

Escenografía: Max Glaenzel

Movimiento escénico: Josefina Gorostiza

Producción: Mogambo y Teatro Español

Duración: 140 minutos con pausa

 

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