Por Coral Gil

Se levanta el telón. No, perdón, quería decir: se levanta la tapa. Sí, la del piano. Y lo bueno de que se abra un piano es que dentro no solo hay cuerdas y martillos, sino todo un universo dispuesto a salir y expandirse. Y en Operetta, ese universo se desborda en forma de voces, cuerpos, humor y música que nos arrastra desde el primer instante a un juego escénico tan virtuoso como delirante. Porque sí, hay espectáculos que te hacen reír, otros que te emocionan, algunos que, incluso, te sorprenden. Y luego está Operetta, que hace todo eso a la vez y además te deja con la boca abierta, el corazón contento y la sensación de haber asistido a algo verdaderamente especial.

Y así, cual caja de música mágica, del piano emergen los personajes, las escenas, los conflictos, los brindis, las carreras, los gestos y las carcajadas, muchas carcajadas. Todo sale de ahí. Y todo volverá a entrar con una redondez impecable. Porque Operetta es también eso: el espectáculo dentro del espectáculo, el arte que se pliega y despliega como una partitura viva, que respira, se transforma y nos recuerda que la música no solo se escucha, también se ve, se siente, se interpreta y se celebra.

Ayer, en La Sala Roja de los Teatros del Canal, nos encontramos con un coro. Pero no uno cualquiera. Un coro que canta sin instrumentos, que interpreta sin palabras, hace comedia sin chistes y convierte la ópera en un divertido juego escénico. Operetta es una joya de precisión vocal, humor gestual y ritmo escénico que nos tuvo a todos, grandes y pequeños, absolutamente fascinados desde el primer minuto, ese donde ya te arrancan la primera carcajada.

La propuesta de Jordi Purtí y Cor de Teatre es tan original que me cuesta describirla sin quedarme corta. Imaginad a catorce cantantes que se mueven como actores de cine mudo, que se transforman en personajes cómicos, se pelean, se enamoran, se persiguen, se caen, se levantan… todo mientras, milagrosamente y sin titubear, cantan a capella fragmentos de óperas clásicas con una calidad vocal que podría llenar cualquier auditorio… y cualquier corazón. Y todo esto sin perder ni un ápice de comicidad, ni de emoción, ni de belleza.

La puesta en escena es sencilla, ingeniosa y muy contemporánea, alejándose del clasicismo escénico propio de las representaciones de Ópera. Unos pocos elementos, unos baúles que lo mismo se convierten en patio de butacas que en mesas de gala, unos paneles inquietos que estructuran y enmarcan los momentos dando unidad a las escenas, unas luces bien dirigidas… y ya está. Porque aquí lo importante son ellos: sus voces, sus cuerpos, sus miradas cómplices y su capacidad para crear escenas hilarantes y conmovedoras gracias a un gran trabajo físico y gestual y unas notas bien ejecutadas en unos arreglos vocales sorprendentes y originales.

 

La dramaturgia y el trabajo de dirección es simplemente brillante, se nota que detrás hay una labor de orfebrería escénica que convierte cada número en una pequeña obra maestra.

Y qué decir del repertorio. Mozart, Verdi, Rossini, Bizet… todos ellos desfilan por el escenario en versiones que respetan la música pero la reinventan escénicamente. Los niños se ríen con las persecuciones, los adultos con los guiños operísticos, y todos con la sincronía perfecta entre lo vocal y lo teatral. Es como si Chaplin se hubiera colado en el coro del Liceu y hubiera decidido montar una fiesta con El Brindis de la Traviatta como banda sonora. ¡Qué momentazo ese! Una locura escénica que estalla en ritmo, en gestos, en voces que se entrecruzan y se elevan como copas en alto. Imposible no contagiarse de esa energía y de esa alegría desbordante que convierte la ópera en fiesta, en celebración compartida. O aquel en el que una carrera en bicicleta que se convierte en coreografía coral, en juego físico y vocal, en una metáfora del esfuerzo y la coordinación. Pero quizá uno de mis momentos favoritos surge cuando los artistas dispuestos en una doble fila ejecutan una escena hipnótica apareciendo y desapareciendo tras los paneles al ritmo de un fantástico trabajo vocal polifónico, como si fueran una sola voz, un cuerpo único, un resorte escénico bien engranado como un reloj de precisión. Es una imagen sencilla y poderosa, tan precisa como poética que recuerda a notas musicales recorriendo un pentagrama animado o a las barras móviles de un vúmetro digital. Y ahí, en ese vaivén, sentimos que la música también se mueve, que el canto también tiene cuerpo y que la escena también respira.

 

Porque sí, al final, todo vuelve al piano. Los personajes, las voces, los gestos, las risas… hasta la luz. Todo regresa a esa caja mágica que se cierra como si nada hubiera pasado. Pero claro que ha pasado. Ha pasado un espectáculo. Nada menos. Ha pasado Operetta. Y nosotros, espectadores grandes y pequeños, nos quedamos con la sensación de que algo muy especial ha salido de ese piano… y se ha quedado con nosotros.

Operetta es un espectáculo que demuestra que la ópera puede ser divertida, accesible, emocionante y profundamente humana. Que el canto coral puede ser teatro. Que el humor puede ser arte. Y que los niños pueden disfrutar de la música clásica si se les presenta con inteligencia, con cariño y con talento.

Tengo que decir que mi pequeña espectadora de 11 años, lleva dos días pidiendo escuchar algunas de las piezas y reviviendo algunos de los sketches más simpáticos que vimos. “Mamá, yo pensaba que la ópera era siempre algo muy serio y un poco aburrido… ¡y resulta que hasta puede ser una fiesta con persecuciones, carreras y muchas risas!”

Gracias, Jordi Purtí. Gracias, Cor de Teatre. Por sorprendernos, hacernos reír, y enseñarnos que la ópera también puede ser juego. Gracias también por regalarnos un espectáculo que, como su nombre indica, es pura operetta… pero también puro talento.

Por Coral Gil

FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA

Vista en La Sala Roja de los Teatros del Canal el 23 de octubre de 2025.

Intérpretes:

COR DE TEATRE
Sopranos: Sara Costa, Mariona Ginès y Martina Majó
Mezzosopranos: Sara Gómez y Natàlia Menció
Contraltos: Nataliya Nesterchuk, Laura Pla y Llum Pérez
Tenores: Jordi Forcadell, Eduard Mas y Nasi Marco
Bajos: Aleix Fernández, Enric López y Joan Rigat

Autoría y dirección escénica: Jordi Purtí
Dirección musical: David Costa
Música: V. Bellini, G. Bizet, W. A. Mozart, J. Offenbach, G. Rossini, C. Saint-Saëns, G. Verdi y R. Wagner
Arreglos musicales: Pere-Mateu Xiberta y Esteve Palet Mir
Escenografía: Xavier Erra
Vestuario: Marta Rafa
Coordinación de vestuario: Alba Paituví
Iluminación: Luis Martí
Técnico de luces: Antoni Pujol
Técnico de sonido y coordinación técnica: Joan-Carles Ros

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