Por Juan Sánchez Gómez

Todos recordamos nuestra primera clase de educación sexual o sexología en el instituto. Ese tipo o tipa con pinta de viejoven que llega, da cuatro pinceladas sobre ETS y embarazos, reparte plátanos y preservativos, y se va con la idea de que ha dado una magnífica clase mientras los condones vuelan inflados por el aula como globos de feria. Pero, ¿de verdad ha sido útil esa lección? En las que yo recibí, no hace demasiado tiempo, no se sacaron a la palestra cuestiones que ya estaban en el aire, como la identidad de género, la responsabilidad afectiva o el consumo de pornografía a una edad temprana; tampoco se planteó en ningún momento si alguno de sus oyentes se salía de la cisheteronormatividad o se nos definió el palabro en cuestión. Curso tras curso, la misma clase, cortada por un mismo patrón. Ojalá el presupuesto de esos talleres se hubiera invertido en llevarnos de excursión a espectáculos como Golfa, en el que su autor y director, José Padilla, intenta dar respuesta a estas inquietudes con un pulso absolutamente juvenil.

El espectáculo, de claro afán pedagógico, nos muestra una fábula sencilla en la que una pareja de adolescentes, Fran y Amanda, rompe su relación, lo que deriva en un acoso y derribo virtual dirigido exclusivamente a ella. Los padres de Amanda piensan que el ciberbullying ha sido motivado por Fran y lo denuncian ante la fiscalía, provocando que el instituto aparte al chico de las clases. Esto solo añade más leña al fuego, ya que la madre de Fran, Vicky, se presenta ante la puerta para dedicarle unas palabras a Amanda. Bueno, una palabra, pero bien sonora y contundente: “golfa”. Una semana después una pintada aparece en la tapia del instituto en la que se puede leer el mismo insulto. Ante los hechos, la jueza encargada del caso propone un encuentro online con el sexólogo Jordán Gómez para que todos los implicados limen asperezas. Aquí comienza nuestra historia.

Lo que podría haberse convertido por su planteamiento en un capítulo más de una serie adolescente se eleva al proponer un debate online sobre el caso, en el que los espectadores estamos acreditados como oyentes y podemos intervenir con nuestras votaciones por redes sociales y opinar sobre lo que se está tratando. Esta referencia al teatro de lo oprimido, y al mismo origen del arte teatral, encandila a los jóvenes espectadores, pues saben que sus decisiones serán contrastadas por el sexólogo en escena. “¿Cuál es el órgano sexual más potente?”, pregunta Jordán. “El clítoris”, dice Amanda, secundada por algunos espectadores del público. Y es al lanzar la pregunta, al plantearlo en voz alta, al obligarte a tomar una decisión, cuando realmente reflexionas sobre el tema que se está tratando en las tablas.

Son muchos los asuntos relacionados con la educación sexual que se tratan en Golfa: consentimiento, diferencia entre sexualidad, sexo y coito, el machismo como vertebrador de la sociedad, las relaciones sexuales distorsionadas por la pornografía…, pero yo rescato uno de ellos, el encarnado por Vicky, la madre de Fran, y es la necesidad de hablar en familia sobre todas las cuestiones anteriormente planteadas. Muchas veces puede la vergüenza, el pudor, el pensar que con las clases de reproducción sexual del temario de Biología ya es suficiente, pero la educación sexual va a más allá de la genitalidad.  Madres y padres, llevad a vuestros jóvenes espectadores a ver Golfa, pues os enriquecerá a todos.

Podría parecer ante todo lo expuesto arriba que Golfa es un espectáculo aburrido, que se regodea en las explicaciones y la exposición de datos, pero la base teórica es solo la punta del iceberg, lo que hay por debajo en la historia de Amanda y Fran. Estos dos personajes, encarnados por Mercedes Borges y Ninton Sánchez, se meten a los jóvenes espectadores en el bolsillo, pues con su desparpajo, representan a su generación: llena de dudas, pero también de presuposiciones. Resulta conmovedora la construcción del personaje de Fran, un poeta de grafiti, ese macarra sensible que ha estado presente en todas las generaciones – en la mía encarnado por el Mario Casas de Tres metros sobre el cielo -, que se plantea si lanzar un piropo es machismo. Un piropo es bonito, ¿no? Y más si lo haces en forma de poesía. Pero, ¿lo sigue siendo cuando no ha sido pedido? ¿Y cuando lo pintas en una tapia para que lo vea todo el instituto? ¿Son los piropos acoso? Como dije, la variedad de temas planteados por Golfa es realmente extensa.

En contraposición al mundo adolescente está el de los adultos, interpretado por Fran Cantos y Ana Varela, un mundo en proceso de deconstrucción, pero conflictuado. Por un lado, Vicky, que no entiende por qué un asunto judicial debería ser tratado en una sesión de sexología, escondiendo la enorme incomodidad que le produce tratar esos temas en presencia de su hijo. Por otro lado, Jordán, que reclama un espacio en las aulas para una educación sexual de calidad.

En resumen, Golfa es la obra de teatro que me gustaría haber visto de adolescente, para haberme podido cuestionar en su momento los temas que me cuestiono ahora. Recurro en este final a un dato helador que se dice en la obra: la media de acceso a la pornografía entre los menores se sitúa en los 8 años. ¿Verdad que son necesarias obras como Golfa?

Por Juan Sánchez Gómez

DATOS TÉCNICOS:

Vista el 26 de noviembre de 2021 en el Teatro Quique San Francisco (C/ de Galileo, 39)

DRAMATURGIA Y DIRECCIÓN
José Padilla

REPARTO
Fran Cantos / Julio Hidalgo, Ana Varela, María Rivera / Mercedes Borges y Ninton Sánchez.

AYUDANTE DE DIRECCIÓN

Irene Montes

ESPACIO ESCÉNCIO

Eduardo Moreno y Natalia Moreno

ILUMINACIÓN

Pau Fullana

VESTUARIO

Anna Fajardo

CANCIÓN ORIGINAL

Efecto Pasillo

COORDINACIÓN TÉCNICA

Rubén Valero

COMUNICACIÓN

Eli Morales y Rosa Arroyo

ASESORAMIENTO EN SALUD SEXUAL

Cristián Gallego, Fundación Sexpol

PRODUCCIÓN EJECUTIVA

Alicia Álvarez y Carlos M. Carbonell

PRODUCCIÓN

PRIMERA TOMA y CRÉMILO

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