Por Jesús Eguía Armenteros
Ni siquiera a los enamorados de Valle Inclán se nos pasa aquello de la dificultad inicial de entender su lenguaje, su español amplio, diverso, mágico, que a veces requiere un “craneo previlegiado” y más aún si Don Ramón se lanza al verso. Y ahí los actores han de usar su talento y técnica para abrir aquellas frases de modo que alcancen a los sentados. Si la Farsa y licencia de la reina castiza es de las más dificultosas en ese terreno, mayor es la gracia del reparto de este montaje que, desde los primeros minutos, logra que aprendamos a masticar y, al rato, a saborear, tragar e incluso digerir un idioma más ancho que Castilla. El juego es lanzarnos a Valle como si supiéramos de qué hablan, qué persiguen en cada momento, pese a que gran parte de las frases nos son tan lejanas como el chino mandarín, pero el trabajo con la acción dramática nos abre el diccionario, tanto el de la RAE como el de María Moliner, y ahí también toca aplaudir tanto al ya mítico maestro de la palabra Vicente Fuentes, como a doña Ana Zamora, de quién personalmente sigo sus montajes desde antaño, cuando dirigía como estudiante de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, allá hacia finales del siglo XX e inicios del XXI. Tanto en los de ayer como en el de hoy, su puesta en escena lleva su sello: limpia, exacta, con una estética cuadrada que desarrolla la acción en cada detalle. Y todo esa perfecta estructura ósea sostiene un englomerado de carne variada, con órganos, tanto corazón y pulmones, como riñones e intestinos de España, una España de antaño que supone un distanciamiento teatral para reflexionar mejor sobre la España actual o, más bien, la sociedad occidental actual, con una Reina Castiza y un entorno que conduce a reírse o llorar, meditar qué son esos juegos de “MAGA», “prioridad nacional” o “Die Deutschen zuerst” y el éxito absoluto (absolutista) de sus líderes y colegas de un Valle de Silicona de cuyo nombre no quiero acordarme, o de cómo los occidentales hemos podido (y podremos) entregar el poder a este tipo de (de)constructores de la sociedad abierta mediante la posverdad y un populismo que Valle Inclán nos presenta mediante el uso de argot y canciones populares, a los que Ana Zamora suma los himnos nacionales. En sinopsis, como unos años más tarde dirá un Sepulturero también de Don Ramón: “En España (en Occidente ahora) el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza”
Y así viaja el espectáculo, con una dificultad lingüística a la que logran vencer, impulsar ayudados también por una escenografía brillante de David Faraco que incrementa el juego de la farsa con una falda inmensa, a la vez que trono, a la vez que cubículo en el que operar en secreto, de actores que pasan de un personaje a otro mediante ingeniosos transplantes de vestuario diseñados por Deborah Macías, o, mejor dicho, pequeñas mutaciones de ropa que, más que ayudar a resolver aquello de un presupuesto escaso inviable para contratar a los diecisiete actores que requeriría el texto original, aumenta la estrategia artística de aquel Tablado de marionetas para educación de príncipes en el que los actores de Ana Zamora operan como marionetistas de sí mismos y de todos los sentados en la sala, con todo lo que les rodea por arriba y por abajo, por la derecha y por la izquierda, aquello que Miguel Medina Vicario denominaba el distanciamiento brechtiano con un paso más, la estrategia artística de Don Ramón María. Y si todo el equipo del montaje ejecuta una obra de Arte, punto y aparte merece la actriz encargada de detonar el tomate, Aisa Pérez y la bestialidad interpretativa que realiza en la que pasa por todo lo pasable, por dentro y por fuera, una brillantez en la que uno sale del teatro preguntándose cuándo podrá volver a sentarse ante una actriz así, o como le diría Don Ramón, “¡Para ti toda mi loanza!”.
Y ante todo ello, escribo estas letras como una llamada, una propagación de la maravilla que sería (que supone) para cualquiera, pero más aún para un peninsular en Bachillerato al que ahora mismo el Teatro Español y Nao d’amores ofrece descubrir lo qué es realmente esa cosa llamada Valle Inclán que obligan a estudiar, esas páginas de teatro a veces incomprensibles, raras, ¿freaks?, que pueden entrar hasta en los exámenes y que, aún más extrañamente, parecen fascinar a los “teatreros” que se supone son gente “cool”. Es una hora y un módico precio, pero aseguro que el bachiller que se siente ante este montaje ya no volverá a leer de la misma manera esas páginas con frases raras y acotaciones inmensas, sino que podrá verlas igual que aquello que le ocurre a Bastián Baltasar Bux ante la novela de La historia interminable, aquello ya no serán páginas sino… una bestialidad infinitamente más dura, cachonda, bestial que todos los vídeos de Tiktok reunidos en un megamix. No os la perdáis.
Por Jesús Eguía Armenteros
FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA
Sala: Sala pequeña – Margarita Xirgu (Teatro Español), Madrid
Fechas: 30 de junio al 26 de julio y 29 de 2026
Vista el 4 de julio de 2026
Edad recomendada: a partir de los 14 años
Duración: 60 min.
De: Ramón del Valle-Inclán
Versión y dirección: Ana Zamora
Elenco
Miguel Ángel Amor
Paula Iwasaki
Alejandro Pau
Aisa Pérez
Rafael Ortiz
Isabel Zamora
Dirección musical: Víctor Pliego de Andrés
Escenografía y trabajo de objetos: David Faraco
Vestuario: Deborah Macías
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Coreografía: Javier García Ávila
Voz y palabra: Vicente Fuentes
Ayudante de dirección: Alba de la Cruz
Ayudante de dirección musical: Isabel Zamora
Ayudante de escenografía y vestuario: María Teresa Ferrara
Relaciones públicas Nao d’amores: Josi Cortés
Coordinación técnica Nao d’amores: Fernando Herranz
Producción Nao d’amores: Germán H. Solís
Producción: Teatro Español y Nao d’amores
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