Sara Barquilla Guerrero

Cuenta una versión posterior a Homero que Tetis, queriendo proteger a su hijo Aquiles del oraćulo que anunciaba su muerte en batalla, lo escondió en una cueva hasta que transcurriera el tiempo necesario para que prescribiera el vaticinio. Pero sucedió, por supuesto, para eso es un oráculo. Aquiles estaba destinado a luchar por y junto a los guerreros griegos frente a Troya; su ayuda no solo era importante, sino imprescindible, condición sine qua non para el triunfo. Eso sí, con una ligera objeción, no tanto para Tetis: la muerte en batalla de Aquiles. En esta tradición mitológica se inscribe El monstruo de los jardines, obra de la etapa final de Calderón de la Barca, dirigida entonces a la corte y hoy, mayo de 2024, a un público heterogéneo en el CNTC.

La puesta en escena que hace la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico logra un curioso equilibrio en la representación de una obra barroca, con sus elementos más representativos, junto a la actualización de los temas principales: el amor y la guerra. Dos clásicos, como la propia obra en sí.

Como buena comedia calderoniana, la trama plantea una historia de amor doble y entrecruzada. La dama es Deidamia, hija del rey, prometida con Lidoro contra su voluntad; de ella se enamora Aquiles perdidamente, tanto como para poner en riesgo su integridad en el caso de ser descubierto. Siguiendo el gusto barroco por el equívoco y los dobles significados, ambos galanes no son lo que parecen. Lidoro ha naufragado y ha llegado a la isla desposeído y harapiento. Decide no descubrir su verdadera identidad hasta que lleguen las joyas de su padre y pueda mostrarse como el príncipe que es y no como el desarrapado que parece. Por su parte, Aquiles, el gran Aquiles, héroe griego por antonomasia, empieza la obra señalado como personaje monstruoso, dado que se hallaba escondido en una cueva. En su segunda salida, para poder estar cerca de su amor, aparece disfrazado de Astrea, una prima que supuestamente había naufragado, así que es acogida inmediatamente por Deidamia. Este juego de contrastes de dos enamorados, que no muestran su verdadera identidad pero que compiten entre sí para acercarse a la princesa, genera situaciones muy divertidas, pues el público es sabedor de algo que provoca extrañeza en los demás personajes. Otro elemento destacable del teatro áureo, y que refuerza el sentido cómico de la obra, es el personaje del donaire, que es Libio, el criado de Lidoro, representado con mucha gracia por Xavi Caudevilla. El donaire no pierde ocasión para mostrar su prudencia o cobardía, dependiendo de la situación, así como su preferencia por la buena vida y el rechazo a las acciones honorables.

Siguiendo con los detalles barrocos, estas comedias avanzando el siglo XVII buscaban el artificio y la grandiosidad de la puesta en escena. Y esta versión le hace verdadera justicia. Se aprovecha el deus ex machina constantemente, con Tetis apareciendo en el patio de butacas o en los palcos cada vez que quiere comunicar con su hijo. Por otro lado, el escenario contiene en el centro una banda giratoria que permite aparecer personajes, objetos, sillas, tronos o lo que sea que la trama requiera; y hacerlos desaparecer de la misma manera, gira que te gira. El efecto cómico es enorme, sobre todo cuando lo que aparece girando no corresponde con el contexto, como la banda de mariachis. También se utilizan trampillas, como en el siglo de Oro, por la que entra y sale Aquiles cuando se halla en la cueva. Por último, los efectos de luz y sonido son impresionantes. Desde las luces estroboscópicas, hasta el sonido de la tempestad, pasando por la psicodelia que anuncia la aparición de la deidad. Un capítulo aparte merece la música, que tiene un papel fundamental para la trama, sobre todo en dos momentos. Uno, cuando Aquiles oye un canto de voces femeninas y necesita salir al exterior, atraído por la belleza de lo que escucha. Y el otro, el contraste entre la música que identifica el amor (los mariachis cantando una amorosa ranchera) con aquella que representa la guerra (artificio instrumental preparado por Ulises el astuto para identificar al héroe escondido). Aquiles se debate entre ambas de forma muy cómica, pero también muy trágica, pues la fuerza del amor no es capaz de derrotar a sus instintos guerreros.

Frente a todo este tinglado barroco nos encontramos todo aquello que actualiza la obra de Calderón. Ulises y sus guerreros son militares, con sus uniformes y sus armas de fuego; el planteamiento de la guerra de Troya nada tiene que ver con la épica expedición de los aqueos que narraba Homero, sino con una operación militar a base de walkie-talkies, helicópteros y saludos marciales. La propia Tetis, en vez de nereida, aparenta ser una gran diosa con su regio vestido y su porte solemne, marcando el contraste entre el mundo de los humanos y el de las deidades mitológicas. Sin embargo, los dioses también pueden ser mundanos, como en la escena de la transformación de Aquiles en Astrea, gracias a las ninfas: un coro de estilistas años 20 que resultan muy divertidas. De nuevo la presencia de la música para amenizar, como banda sonora de la vida de Aquiles, que realmente comienza gracias a esos acordes que le hacen salir y descubrir el mundo. Este momento es de gran belleza, no solo a nivel textual, pues Calderón repara en todos los elementos naturales desconocidos para el joven, como el cielo o las flores, sino además por la expresividad del propio Aquiles, encarnado por Pascual Laborda, que transmite esa sensibilidad del joven que, sin embargo, es tildado de monstruo.

No había pequeños espectadores en la sala aunque podemos afirmar que es una obra muy accesible y, sobre todo, dinámica y divertida. La puesta en escena tan llamativa, el elenco abundante y los efectos permiten equipararla con cualquier producto cinematográfico actual, salvando las distancias y valorando la mayor complejidad textual y el esfuerzo físico/mental de los actores. Además, los jóvenes estudiantes encontrarán rápido el paralelismo entre Aquiles y Segismundo, ambos encerrados por causa de una predicción, ambos señalados como monstruos y ambos capaces de demostrar su capacidad reflexiva. Por último, los temas de la comedia son universales. El amor, ¿puede ser obligado? La guerra, ¿podemos detenerla? En definitiva, ¿qué instintos subyacen en el ser humano?

Sara Barquilla Guerrero

 

Vista el jueves 9 de mayo de 2024 en CNTC (Madrid).

REPARTO

Iñigo Arricibita: Rey

Xavi Caudevilla: Libio
Cristina García: Sirene/ninfa/músico
Ania Hernández: Deidamia
Nora Hernández: Cintia/ninfa/músico
Antonio Hernández Fimia: Danteo
Pascual Laborda: Aquiles

Cristina Marín- Miró: Fileo/ninfa/músico
Felipe Muñoz: Lidoro
Miriam Queba: Tetis
María Rasco: Celia/músico/ninfa
Marc Servera: Ulises

EQUIPO TÉCNICO

Escenografía: Mónica Boromello.

Iluminación: Felipe Ramos.

Vestuario: Ikerne Giménez.

Asesor de verso: Vicente Fuentes.

Composición musical y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo.

Ayudante de dirección: Rolando San Martín.

Ayudante de escenografía: María Abad.

Ayudante de iluminación: Edgar Calot.

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