Por Sara Barquilla Guerrero
Revisitamos la famosa Casa de muñecas de Henrik Ibsen (1879), que narra el drama de Nora Helmer, una mujer felizmente casada y madre de tres hijos, que vive con gran emoción el éxito laboral de su marido, Torvaldo, recién ascendido a director de banco. Su vida rebosa felicidad o eso quiere pensar ella, que todo va sobre ruedas y hacia delante. Sin embargo, Nora esconde un secreto que no solo la atormenta sino que, de llegar a conocimiento de su marido, puede hacer tambalear los cimientos sobre los que se asienta el hogar que con tanto afán ha construido.

Eduardo Galán realiza esta versión que se representa en el Teatro Fernán Gómez bajo la dirección de Lautaro Perotti. Se mantiene en líneas generales la creación de Ibsen, pero se incorporan una serie de elementos que actualizan la trama, como es el uso de teléfonos móviles. Esto supone que Nora no esté pendiente del buzón de cartas, sino del Whatsapp del móvil de su marido. También se moderniza el motivo de conflicto para que pueda ser entendido como tal: hoy en día pedir un préstamo no sería motivo de indecencia, pero sí llevar a cabo una estafa inmobiliaria. Las demás actualizaciones son poco representativas porque el objetivo esencial lo plantea Ibsen y sigue siendo legítimo en el siglo XXI: las mujeres deben plantarse ante las convenciones sociales que las obligan a llevar determinadas vidas. Evidentemente, la Nora de Ibsen es una mujer del siglo XIX que aguanta según las expectativas y con un cuestionamiento de su situación casi in extremis; de ahí que el guion haya alterado algunas conversaciones de pareja que hoy en día serían impensables.

El gran drama de Nora es que su entorno, fundamentalmente su padre y luego su marido, la han infantilizado, la han tratado como una muñeca con la que se pueden divertir pero no tomar demasiado en serio. La adaptación rebaja el texto de Ibsen y nos presenta una Nora muy dependiente de su marido, de las presiones sociales y, sobre todo atemorizada. Es una mujer que sufre extorsión y carece de una red de apoyo que la salve de esta situación desesperada. No tiene amigas, a excepción de Cristina Linde, amiga de la infancia que aparece de casualidad y casi más por interés que por afecto. En cuanto a su pareja, es tal la relación que no solo no puede confiarle la gran angustia que siente, es que teme su reacción si se entera del asunto, porque sabe que la va a repudiar. En definitiva, es una mujer sola, con una vida construida en torno a su marido y sus hijos, que ella cree que le dan la felicidad, hasta que resuelve que no es así. El drama de la protagonista termina con un descubrimiento que es absolutamente liberador, aunque en el siglo XIX se viera como un planteamiento escandaloso. Hoy, esa marcha de Nora de la casa familiar es la consecuencia necesaria: Nora necesita recuperarse a sí misma, ser ella misma, explorar su vida, disfrutarse. No es un drama sino un éxito.

Los personajes de Ibsen se mantienen con bastante fidelidad en la adaptación de Galán. Se prescinde de las criadas, la cuidadora y los niños, y la obra se centra en las relaciones entre los cinco principales: la relación matrimonial de Nora y Torvaldo; Óscar Krogstad, quien tiene la llave de las atribulaciones de la protagonista y cumple con el rol de personaje conflictivo, que rompe la armonía y genera inquietud; por último, el doctor Rank y Cristina Linde son personajes secundarios pero portadores de sus propios dramas, que enlazan con los otros personajes, pues Linde ya conocía a Óscar y, el doctor Rank, íntimo de Torvaldo, está enamorado de Nora.
El espacio dramático de la obra es la casa de los Helmer. La puesta en escena ha apostado por un hogar deconstruido, esto es, en trocitos. Cuatro decorados móviles representan el vestíbulo, el dormitorio matrimonial, el cuarto infantil, el salón y el baño. Estas estructuras poseen ruedas, así que el elenco de actores van moviéndolas para dejar en primer plano, bajo el foco, aquella habitación donde se desarrolla la escena. Ese cambio constante de decorado es muy dinámico y, al moverse detrás de los personajes, estos no cambian de habitación, sino que es la habitación la que llega a ellos. Este efecto es muy curioso y hace que pensemos en las casas de muñecas, con esos espacios pequeñitos a los que no les falta detalle, en los que vamos ubicando las figuras aquí y allá según avanza el juego.

El pequeño espectador no estaba presente en la sala pero sí recomendamos su visita a la representación. Se trata de un clásico de la literatura que, además, no ha perdido vigencia: ¿cuántas mujeres son las responsables de los cuidados, y a veces únicas sostenedoras de los mismos, y su papel en el hogar es indispensable? Por otro lado, el nudo conflictivo sigue igualmente vivo: ¿hasta qué punto mantenemos engaños por evitar un cambio de ruta no deseado? Por último, esta obra de Ibsen, que atrapa desde el primer momento, es teatro en el sentido más esencial: el diálogo es el centro de la representación, así que las palabras de unos y otras son las verdaderas protagonistas, así como los sentimientos que las hacen nacer o esconderse.
Por Sara Barquilla Guerrero
DATOS:
Vista el domingo 1 de junio de 2025 en el Teatro Fernán Gómez.
Elenco:
María León es Nora Helmer.
Santi Marín es Osvaldo Helmer.
Patxi Freytez es Oscar.
Pepa Gracia es Cristina Linde.
Alejandro Bruni es Doctor Rank.
Ficha artística:
Autor: Henrik Ibsen.
Adaptador: Eduardo Galán.
Director: Lautaro Perotti.
Diseño de escenografía y vestuario: Lua Quiroga.
Diseño de iluminación: Luis García.
Música original y espacio sonoro: Manu Solís.
Ayudante de dirección: Juan Diego Vela.
Diseño gráfico: Hawork Studio (Alberto Valle, Raquel Lobo y Sara Ruiz).
Fotografía de estudio: Juan Carlos Arévalo.
Peluquería y maquillaje: Roberto Palacios.
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