Por Sara Barquilla Guerrero
El Gran Teatro Pavón recibe el multipremiado Puños de harina, una nueva oportunidad para que todas aquellas personas que aún no han visto esta creación imprescindible de El Aedo Teatro compren su localidad y se preparen para disfrutar de una función que hace tensar las cuerdas del cuadrilátero de la risa a la lágrima, que hace que los puños se cierren de rabia frente a la injusticia así como despierta el regocijo de orgullo ante la honestidad, que saca al ring las incoherencias humanas que nos golpean pero también nos mantienen en pie para que las miremos y valoremos si ese es el mundo que queremos.

Como buen combate de boxeo, Puños de harina consta de rounds. Veinte en total. Diez corresponden a la historia verídica de Kerali, un boxeador gitano alemán que luchó en los años 20 y 30, hasta que en 1933 lanzó un desafío a Hitler y murió en las cámaras de gas. Los otros diez rounds narran la vida de Saúl, también gitano, de abuelo y padre boxeadores, de los que habría de heredar el nombre y el ardor de la lucha. Pero él es diferente. Dicen que no es un hombre y él, confundido, no sabe aún que hay distintas masculinidades y no solo aquella que la estirpe familiar le quiere imponer.
La obra va contrapeando las dos historias, un round de cada luchador. Kerali defiende su amor por el boxeo, su dignidad gitana frente a los ataques nazis, su posición obrera sacando adelante la panadería familiar. Saúl también lucha, no con los guantes con los que su padre quiere que aprenda a boxear, sino contra una tradición de violencia y homofobia que no le permite ser y sentir. Aproximadamente setenta años distan entre los dos relatos, pero ambos evidencian las dificultades con las que se ha tenido que enfrentar siempre la población de etnia gitana, el rechazo social y la etiqueta que no se desprenden a día de hoy.

En escena se crean tres ambientes. En el centro se dispone un espacio cúbico, cerrado, que representa el cuadrilátero y donde se desarrolla la mayor parte de la historia de Kerali. Se cubre de una tela donde se anuncia el cambio de round y se proyectan imágenes que transforman ese cubo en un ring o en un vagón de tren; también juega con las sombras, agrandando a un Kerali vencedor o empequeñeciendo al humano que muere en los campos de concentración. A un lado del escenario cuelga un saco de boxeo, elemento imprescindible para los entrenamientos y desahogos de los personajes; al otro, se disponen tres estructuras prismáticas que asemejan columnas de grúa y que el personaje de Saúl cambia de posición para resignificar la escena. Ese entresijo de hierros recuerda a las atracciones de feria entre las que crece el protagonista, de familia nómada de feriantes.

Dos fuerzas antagónicas están presentes en la obra, la violencia y el amor. La primera se muestra con el boxeo, un deporte que requiere un desarrollo físico y psíquico insalvable para quien no quiere practicarlo; la violencia familiar, que conlleva imposiciones y expectativas muy dolorosas; la violencia social, la que coloca etiquetas sobre los individuos por su procedencia, su orientación sexual, su género, etc. Y frente a esta fuerza violenta, hay otra que emerge con energía y fortaleza: el amor. Es la esperanza de Kerali queriendo hacer justicia social y la emoción de Saúl cuando descubre la ternura que se transmiten los cuerpos.

Estas fuerzas, aunque puedan extrapolarse a todos los seres humanos, debemos focalizarlas en los hombres y en cómo es necesario asumir nuevas masculinidades para escapar de la violencia patriarcal. Vivimos en una sociedad muy violenta, la de ahora y la del siglo pasado. Y como bien refleja la obra, el boxeo es una práctica deportiva que puede resultar dura, pero posee unas reglas que deben respetarse; sin embargo, nuestro mundo está cargado de violencia a veces ilimitada a la que debemos poner fin. Por ello, uno de los muchos aciertos de Puños de harina es el final feliz liberador, que apuesta por la esperanza en el cambio social. Kerali es capaz de enfrentarse a Hitler. Aunque el enfrentamiento de Saúl, en comparación, parezca menor, es inmenso: la sociedad debe aceptar los cambios y cada cual debe provocarlos en su entorno más cercano.

Jesús Torres. Él solo se mete en el puño, en el de harina, al pleno del patio de butacas, que se levanta y vitorea. Absolutamente vencedor Jesús Torres. Un derroche de energía física, de emoción, de belleza textual. El espectador de hoy en día aplaude la excelencia y la valentía. Por su parte, el pequeño espectador necesita historias que expliquen el mundo en el que vivimos, un mundo que hace daño pero que es transformable, un mundo en el que cabemos todos y todas necesariamente. Un mundo en el que los puños no se carguen de violencia, sino de harina, que ilumina, que suaviza, que alimenta, que crea.
Por Sara Barquilla Guerrero
FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA
Vista el jueves 2 de julio en el Gran Teatro Pavón (Madrid).
Compañía: El Aedo Teatro.
Dirección y autoría: Jesús Torres.
Voces en off: Eva Rodríguez, Antonio M.M., David Sánchez, Calvo.
Escenografía: Mario López Pinilla.
Iluminación: Jesús Díaz Cortés, Nuria Henríquez.
Sonido: Alberto Granados Reguilón.
Audiovisuales: Elvira Zurita.
Vestuario: Mario López Pinilla.
Coreografía: Mercè Grané.
Diseño gráfico: José Ponce de León.
Fotografía: Moisés F. Acost.
Comunicación: Raquel Berini.
Producción: El Aedo Teatro.
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