Por Sara Barquilla Guerrero

Anton Chéjov estrenó su famosa obra El jardín de los cerezos en 1904. Ya estaba bastante enfermo y murió unos meses después, con solo 44 años. La obra del escritor ruso nos muestra una sociedad en crisis en la que puede entenderse que pocos años después estallase una revolución. La trama hace coincidir un amplio abanico social que demuestra la confusión y la desorientación frente a los objetivos claros de los que vienen para quedarse y, de paso, volar de un plumazo todo aquello que queda obsoleto en los nuevos tiempos que se avecinan.

El jardín de los cerezos narra la vida despreocupada de una familia de aristócratas, ahogada en deudas y absolutamente inconsciente de que va a perder en una subasta la finca que posee. La contemplación de sus cerezos y de los amaneceres, las conversaciones fatuas, los juegos insustanciales y el constante recuerdo de su infancia, esto es, de los tiempos pasados, rellenan el día a día de una clase social sin oficio ni beneficio. A su alrededor, la servidumbre se ha mimetizado con los señores de tal manera que ha olvidado su propio origen: la doncella Duniasha alaba sus manos delicadas y el joven lacayo Yasha imita a los mayores fumando, bebiendo y pavoneándose. Comparten la vida con esta familia otros personajes aún más extravagantes que sirven de entretenimiento por sus rarezas, como la institutriz Sharlotta, con dotes para los trucos de magia y la ventriloquia. El personaje que destaca entre todo este abanico de frivolidad es Lopajin, considerado amigo de la infancia, aunque realmente su padre era siervo de la familia. Su ascenso social le ha llevado a poseer una fortuna importante y ahora se codea con la aristocracia y se permite darle consejos para no perder sus rentas.

La producción del Centro Cultural Fernán Gómez es realmente exquisita aprovechando toda la amplitud del escenario. Se crean varias escenografías para ambientar la gran hacienda de Lubov Andréievna, la protagonista de la historia, mujer carismática y admirada por todos, pero no menos inconsciente que su hermano, que asimila cualquier situación con una jugada de billar. Se utilizan telones translúcidos que sirven para recrear los múltiples espacios de la residencia familiar y un mobiliario representativo de las habitaciones, como el guiñol de la habitación infantil, la mesa y las sillas del comedor y la cama de los dormitorios. Esto permite imaginar la opulencia de esta familia a nivel material, que contrasta con la falta de liquidez. No obstante, sus trajes son ricos y exuberantes. Viven de lo que tienen, pero sobre sus cabezas suena la cuenta atrás que son incapaces de oír. Por ello bailan despreocupados al son de una orquesta que no pueden costearse y así es como reciben la noticia de la venta de su jardín, de su finca, de la propiedad en la que han crecido ellos, sus padres, sus abuelos. La última escenografía se construye a base de esos telones translúcidos blancos, que señalan una vivienda vacía, y un montón de maletas donde guardar recuerdos y trajes.

El centro temático es el jardín de los cerezos que, por cierto, es una huerta de guindos. Esto demuestra las ínfulas en las que vive la familia y su servidumbre. Este jardín se ubicaría en el patio de butacas, así que los personajes miran a menudo al público, que serían los árboles, y aquí se produce una curiosa fusión pues la familia necesita los cerezos como los actores a su público. En estos momentos se ilumina de un forma especial el patio de butacas y se proyectan sombras en las paredes que recuerdan el movimiento de las ramas. Estos instantes tan poéticos de contemplación melancólica casi logran engañar al público, enamorándolo del espléndido jardín. Dura poco la ensoñación, pues enseguida esos ricachones venidos a menos vuelven a mostrar la patita por debajo de la puerta y de nuevo su patetismo se impone a la piedad.

Es una obra con muchos personajes y hay que señalar lo lograda que está la interpretación del texto a pesar de sus más de cien años de vida. Esto es mérito del elenco de actores y actrices, que representa a los personajes con la vanidad esperada: su afectación los convierte en antihéroes melodramáticos. Incluso Lopajin, el nuevo rico, a pesar de su pragmatismo y sus planteamientos lógicos, se retrata en su ambición vengativa. Contrastan los personajes jóvenes con los mayores: la afectación de estos es más acusada y resulta más anticuada, frente a la joven Anya y el estudiante Trofimov. Estos no han disfrutado de esa época dorada y no sienten mayor ligazón hacia ese jardín de recuerdos, por lo que viven ajenos al dramatismo de los mayores y valoran la subasta como una oportunidad de cambio. Por último, uno de los más melindrosos es Firs, el viejo lacayo que se echa las manos a la cabeza recordando el día en que se liberó a la servidumbre. Es viejo y sus modales mantienen la antigua usanza que los nuevos criados ya no repiten. Aun siendo casi una institución en la familia, se olvidan de él cuando echan el cierre a la hacienda que ha sido subastada. Firs se queda solo, olvidado, reflejando esa posible liquidación de un mundo caduco del que nadie se acuerda, ni siquiera aquellos que se alimentaban del recuerdo.

La representación es absolutamente fiel al texto y los personajes reflejan los valores y las formas que se traslucen leyendo la obra. Solo se echa en falta un detalle que se ha obviado en esta versión: la tala de los cerezos al final de la obra. Es muy impactante y simbólico, pero se ha optado por exponer en primer plano el abandono de Firs.

El pequeño espectador puede descubrir qué sucede con los mundos en decadencia, los tiempos de cambio como en el que nos hallamos ahora. No sirve vivir de los recuerdos, sino actuar en el presente para que el futuro sea lo más preferible de cualquier escenario que podamos imaginar.

Por Sara Barquilla Guerrero

FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA

Vista el viernes 13 de marzo de 2026 en el Centro Cultural Fernán Gómez (Madrid).

Autor: Anton Chéjov
Versión: Ignacio García May                
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente

Reparto (por orden alfabético):    
Boris Borisovich Semyonov Pischik: Juanma Cifuentes
Liuba Andreyevna Ranevskaia: Carmen Conesa
Anya: Helena Ezquerro
Ermolai Alekseyevich Lopajin: Chema León
Yasha: Manuel Maciá
Caminante / mendigante: Borja Maestre
Carlota Ivanovna: Cristina Marcos
Leonid Andreyevich Gaev: Markos Marín
Dunyasha: Noelia Marló
Firs: Chema de Miguel
Semion Panteleyevich Epijodov: José Gonçalo Pais
Varya (Varvara): Marta Poveda
Piotr Sergueyevich Trofimov: Jesús Torres
Coro de mendicantes: Maribel Cuadra, Pablo Méndez Lobo, Sonia Molina Leivinson, Elena Jerez, Marta Alonso, Jorge Tasende y Abel Ferris            

Diseño de escenografía: Juan Carlos Pérez de la Fuente e Isi Ponce
Dirección de vestuario y figurines: Rosa García Andujar
Diseño de iluminación: José Manuel Guerra
Espacio sonoro: Ignacio García
Diseño y realización de maquillaje: La kasa del Maquillaje
Coreografía y dirección de movimiento: Guillermo Weickert
Dirseño de videoescena: Violeta Nêmec
Ayte. de dirección: Abel Ferris
Ayte. de vestuario: Rocío León
Ayte. espacio sonoro: Gabriela Zaldívar
Asesor de magia: Alejandro García May
Asesor de guitarra: Nacho Vera
Diseño y aportación del calzado femenino: defloresyfloreros

Agradecimientos a la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) 
Una producción del teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa en colaboración con Octubre Producciones S.L.

 

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