Por Sara Barquilla Guerrero
Unos pícaros llegan a un pueblo con un retablo que muestra maravillas. Eso sí, solo las pueden ver aquellas personas que sean cristianas viejas e hijas legítimas de sus padres. Nadie ve nada porque no hay nada, pero ninguno de los que ve el espectáculo quiere reconocer tal realidad, no sea que se le acuse de bastardía o ascendencia judía. Cervantes compuso este entremés recogiendo la tradición cuentística oriental y haciéndose eco de la mofa de unos listillos y de la importancia del qué dirán, que lleva a la gente a sumarse a la opinión general para ser como el resto.

¿Y si el El retablo de las maravillas fuese escrito en los dos mil? ¿Cuáles serían los engaños que llevan a esa actitud social de temor e inseguridad? Els Joglars celebra su 65º aniversario recuperando esta obra que estrenó en Sevilla en enero de 2004 y vuelve ahora de gira porque está de plena actualidad: ¿No nos sentimos estafados con ciertas expresiones artísticas? ¿Y qué ocurre con la gastronomía de alto nivel? ¿Por qué hay tanta necesidad de formar parte de movimientos que ofrezcan una identidad? Els Joglars hace una reinterpretación del clásico cervantino y lo trae al mundo moderno, presentando una sátira clara y directa que puede incomodar al espectador tanto como hacerle reír.
La compañía inicia el espectáculo con la representación del entremés de Cervantes, pero introduce un doble giro que le permite mostrar sus variaciones: el primero es que el retablo mostrará el futuro; el segundo giro es que sí lo vemos tanto los espectadores como el público que se han buscado los pícaros. ¿Entendemos entonces que lo que se representa no todo el mundo lo vería? ¿Podríamos señalar que esas escenas son fruto de nuestra exacerbada imaginación? Es una interesante vuelta de tuerca.

Los tres nuevos entremeses se sitúan en el momento presente (que es el futuro de los personajes cervantinos). El primero nos lleva a un museo y a cuestionar el “arte” que ahí se expone. ¿Quién decide que lo es y por qué? El segundo se ubica en una suerte de secta religiosa a la que acuden personas que necesitan obtener una identidad colectiva y buscar un guía vital o espiritual, alguien que les diga cuál es el camino. ¿Quién se erige como guía de una masa? ¿Quién le otorga ese gran poder en los mensajes que reparte? Por último, entramos en un restaurante de élite donde un selecto grupo de personas de la working class han sido galardonadas con una comida. ¿Por qué la comida ha de ser una cuestión de clase cuando es una necesidad básica? ¿Quién decide que no todo el mundo puede disfrutar de ciertos sabores o texturas?

Para presentar estos cuadros de futuro, uno de los pícaros ha de “narrar” las maravillas para que sean creíbles. Para paliar la posible falta de imaginación, estos titiriteros acuden a sustancias alucinógenas que les sirvan para hacer el viaje y luego transmitirlo. Este personaje viaja al futuro con lo puesto y está presente en todos los cuadros siendo él mismo. A pesar de lo estrafalario de la situación, no llama la atención que haya un Arlecchino en pleno siglo XXI; este personaje forma parte de todas las pantomimas que se presentan como un elemento más que, en lugar de generar extrañeza, señala lo absurdo de nuestra modernidad en muchos aspectos.

El espectáculo tiene una estructura circular. Al acabar los entremeses actuales, la obra vuelve a la situación cervantina con un desenlace de nuevo rompedor. Ya no se trata de que los pícaros hayan engañado con sus historias prodigiosas, sino que han mostrado unas situaciones tan rocambolescas que son absolutamente increíbles. El espectador sabe que es justo lo contrario: la pura verdad.
La función se lleva a cabo en un cuadrado en mitad del escenario donde se mueven de forma casi coreográfica los siete actores. Algunos de los entremeses tienen algún elemento identificador, de gran tamaño por otro lado, como la lámpara de la casa de los duques o el gran cuadro de arte abstracto. Sin embargo, estos elementos se colocan de forma periférica en este cuadrado, que lo llenan los actores con su puesta en escena. Para moverse a la siguiente variación, el suelo se ilumina de forma psicodélica y una luz led se ilumina en torno a ese cuadrado; el Arlecchino se bandea de lado a lado como si estuviese viajando en un túnel del tiempo. Por su parte, tiene gran relevancia el vestuario, muy acertado para cada situación. Entre este y el trabajo actoral tan minucioso, se logra una gran diferenciación entre los personajes de una variante y otra.

El pequeño espectador joven puede acceder fácilmente a la obra porque se desarrolla desde la farsa: el humor constante, la crítica clarísima con varios planos de profundidad y un espectáculo dinámico y muy sugerente. Una vez fuera del teatro invita a seguir comentando cada variación y pensar cuántas otras trampas nos aguardan en nuestro mundo de mentiras y verdades.
Por Sara Barquilla Guerrero

FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA
Vista el domingo 20 de septiembre de 2026 en el Teatro Fernán Gómez de Madrid.
Dramaturgia: Albert Boadella y Ramón Fontserè.
Dirección de escena: Albert Boadella.
Intérpretes: Ramón Fontserè, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Bruno López-Linares, Javier Villena, Rafa Blanca y Pep Muñoz.
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