Por Toni García Martínez

Llevaba mucho tiempo oyendo recomendaciones entusiastas de la compañía valenciana Pont Flotant, a la que todavía no había tenido ocasión de ver, así que qué mejor ocasión que reseñarla para El Pequeño Espectador con esta propuesta de reflexión en torno a la adolescencia.

En 2023 recibieron el Premio Max a la Mejor autoría teatral por su anterior montaje, Eclipse total, una propuesta en torno a la inevitabilidad de la muerte y el paso del tiempo, que también se presentaba como apta para mayores de 14 años. 

Si en Eclipse total se daban cita de alguna manera las generaciones previas a la de los creadores, en esta ocasión la mirada se posa en la generación venidera, la de los que ahora son adolescentes. En Adolescencia infinita los cuatro actores y actrices de la compañía interpretan a varios personajes adultos que se enfrentan a su propia incomprensión del momento adolescente que viven sus hijos e hijas. Pero, además, interpretan a los propios adolescentes, materializados en títeres de gran tamaño, más de una decena, que también podríamos llamar maniquíes, manipulados de manera somera por los actores, más o menos a la vista del público, y de aspecto y actitud inexpresivos. En ocasiones, de hecho, no se mueven pero están hablando. Esto resulta en una imagen bastante poderosa de la cosificación a la que a menudo se ven sometidos los adolescentes por parte de los adultos, que los vemos como pasotas, inactivos, estáticos… Es este, quizá, uno de los puntos fuertes del montaje, aunque también resulta inevitable compararlo con la técnica de las máscaras desarrollada en el Estado español por la compañía Kulunka. En el caso de Kulunka, el estatismo de las máscaras se ve contrastada y compensada por la expresividad viva del cuerpo de los actores que las portan, y toda la acción se sostiene sobre estos dos elementos, sin texto de por medio. En este caso de Pont Flotant, tenemos texto hablado por encima pero muy poca expresividad por parte del maniquí, lo cual, en este ejemplo concreto, resulta interesantemente perturbador.

La función se desarrolla a través de varias escenas en las que diversos adolescentes, todos ellos amigos entre sí, interactúan entre ellos o con sus respectivos padres o con otros adultos. En estas escenas se muestran conflictos típicos de la convivencia entre adultos y adolescentes acerca de los límites en el comportamiento, y el proceso de educación y maduración de los jóvenes, con temas relacionados con el cumplimiento de las obligaciones, el consumismo, las salidas de ocio con los amigos, el despertar sexual, la experimentación con el alcohol o las drogas, los choques culturales entre generaciones, etc. Situaciones cotidianas que la mayoría del público habrá vivido, todos desde el lado adolescente y muchos desde el lado de los adultos. Esa cotidianidad y naturalidad que parece ser marca de la casa de la compañía puede conectar muy bien con cierta parte del público, pero a otros puede resultarnos demasiado sobreexplicativa u obvia. Así sucede, por ejemplo, en el alegato final en el que se expone la tesis de la obra acerca de que todos seguimos siendo en mayor o menor medida también adolescentes (de ahí la infinitud del título), al menos cuando logramos quitarnos de encima los pesares y constricciones de la vida adulta. Al fin y al cabo, quizá no hay tanta diferencia entre vivir la crisis de la mediana edad que viven los padres y la crisis de la adolescencia que viven los hijos, sino que son dos caras de la misma moneda.

Resulta interesante también la que parece ser otra de las marcas de la casa, la del juego con grabaciones de audio o efectos sonoros, lanzados desde un puesto de mando de sonido ubicado sobre la propia escena, y comandado por uno de los actores, que lo mismo sirve para exponer una especie de voz narradora o explicativa que para convertirse en una mesa de DJ.

Según relata la compañía, el proyecto de creación se inició con una autorreflexión como madres y padres con hijos adolescentes, y a partir de ahí iniciaron un proceso de investigación con la ayuda de algunos jóvenes, y por lo visto en escena creo que la propuesta puede resultar muy atractiva y eficaz para el propio público adolescente. Por lo que intuyo, las propuestas de la compañía tienen generalmente este estilo pedagógico, que quizá es lo que hizo que en este caso a mí, como adulto, me dejara un poco frío. Lamentablemente no había entre el público mucho adolescente o pequeño espectador para comprobar mi hipótesis, pero se podrá testar en las funciones matinales con coloquio para jóvenes estudiantes que también se han programado.

Por Toni García Martínez

Datos

Vista el domingo 19 de octubre de 2025 en el Teatro de la Abadía de Madrid.

Texto: Joan Collado, Jesús Muñoz y Pau Pons

Dirección: Joan Collado, Jesús Muñoz y Pau Pons

Reparto: Joana Alfonso, Yolanda García, Jesús Muñoz, Javi Vega

Escenografía y vestuario: Joan Collado

Iluminación: Marc Gonzalo (AAIV)

Espacio sonoro: Adolfo García

Composición musical: Adolfo García y Javi Vega

Asesoría artística: Fermín Jiménez

Diseño gráfico y audiovisual: Joan Collado

Fotografía: Nerea Coll

Vídeo promocional: Nacho Carrascosa

Asesoría de contenidos: Berta Pérez, Merche Sánchez de las Matas, Imma Serrano y Pau Tarrés

Voces en off: Neus Ivars, Nerea llopis, Zack López, Germán Ordóñez, César Tirado e Iria Trashorras

Producción: Escalante sobre creación de Pont Flotant

Colabora: TEM (Teatre El Musical)

Agradecimiento especial a: Maribel Saiz, Mara Blanco, David Llago, Martina Hernández, César Sanchis, Pau Sanmartín y a todes les jóvenes y adolescentes que han colaborado a lo largo del proceso

Duración: 90 minutos

Recomendado a partir de 16 años.

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