Por Araceli Hernández

«¿Cómo es tu silencio? ¿Y el tuyo»

¿Alguna vez han pensado en la pregunta que nos plantean -en lenguaje oral y en lenguaje de signos- nada más iniciarse la obra? ¿Cómo es nuestro silencio? Al silencio le ocurre lo mismo que a la luz, sólo es posible entenderlo por oposición. En el caso de la luz, a la oscuridad, y en el caso del silencio, al ruido. Pero hay tantos tipos de ruido mientras que el silencio es tan único, tan ominoso, tan circunspecto en su extensión, que la cuestión se vuelve un poco más compleja.

Tras arrojarnos esa espinosa pregunta se inicia la obra sin palabras, en una sentenciosa quietud que se rompe estentóreamente gracias a las ágiles manos de las protagonistas que, sobre la extensa mesa que ocupa el escenario (que hará las veces de encimera, de tablero, de casa, de orilla, de mostrador, de podio…) y mediante armónicos movimientos que convierten cada gesto efímero y cotidiano en una especie de danza ritual y sugestiva,  van preparando un almuerzo en el que van resonando los diferentes alimentos y utensilios. Lamentablemente no podemos reproducir con palabras la cadencia neurálgica con la que invaden el ambiente los granos de legumbres o arroz al estrellarse, con una fuerza inesperada, contra las paredes del recipiente, como el rugido de las olas que rompen ferozmente en el acantilado, o el clamoroso y acompasado sístole del mortero al machacar los ajos, impregnando el aire con una sensación familiar.

Estas invocaciones directas a los sentidos nos ubican perfectamente en la atmósfera de cercanía sobre la que se eleva la obra, invitándonos a penetrar en la intimidad de dos personas que se encuentran de un modo honesto y profundo, coincidiendo así en la necesidad de acordar un lenguaje propio y común para entenderse y comunicarse más allá de las restrictivas palabras. En Silencio, lo que tradicionalmente interpretaríamos como diálogo (no sabemos hasta qué punto tal vez fortuito, puesto que parece partir de una camaradería genuina, casi robada de un momento de comunión real entre dos personas dispuestas a compartir sus confidencias arropadas por el silencio y la oscuridad del escenario) apenas se sustenta en palabras, volcándose a través de cada objeto, cada sonido y cada vacío. Vacíos que son importantes a la hora de captar la poesía que subyace detrás de cada gesto.

Las dos protagonistas, Andrea y Miriam, debaten sobre la vida partiendo de los temas quizás más primigenios para el ser humano: los miedos y los anhelos. Miedo al futuro, a traicionarse a uno mismo, a sucumbir ante exigencias ajenas y renunciar a lo que se ama. Anhelo de una vida plena y tranquila, de un entorno natural y hermoso, de un espacio propicio para el recogimiento y la creación. Ambas representan, de una forma sutil, insinuada de manera brillante a través de tenues señales que se van sembrando a lo largo de la función y que darán su fruto al final (como la planta que cultiva Miriam y que germinará profusamente en las postrimerías de la función), el contraste entre dos mundos opuestos que chocan irremediablemente: la voz sosegada y la expresión inocente de Andrea frente a la fiereza y la expansión de Miriam (ambas intérpretes soberbias en su creación de personajes realmente honestos), la contemplación pausada de Miriam en su vergel natural ante la cruda aseveración de Andrea: “nunca miro por la ventana”. En definitiva, el descanso y el reflexivo reposo de la una en oposición a la precipitación y la celeridad de la otra, volando apresuradamente de un quehacer a otro incapaz de terminar un libro. En su encuentro, sinceramente intrigado y abiertamente entregado, Andrea hallará las bondades de ese silencio que, paradójicamente, nos permite “descubrir la lengua de aquello que habla sin palabras”.

Es una obra que nace de la intención veraz por acceder a un dialecto en el que los signos no son una mera traducción de lo que la voz traslada, sino que se conversa de forma abierta y franca mediante la interacción de diferentes lenguajes: voz y lenguaje de signos, cuerpo, luz y oscuridad (verdaderamente impactante el momento en el que se ilumina el patio de butacas para identificar al público con el relato que nos hace Miriam, con una potencia desgarradora,  de su angustiosa -por real-  pesadilla). La historia se nos traslada a partir de gestos excepcionales como el ruido del agua mientras va corriendo de un utensilio a otro o la propia representación de zambullirse para sumergirse en un espacio nuevo en el que los sentidos perciben la realidad de una forma diferente y en el que el intercambio se transfiere a través de otros caracteres. Es la búsqueda de un nuevo medio más claro, más espontáneo y más preciso, que permita volcar la compleja realidad de la persona sin coartar su expresión a través de un único sistema de comunicación.

Además, aunque no fue la intención original de la obra, Silencio recoge inevitablemente la experiencia del confinamiento y la incertidumbre de la pandemia para trasladar un mensaje luminoso que nos invita a valorar la necesidad de la pausa para abarcar la intensidad de la vida que continúa. Nos sugiere el abandono de nuestro egocentrismo y la apertura del espíritu para escuchar, con los sentidos dispuestos, ese mundo que permanece inalterable aunque la sociedad se enclaustre. Sólo mediante el silencio y la pausa seremos capaces de abandonar los anclajes que nos atan irremisiblemente a un estado acelerado en el que lo urgente, por inmediato, copa nuestra existencia, impidiéndonos atender lo imprescindible, por invisible, como resume la pequeña misiva que nos entregan a cada espectador en la que se lee: «Esta carta contiene el alma de un bosque entero. No la subestimes por ser pequeña o silenciosa. Plántala y cuando crezca, llámala “Futuro”».

Conocimos la compañía de Andrea Díaz Reboredo con el espectáculo homónimo M.A.R., en la que el universo creativo giraba en torno a la magnitud evocadora de los objetos. Ya en esta primera obra se intuía una audaz exploración por otros sistemas comunicativos más allá de los convencionalismos, y aunque en M.A.R. cobraban mayor protagonismo los objetos, también allí se probaba la capacidad transmisora de los movimientos corporales. Capacidad que en Silencio, aunándola con la franqueza y la universalidad del lenguaje de signos, tan sugestivo (recordaremos siempre el signo de calma que para Andrea rememora el letárgico acto de amasar pan), cobra una potencia y una fuerza que desplaza ese interés intrínseco por lo objetual dotándolo de sentido a través de su relación directa con el cuerpo, construyendo mensajes que trascienden de lo material aunque se apoyen en ello.

La conclusión inequívoca que sacamos tras asistir a Silencio es que se trata de una compañía a la que, sin lugar a duda, debemos seguir muy de cerca.

Por Araceli Hernández

 

DATOS TÉCNICOS:

Vista el 24 de marzo de 2021 en el Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque

Dirección: Andrea Díaz Reboredo

Mirada externa: Xavier Bobés Solà

Intérpretes: Miriam Garlo y Andrea Díaz

Espacio sonoro: Dani León

Diseño de iluminación: Miguel Ruz y Andrea Díaz

Vestuario: CajaNegra TAM

Universos objetuales: Pablo y Andrea Reboredo(s)

Asistente de producción: Anna Domingueo Enrich

Asistente de movimiento: Alba González Herrera

Género: Teatro visual y de objetos

Edad recomendada: mayores de 11 años

Duración: 1 h

Idioma: Español y LSE

 

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