Por Lorena Cámara

En pocos días entramos en la primavera de 2021. Hace ahora un año que nos privaron de ver florecer a nuestros parques; de bailar entre morados, verdes, rosas y amarillos; de oler la retama y las lilas; sin previo aviso, nos dejaron cojas de olfato. La primavera es sin duda una estación de luz, esa que nos altera, que nos alegra y nos da la energía necesaria para seguir caminando hasta final de año. Y este, ha sido uno realmente duro.

En la primavera rebrotan esas finas y desnudas ramas que, aletargadas durante el invierno, nos sorprenden con un pequeño atisbo de verde inicial para después colorearse por completo. Las ramas de los árboles se llenan de nudos, de matices, de pájaros, incluso, a veces, se llenan de golondrinas. En primavera, hasta los gatos se enamoran. Y es que acaso, ¿no es el amor el mayor estado de transformación del ser humano? ¿Sería capaz de sanar a un gato malhumorado, manchado, feote y torpe que se olvidó de volar y soñar?

Hay gatos y hay golondrinas. Así comienza nuestra historia.

Cuarta Pared siempre nos deleita con su sencillez de decorado como aproximación a la belleza, menos es siempre más, y desde una composición escueta de cuatro elementos consigue acercarnos la fábula de Jorge Amado con delicadeza y ritmo lento. Un rectángulo vertical de tela de saco a la izquierda, otro con una veleta en forma de gallo a la derecha, una mesa con parterre de escobas y flores en horizontal, y una cuerda con pinzas de la ropa que sobrevuela la mesa conforman el marco para los personajes que nos acompañan en esta obra. Nada más. Y nada menos. Cada marioneta irradia cariño en su construcción y concepción, cuidado en la elección de los materiales, madera, tela, cestería, e incluso algunos son objetos reciclados de uso cotidiano a los que se les ha dado una vuelta de tuerca. Nos acerca. También hay soles que son farolillos, nubes que son mantas, flores y lunas de papel que se despliegan con la mano sobre una estructura alámbrica para transportarnos a aquellas fiestas de cumpleaños de cuando fuimos pequeñas. Y así, de un salto casi inapreciable, los protagonistas nos llevan a un mundo de fantasía donde al llegar la primavera un gato manchado conoce a una golondrina.

Esta es la historia de la golondrina Sinhá, pizpireta, grácil, risueña y curiosa, que revoloteaba con muchos pájaros pero con ninguno quería quedarse. Un buen día, en uno de sus vuelos, descubre al gato malhumorado y feote con el que decide conversar. Un verdadero peligro para un ave estar frente a un gato. Pese a ello, decidida, se posa en la almohada del gato manchado y le despierta. El gato, que hasta entonces andaba sin rumbo, triste y sin compañía pues, nadie se atrevía a mirarle de cerca, se sorprende con la perseverancia con la que la golondrina le busca. Ambos deciden no conformarse con lo establecido y arriesgarse a mirarse a los ojos a pesar de su naturaleza diferente para así por fin encontrarse. Al gato le inunda el optimismo y ella reniega en mayúsculas de los consejos de sus semejantes y las habladurías populares desobedeciendo la norma por la que una golondrina no puede pasear con un gato. Una verdadera revolución. Ella es feliz con él y él lo es con ella. Aunque en un principio él no comprende cómo puede acercársele en lugar de huir como los demás, se acostumbra a su presencia y cada día la espera un poquito más que el anterior. Con el estado febril que produce el enamoramiento, embriagado, cambia por completo su actitud y el trato con el resto de animales.

Se establece un tierno intercambio entre golondrina y gato, donde poco a poco se van quitando máscaras para conocerse. No dejan que los comentarios les separen y siguen caminando juntos día tras día. Ni la vaca, ni la lechuza, ni los patos son capaces de impedir que continúen viéndose. Nos regalan diálogos divertidos con acento guasón que son casi chistes, repeticiones y juegos de palabras, registros de distintas voces que logran meterse al pequeño espectador en el bolsillo arrancándole carcajadas a borbotones. Y el gato, al que en primer momento miraban con cierto respeto, acorta distancias y acaba entusiasmando a nuestro público más menudo. ¿Y si yo fuera luna? Yo sería un lunático ¿A que no me pillas? Y nos desternillamos.

Pero cae el otoño. “Gato con gata. Pato con pata. Hay una ley que dice que un gato no puede casarse con una golondrina. Reconduzcan a su hija por el sendero correcto”. El gato quiere casarse con la golondrina, sin embargo, la golondrina desaparece tras la intervención de su familia. Ya no puede pasear al lado de gato, su destino está al lado de un ruiseñor. Desaparece un día, otro… y no es hasta el tercero, cuando consigue hacerle llegar una carta en la que explica al gato que nunca ha sido tan feliz como en los tiempos en los que vagabundeaban juntos pero que sus caminos ahora deben separarse. La luz se vuelve sombra.

Una noche Sinhá regresa para jugar como lo habían hecho antes y al gato manchado se le enciende la esperanza. Tras una tela, sus siluetas se acompasan y saltan felices reviviendo los recuerdos. Algo que enseguida se apaga, se acaba, porque ella debe casarse con alguien de su naturaleza, el ruiseñor, y esa ha sido tan sólo su última noche.

Hay gatos y hay golondrinas.  

Los amores imposibles acaban siempre de la misma manera. O parecida. Las palabras y gestos de alabanzas al gozo que sintieron no logran sostener el futuro, la dicha se evapora y los caminos se separan, quien sabe si para volver a encontrarse de nuevo.

En su boda, la golondrina escuchó al gato aproximarse, “La golondrina, que reconoció sus pasos, dejó que una de sus lágrimas rodara por el viento y fuera a parar hasta las manos del gato.

Y con este gesto,

                                iluminó el solitario camino del gato manchado en la noche sin estrellas.

                y el gato tomó la dirección de los estrechos caminos que conducen

                                               a la encrucijada del fin del mundo”.

Por Lorena Cámara

 

DATOS TÉCNICOS:

Vista el 14 de marzo en Sala Cuarta Pared

[Basado en El Gato Manchado y la Golondrina Sinhá, de Jorge Amado]

Compañía: El Retablo

Dirección, diseño de escenografía y dirección musical: Pablo Vergne

Intérpretes: Eva Soriano y Pablo Vergne

Diseño de vestuario y atrezo: El Retablo

Diseño de iluminación y dirección técnica: Ricardo Vergne

Diseño de sonido y producción: El Retablo

Diseño gráfico: Eva Soriano

Realización de escenografía y vestuario: Eva Soriano

PREMIOS: Festival Internacional de Bonecos 2002. Belo Horizonte. Brasil. Mejor espectáculo. Jurado especializado. / TEATRALIA 2000. Festival de Artes Escénicas para Niñas y Niños. Primer Premio. / FETEN 2000. IX Feria Europea de Teatro para niños y niñas. Mejor espectáculo. Mejor dirección. / Festival de Títeres de Val D’Albaida. Mejor propuesta Estética.

Género: Teatro de títeres

Edad: Recomendado para niños y niñas a partir de 3 años y público familiar

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