Por Sara Barquilla Guerrero

En torno al día de la Hispanidad se programa en la Comunidad de Madrid, por quinto año consecutivo, una gran variedad de actividades culturales de distintas disciplinas, como teatro, danza, conferencias, exposiciones, etc. Este 2025 el país invitado es Argentina y nosotras tenemos la suerte de elegir un espectáculo procedente del Teatro San Martín, que consigue que el cansancio acumulado de toda la semana desaparezca en cuanto la escena se pone en marcha.

Medida por medida (La culpa es tuya) es una obra de Shakespeare dirigida por Gabriel Chamé Buendía y protagonizada por Matías Bassi, Elvira Gómez, Nicolás Gentile, Agustín Soler, Marilyn Petito. Y aquí es donde tenemos que hacer no un punto y aparte, sino dos puntos, para destacar el trabajo llevado a escena por esta compañía teatral que logra, durante dos horas, que el público se desternille, se asombre, se incomode y asienta ante los monólogos y diálogos representados.

La obra del bardo inglés contiene todos los ingredientes del teatro de su época: poderosos que abusan del poder, hombres que no cumplen con su palabra, mujeres en peligro de ser deshonradas, gobernantes que rectifican su modo de actuar, mujeres que toman el mando de la situación, bodas para compensar los errores y amores desaforados que no siempre son correspondidos. El teatro de los siglos XVI y XVII se maneja en ese tipo de tópicos temáticos. Por su parte, el acierto de la compañía argentina se basa en convertir una obra isabelina en un espectáculo de humor loco que entra y sale de las palabras de Shakespeare, sin perderlas de vista, pero jugando absolutamente con cada pie ofrecido por el texto.

La genialidad del espectáculo está innegablemente ligada a la insuperable vis cómica de los actores y actrices. La gestualidad, los movimientos corporales, las voces, los ruidos, los gritos. Todo en su puesta en escena consigue desencadenar las carcajadas. No se trata de un humor gratuito ni facilón, sino de la habilidad para transformar en divertida una situación que más se acerca a la seriedad, pues los ejes temáticos antes señalados nada tienen de humorísticos. Además, es una destreza bien compleja lograr que el público ría (y no solo sonría) con esas situaciones que en nuestra vida diaria nos generan rabia e impotencia.

Los personajes shakespeareanos pasan a ser grotescos, ridículos, hiperbólicos. A veces están al límite de la psicosis por la sobresaturación de emociones. ¿Pero no es más loco querer abusar de una mujer? ¿No es menos digno aprovecharse de la autoridad para ejercer abusos y practicar la injusticia? El público se ríe de los excesos de unos personajes que son presa fácil de la situación desbordada, pero también se queda mudo cuando la tesitura deja de ser divertida. ¿Entonces qué ocurre con ciertos abusos? ¿Dejan de parecernos tan graciosos? Es entonces cuando nos damos cuenta de que la realidad, aunque distorsionada, no deja de serlo.

A pesar de la contundente presencia de los actores, la escenografía cuenta con otros elementos no menos humorísticos. En primer lugar, hay cinco estructuras cubiertas por unas telas aterciopeladas rojas y azules que sirven para tapar y crear espacio. Las mueven los propios actores durante la escena y, en muchos momentos, son motivo de risa por cómo se deslizan por el escenario, porque a su paso dejan muebles y personajes que antes no estaban, porque vibran como si estuvieran vivas. Además, sin las telas, sirven como jaulas y cárceles y de nuevo, a pesar de ser espacios de opresión, se convierten en hilarantes encuentros escénicos. Otro elemento a resaltar es el uso de la magia que, además de referirse a esos ases que se sacan de la manga los agentes que se sitúan en los gobiernos, crean momentos de fascinación visual. El último recurso sería el vídeo en directo, que obliga al espectador a multiplicar su atención, a distribuir su mirada en distintos lugares, pero que también alude a nuestra actual sociedad del espectáculo, a ese foco directo que elimina la perspectiva y obliga a buscar en los márgenes.

Medida por medida, ya que reflexiona sobre la gestión política, la implicación de los ciudadanos en las decisiones de los gobiernos y el abuso de poder, hace partícipe al público de su espectáculo, mencionándole directamente o traspasando no ya la cuarta pared, sino entrando en el patio de butacas e interactuando directamente con los espectadores. Se pide al público que aplauda o cante, o este lo hace directamente cuando ya se ha sentido parte de este “teatro participativo”, que no lo quería ser, pero que lo está siendo.

Es una obra muy interesante para el pequeño espectador por esa combinación tan lograda entre el texto de Shakespeare, cuyo vocabulario y conceptos flotan en escena con autoridad, y la puesta en escena tan chistosa de las escenas creadas por el dramaturgo inglés. A la fusión de esos planos, el texto isabelino y el humor del siglo XXI, se le añade otra capa, la metateatral, pues los personajes pasan a ser actores y opinan sobre la obra que están representando. No es fácil hacer reír y tampoco lograr que los clásicos sigan perviviendo con un lenguaje comprendido por todas y todos.

Por Sara Barquilla Guerrero

FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA

Vista el viernes 10 de octubre de 2025 en los Teatros del Canal (Madrid)

Adaptación, traducción y dirección: Gabriel Chamé Buendía.
Interpretación: Matías Bassi, Elvira Gómez, Nicolás Gentile, Agustín Soler, Marilyn Petito.

Autor: William Shakespeare.
Diseño de iluminación y escenografía: Jorge Pastorino.
Diseño sonoro: Sebastián Furman, Gabriel Chamé Buendía.
Diseño de vestuario: Cecilia Allassia.

Distribución internacional: T4 // Maxime Seugé & Jonathan Zak.
Stage manager: Emmanuel Alassia.
Producción ejecutiva: Juan Gabriel Yacar.
Producción administrativa: Micaela Fariña.
Comunicación institucional y redes sociales: Juan Gabriel Yacar.
Asistencia artística y asistencia de producción: Lorena Booth.

Fotografía: Carlos Furman (Ctba).
Diseño Gráfico: Alejandro Barba y Patricio Vegezzi.
Producción: Buendia Theatre.

 

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