
Por Jesús Eguía Armenteros
En tanto que inmigrantes recién aterrizados en Madrid y aún con el recuerdo de la radical cancelación del Festival Nazionale del Teatro per i Ragazzi de Padova (Italia) en octubre de 2020, tocaba recuperar a nuestros pequeños espectadores tras casi un año sin artes escénicas. De entre todo lo posible en la cartelera madrileña nos lanzamos a algo que mis hijos de 6 y 7 años nunca habían experimentado: un espectáculo de magia. Extraño me resultó el espacio, La Escalera de Jacob, esa pequeña escena que mis canas de generación de los 80 relacionaba con otros lares. ¿Y qué pasó? Pasara lo que pasara, mi mujer y yo nos estuvimos mirando cada dos por tres pensando lo mismo: nuestros hijos no olvidarán esto en toda su vida. ¿Dejo de escribir aquí? Sigo, vale.
Meta-magia. Tomar los clásicos juegos de manos e invertirlos, re-contarlos, deconstruirlos, burlarse de ellos, darlos del revés, cantarlos, callarlos, olvidarlos, perderlos, mezclarlos, confundirlos, soñarlos y todo ello junto a nosotras, con nosotros, entre nosotras y nosotros, pequeños y grandes espectadores que, sin darnos cuenta, acabamos componiendo la escenografía, el reparto, la dramaturgia, los efectos especiales, la música e incluso confesando nuestras aspiraciones y sueños como si todos tuviéramos 6 años más allá de la altura o las canas. ¿No es eso magia?
Sorpresa para los mayores fue la incredulidad sumada al cientificismo de los infantes del s. XXI que a cada truco le buscaban una explicación, una teoría que allí mismo comentaban con el mago, explicaciones incluso más fantasiosas que el truco mismo, como la opción de conductos de electricidad invisibles que transportasen un calabacín debajo de un sombrero, una bola de colores a una mano o una moneda a un ombligo, en continuos diálogos improvisados entre el mago y su público que nos hacían partirnos de risa, de bocas abiertas y, sobre todo, disfrutar cada instante con un ritmo imparable que solo un gran director de orquesta es capaz de lograr.
Magia también fue el que de una pequeña guarida como es la Escalera de Jacob, con apenas unos cuantos focos y un sencillo sistema de audio se pudieran desarrollar infinitos juegos de luz, sonido y color, una atmósfera lúdica tan envolvente como la que de los grandes montajes de Robert Lepage, otro mago, pero… ¡esto era una sala de apenas 20m2 con cuatro focos! “¡Un aplauso a María José!” no pedía de vez en cuando David Vega ante la extraordinaria iluminación y espacio sonoro allí creados.
Sin embargo, es importante contrastar lo aquí descrito con la triste sensación al entrar. Mientras nos sentábamos en esa pequeña sala con 4 sillas simples divididas en 4 escalones y un joven (no tan joven) que jugaba a estar dormido y roncar (y otras cosas) al lado de su guitarra en el suelo, yo pensaba: “Qué pena, qué austero. No. Qué precario. Qué triste hacer espectáculos así”. Lo confieso, eso pensé y ¡qué maravilloso haberlo pensado, sentido, valorado y que fuera real! Era una precariedad objetivamente radical porque precisamente por eso devino aún más impresionante la transformación. ¿Estuvimos en una salita en Lavapiés o sin darnos cuenta aquellos ángeles de la Escalera que vio Jacob nos subieron a lo alto, a un territorio de nubes en el que las risas, el misterio, ¡los sueños! nos envolvían?
Los números comenzaban con preguntas, gritos, peques dudando de que aquello fuera a ocurrir de verdad, creyendo descubrir al mago para acabar con la boca abierta, inundados de ilusión, de alegría, a gritos de “¡impresionante!”, mientras a los mayores nos brillaban los ojos. Sí, la magia existe y David Vega es uno de esos ángeles que a veces descienden y nos ascienden al cielo como vio Jacob.
¿Hay que ir a verlo? Al salir, uno de mis hijos iba tan absorto que se cayó en un escalón, nada grave, para al instante decirnos: “Tenemos que volver al próximo capítulo. ¡Tenemos que ver todos los capítulos! Por favor, mamá, por favor, papá, quiero ver todos los capítulos.” ¿Hay algo más que decir? Quizás sí, solo gracias, gracias David Vega por haber hecho que mis hijos no vayan a olvidar en su vida todos esos trucos que yo también soñé, que en su corazón se haya grabado que la magia es realmente posible y que el teatro es eso, es un sueño inexplicable construido por los ángeles como tú para los que dormimos bajo un árbol del patio de butacas como Jacob.
Por Jesús Eguía Armenteros

DATOS TÉCNICOS:
Vista el 10 de julio de 2021 en La escalera de Jacob (C/Lavapiés, 9)
Lugar: La Escalera de Jacob (Madrid)
Apta para todos los públicos (Nota: allí había hasta un niño de 3 años en el escenario que vibró como el que más)
Hasta cuándo: 29/ago/2021
Género: Magia
Duración: 60 minutos
Idioma: Español
ARTISTA: David Vega
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