Por Sara Barquilla Guerrero

Hombres y mujeres trabajan de sol a sol. Sus condiciones de vida son miserables. El día a día es una pesada carga difícil de soportar, por la violencia, la explotación y la falta de horizontes. El territorio donde viven, un pueblo de barracas y huertas, se convierte en un espacio asfixiante derivado de las relaciones envidiosas y la carencia de apoyo mutuo. Así pintó el entorno campesino del Levante Vicente Blasco Ibáñez en La barraca, novela escrita en 1898. Y así lo refleja el montaje que se presenta en el Teatro Fernán Gómez, una versión de Marta Torres que dirige Magüi Mira.

Batiste y su familia llegan a su barraca con toda la ilusión del mundo, deseando aplicar su fuerza de trabajo para conseguir de la tierra el tesoro que aparece tras mucho tesón y esfuerzo. Sin embargo, desconocen la historia que late bajo el abandono de esa tierra: ahí vivía el tío Barret y su familia, desahuciados por no poder pagar el arrendamiento al terrateniente. El resto de vecinos había decidido no ocupar esa parcela, no cultivarla como forma de enfrentarse al patrón, y ahora han llegado unos forasteros que con su trabajo deshacen el planteamiento vecinal. El colectivo no perdona esta actitud y hace la vida imposible a esta familia. Las consecuencias no tardan en aparecer y el desenlace es fatal.

Sin entrar en detalles de los sufrimientos y las perrerías, se puede intuir que La barraca quiere transmitir un clima de violencia donde no tienen cabida el diálogo ni la comprensión. La versión de Marta Torres recupera una serie de momentos representativos de la historia que se traducen en conversaciones o monólogos, todos ellos cargados de dramatismo y tensión. Los personajes participantes de la trama expresan desesperación, odio, deseos de venganza o el hartazgo ante una convivencia verdaderamente insoportable.

El montaje resalta todos estos sentimientos porque combina dos tipos de escenas: por un lado, las propiamente textuales, las que se seleccionan de la novela; por otro lado, y a modo de conexión, se desarrollan escenas más coreográficas, sin palabras, donde los personajes expresan con su cuerpo. En tales escenas prima la colectividad, tanto aquella que trabaja las tierras en conjunto como la que se une para hacer la vida imposible al que se queda solo. Estos momentos escénicos pueden leerse como autónomos, pues reflejan aquello que no contienen las palabras, me refiero al día a día del trabajo y la vida vecinal; sin embargo, dado el peso del texto en las otras partes, se convierten en transición para poder masticar y asimilar la gran carga de vehemencia y fiereza que se produce en el encuentro de personajes.

La escenografía va alineada con las escenas “coreográficas” porque en ambos casos se transmite una belleza que contrasta con la crudeza de la historia y de las formas violentas de los personajes. Dos enormes paneles de espejos curvados reflejan el suelo del escenario. Este, inicialmente, aparece verde, para ubicarnos en la huerta valenciana. Luego, adquirirá otros colores (el amarillento de la tierra o el rojo de la sangre) que se consiguen materialmente, como es el caso de las esterillas de cañas y la tierra que extienden y esparcen los propios actores en esas escenas que hemos llamado de transición. Los colores y la materia son símbolos que conectan al espectador con esa tierra valenciana y, en general, con cualquier territorio donde las personas están muy ligadas al mismo. Estos enormes paneles de espejos aparecen de frente para reflejar el suelo, pero también se juntan y entonces dibujan esa barraca que da nombre a la historia y funde a los personajes con el lugar.

Las coreografías que he señalado anteriormente también aportan un matiz moderno a la historia porque esos cuerpos, con su movimiento, tratan de transmitir al espectador desde otra perspectiva que prescinde de la palabra. En esas escenas descubrimos la fuerza del grupo, la necesidad del colectivo, que es lo que da significado a las vidas de esos personajes. Pero también se siluetean las complicaciones que surgen cuando el individuo no está alineado con el conjunto, cuando no concuerdan los intereses y eso el grupo no lo perdona. Aun así, estas escenas no se leen siempre de forma fácil o su planteamiento abstracto contrasta demasiado con la evidencia y crudeza de la parte textual. Seguramente el pequeño espectador tenga dificultades para darle un significado a esos movimientos cuya conceptualización requiere un grado de reflexión mayor.

En definitiva, la historia de Blasco Ibáñez se reconoce pero también se enriquece con múltiples elementos escénicos que transforman la novela en una obra teatral. Se ha recogido el testigo naturalista de finales del siglo XIX y se ha mostrado sin sutilezas: los personajes gritan el sufrimiento, dan rienda suelta a sus odios con sus gestos, con sus palabras, con sus cuerpos. Esta impetuosidad, muy propia de la novela y del movimiento cultural, sin embargo, a nivel escénico genera una distancia emocional, quizá por la excesiva tragedia que se va masticando. Como espectadora, valorando con mucho respeto el trabajo realizado, tengo que reconocer que no me ha desgarrado el alma la barbaridad que se representa. Quizá porque en los tiempos que corren me duele creer que no es posible el diálogo, el encuentro, el entendimiento. Quiero pensar que la gente va a darse cuenta de que el enemigo no es el vecino, sino alguien que está mucho más arriba y que sí que se está aprovechando del trabajo y el esfuerzo de la mayoría social.

Por Sara Barquilla Guerrero

FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA

Vista el viernes 22 de mayo de 2026 en el Teatro Fernán Gómez (Madrid).

De: Vicente Blasco Ibáñez.

Dirección: Magüi Mira.

Adaptación: Marta Torres.

Intérpretes: Daniel Albaladejo, Antonio Hortelano, Jorge Mayor, Antonio Sansano, Patricia Ross, Claudia Taboada/Beatriz Grimaldos, Elena Alférez, Jaime Riba.

Ayudante de dirección: Guillermo Delgado.

Composición musical: Santi Martínez.

Diseño de escenografía: Curt Allen y Leticia Gañán.

Diseño de iluminación: José Manuel Guerra.

Coreografía: Marta Gómez.

Una producción de Teatro de Malta, Pentación Espectáculos y Olympia Metropolitana.

 

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