Por Sara Barquilla Guerrero

Cierra los ojos y prepárate para hacer un viaje en el tiempo. Nos vamos directitas a un corral del Siglo de Oro para ver una comedia con toda su parafernalia, esto es, con su loa, su entremés y su jácara entre actos y, por supuesto, el baile final. Y como tendremos tiempo entre una y otra representación, podremos tomarnos algo en la alojería, el “bareto” que había en los corrales, donde se podía encontrar la mítica aloja, bebida no alcohólica compuesta de agua, miel, limón y varias especias. ¿Has cerrado ya los ojos? Espera, que se me ha olvidado un detalle de cierta importancia: viajamos con la Joven Compañía de Teatro Clásico, especialista en equilibrismo entre el decoro áureo y la vuelta de tuerca del siglo XXI. Todo es posible, así que agárrate fuerte y prepárate para disfrutar.

La alojería es una obra repleta de agravios, honores y gente infelice, planteada evidentemente en verso y aderezada con retruécanos, antítesis y paralelismos. Es un texto creado por y para la Joven Compañía de Teatro Clásico, dirigida por Cristina Marín-Miró, que recupera textos del Siglo de Oro como los de María de Zayas y Sotomayor, Santa Teresa de Jesús o Francisco de Quevedo, entre otros. Se plantea una estructura similar a las que se disfrutarían en los corrales del XVII pero, como nos recuerda el emisor de la loa, estamos en el Teatro de la Comedia del siglo XXI, así que no todo va a ser tan áureo como sería en aquel entonces. Se podría decir que no hemos viajado al Siglo de Oro, sino que este se ha instalado en pleno 2025 y se ha adaptado a su público: el pequeño espectador ha de comprender este tipo de teatro, sentirlo cercano, establecer una relación entre su mundo y aquel de cuatro siglos atrás. Desafortunadamente, no había público joven en nuestro pase y no pudimos comprobar el éxito de la propuesta, pero sí quedó en evidencia lo que ocurre cuando el público adulto acude a un espectáculo dirigido a gente más joven: las mayores hemos perdido la frescura y la espontaneidad, nos cuesta interactuar con el elenco. Seguro que en los pases escolares el patio de butacas brilla con más fuerza.

La trama presenta un tópico de la época: el amor no correspondido. La dama no cae rendida a los pies del galán y este sufre con el desdén femenino con tal intensidad que parece morir de amor. Eso no sucederá porque, como bien le enseñan, de amor no muere nadie, pero hay un motivo más importante aún: sus amigos le acompañarán en este terrible trance del que saldrá indemne. Este es el gran tema de la obra: el poder de la amistad, la importancia de esa compañía de vida que son los y las amigas. No obstante, la ocasión permite hace hincapié en un tema no menos fundamental: solo sí es sí. Cuando una de las dos partes no quiere una relación, no se puede obligar. El amor puede no surgir y la aceptación de la negativa también es un aprendizaje para toda la vida. Y de nuevo, qué bien que los y las amigas nos acompañen y nos ayuden a superarlo.

La actualización de la obra se hace con el vestuario (divertidísimos los mil colores de los trajes de las chicas), la introducción de bailes contemporáneos en mitad de los parlamentos o la gestualidad más propia de youtubers que de galanes y damas áureos. Otro recurso es el juego con el texto, como la proyección escrita de las conversaciones que cuestionan además no ser pronunciadas. Para los apartes, se enfoca al personaje en cuestión mientras que el resto se congela. También se establece un diálogo con el propio trabajo actoral, proyectando imágenes de los ensayos de las mismas escenas que se representan; esto posiblemente genere mucho interés en el pequeño espectador, que ve el “cómo se hizo”, tan de moda en las realizaciones cinematográficas.

El sonido también juega un papel fundamental con la introducción de voz en off, sonido de latidos o la propia música. Esta también se hace en directo, en el entremés, que aprovecha la ocasión para romper la cuarta pared, interactuar con el público y crear improvisadas décimas con las respuestas dadas. Seguramente esta parte sea muy exitosa entre los y las adolescentes, que se convierten en protagonistas al ser interpelados por los actores y actrices.

Como hemos señalado antes, no podemos ir a un corral de comedias sin hacer una paradita en la alojería. Esta escena es fascinante y divertidísima. De nuevo se rompe la cuarta pared, pero sobre todo está muy bien integrada con la trama: el grupo de amigos y amigas acompañan al galán de corazón roto buscando a alguien que le ponga un parche. La alojera, cual oráculo juvenil, se transforma en diva que canta los secretos de la vida. Hemos llegado al baile final: amor, desamor, desenfreno y reconciliación. Parejas bailan representando esta marabunta emocional que es el amor, mientras la diva se pasea entre ellos y ellas. Curiosamente es tal el dinamismo de la puesta en escena que la loa inicial queda alejada en el tiempo, así como el acto primero, en el que el grupo de chicos y de chicas, cada uno por su lado, trataba los temas de amor y desamor consiguiendo que el verso fuera prácticamente anecdótico. Esa sensación de miscelánea es la misma que podría percibir el público del corral de comedias, además de haber disfrutado de un espectáculo completo.

La alojería es un espectáculo atrevido pero absolutamente acertado. La loa inicial se gana el favor del público así como el primer acto engancha en la trama principal; luego el entremés entretiene lo suficiente para regresar a la historia y llevarnos de la mano con las disquisiciones emocionales de los y las protagonistas. El baile final es un encuentro con los actores, los que hacen posible que esa ficción sea real y nosotras podamos disfrutar de ello. Gracias por vuestro trabajo, por acercar los clásicos a TODXS.

                                                                                                  Por Sara Barquilla Guerrero

DATOS:

Vista el 16 de mayo de 2025 en el Teatro de la Comedia (Madrid).

 

Elenco: Iñigo Arricibita, Xavi Caudevilla, Cristina García, Ania Hernández, Antonio Hernández Fimia, Pascual Laborda, Cristina Marín-Miró, Felipe Muñoz, Miriam Queba, María Rasco, Marc Servera.

Dirección: Cristina Marín-Miró

Dramaturgia: JCNTC a partir de textos de Agustín Moreto, María de Zayas, Lope de Vega, entre otros.

Escenografía: Berta Navas.

Iluminación: Pau Duvide.

Vestuario: Laura Cosar.

Composición musical y Diseño de sonido: Kevin Dornan.

Videoescena: Alba Trapero.

Coreografía y movimiento: Esther Berzal.

Asesoría de verso: José Luis Verguizas.

Ayudante de dirección: Sergio Boyarizo.

Cantante en off: Nora Hernández.

Composición de la canción del entremés: JCNTC.

*Proyecto tutorizado por: Julián Fuentes-Reta.

Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico.

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