Por Sara Barquilla Guerrero
Un dolor de muelas insoportable es el leitmotiv que hace avanzar la acción de El Dragón de Oro, nombre del restaurante ubicado en la planta baja de un bloque de viviendas cuyos vecinos hacen uso y disfrute de una comida rápida preparada en un espacio ínfimo y por un grupo de trabajadores en una situación muy precaria. El dragón de oro, en el horóscopo chino, es un símbolo de fortuna y prosperidad; pero nada de eso está presente en los personajes de esta pieza dramática donde la tragedia y la comedia caminan de la mano.

El texto lo firma Roland Schimmelpfenning, dramaturgo alemán en activo más representado, mientras que la puesta en escena la lleva a cabo Sarabela Teatro, compañía gallega con más de cuarenta años de trayectoria. El elenco de cinco actores, dirigidos por Ánxeles Cuña Bóveda, nos presenta un texto teatral muy dinámico que refleja con genialidad la velocidad de los tiempos en que vivimos, donde nada es anodino y todo se carga de una emoción a la que, sin embargo, no se pueden dedicar más minutos dado el ritmo trepidante de nuestras vidas.

Casi una veintena de personajes se suceden a lo largo de una trama con múltiples escenas que están absolutamente interconectadas. El epicentro se sitúa en el restaurante de comida asiática y en el dolor del joven trabajador chino, que sufre desesperado mientras sus compañeros preparan con afán la ristra de comandas con nombres e ingredientes de sabor chino pero elaboración veloz. El vecindario come estos platos o valora, desde su vivienda, si bajar a cenar a El Dragón de Oro, sin saber que, en la cocina, sus trabajadores viven una situación extrema que tendrán que abordar inmediatamente. Las consecuencias de sus decisiones traspasarán las puertas de esa cocina, sembrando una reflexión sobre los hechos de nuestro entorno que podríamos intuir pero que escapan a nuestro conocimiento.

A pesar del drama en unos momentos y la tragedia en otros, la obra se plantea desde la comicidad, provocando risas en un público que se ríe de situaciones grotescas que rozan lo siniestro. Entre los recursos utilizados están el juego dramático, el trabajo de gestualidad y la ruptura con las convenciones textuales, es decir, se verbalizan las acotaciones, incluso aquellas innecesarias, y se hace rompiendo la cuarta pared y convirtiendo al espectador en cómplice de las conversaciones y movimientos de los vecinos de El Dragón de Oro. Esa multiplicación de voces se conforma en una polifonía humorística que desmenuza el texto sin deshacerse de las migajas. Por otro lado, no siempre están todos los actores en escena y a veces se colocan en los laterales, en la sombra; sin embargo, los protagonistas de la escena los hacen partícipes, les preguntan al respecto. Parece que las decisiones se están tomando en ese momento y la representación gana en verosimilitud.

Además de la comedia, la obra explora los límites de la realidad y se adentra en el plano de la fantasía, introduciendo elementos irreales que facilitan la asimilación de la crueldad cotidiana. Con este realismo mágico la autenticidad se carga de ingenio. Ocupa un lugar especial la fábula que, lejos de alejarse de la realidad, se resignifica a la luz de los acontecimientos y permite entrever la crítica a la trata de mujeres en el mundo actual. Otras veces esa imaginación aporta lirismo, buscando la belleza a pesar de la dureza de la realidad.

La escenografía es neutra pero funcional. En primera línea se halla la mesa de trabajo de los cocineros. A ambos lados, tres escalones acceden a una plataforma que simulan los pisos superiores, donde se ubican los y las vecinas. Quizá esta diferencia de altura, además de literal, sea simbólica: los que están abajo o arriba, socialmente hablando. El fondo se cubre con una especie de cortinilla donde se proyectan imágenes que complementan algunas escenas y cuya gráfica es muy sugerente. Por su parte, la sencillez del vestuario es elocuente: una prenda o un complemento le sirve al público para reconocer al personaje que vuelve a aparecer en escena y recuperar así su historia.

El pequeño espectador se encontrará con una obra que le generará interrogantes. Muchos de ellos se responderán sobre la marcha, pues la trama está muy bien construida y cada pieza tiene su lugar en el puzzle. Otros planteamientos acompañarán al espectador, sea de la edad que sea, más allá de la puerta del teatro. ¿Qué ha sucedido ahí dentro? El ritmo vertiginoso no permite pararse a reflexionar, pero deja un poso que se va acumulando a lo largo de la representación y que se mueve entre la risa, el nudo en la garganta y la mirada incómoda del que ve pero no puede mover ficha. La obra deja la pelota en el tejado del espectador: cada cual que actúe en consecuencia.
Por Sara Barquilla Guerrero
FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA
Vista el 21 de septiembre de 2025 en el Teatro de la Abadía (Madrid)
Texto: Roland Schimmelpfennig.
Dramaturgia y dirección: Ánxeles Cuña Bóveda.
Reparto: Fina Calleja, Fernando Dacosta, Sabela Gago, Fernando González y Fran Lareu.
Traducción al castellano: Albert Tola.
Escenografía y videoarte: Iris Branco.
Iluminación: Laura Iturralde.
Vestuario: Ruth Díaz Pereira.
Asesoramiento de movimiento: Rut Balbís.
Asesoramiento de texto: María Peinado.
Espacio sonoro: Renata Codda Font.
Composición musical: Vadzim Yuknhevich.
Realización vestuario: Santos Salgado.
Realización escenografía: Carlos Domínguez.
Fotografía: Rubén Vilanova.
Grabación en DVD: Alba V. Carpentier.
Técnicos de luz y sonido: José Bayón / Rubén Dobaño.
Diseño gráfico: Peatón Gráfico.
Comunicación: Alberto Ramos.
Producción: Fina Calleja.
Distribución: Culturactiva y Sarabela Teatro.
Distribución fuera de Galicia: Carlos M. Carbonell – Crémilo.
Producción: Sarabela Teatro.
Con la colaboración de: Goethe Institut.
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