Por Marta Larragueta

Ojear el programa de Teatralia es como llegar a una heladería de esas en las que se multiplican los colores tras la vitrina: un paraíso de opciones en el que resulta muy difícil escoger. Donde nunca parece suficiente ni con un cucurucho de tres bolas. Una especie de sospecha de síndrome de Stendhal en el que se intuyen las palpitaciones futuras. Por fin, tras haber elegido los sabores que probaré en esta edición de Teatralia, este fin de semana he podido comenzar a degustarlos.

La Sala Mirador ha ofrecido dos pases de Hubo, de El Patio Teatro. Se trata de una compañía que ya había disfrutado con creces en Conservando la memoria; de hecho, en su momento salí de la Cuarta Pared sin palabras y con alguna lágrima resbalando por la mejilla de pura emoción. Pues bien, lo han vuelto a conseguir y, haciendo una prolepsis (reconozco que iba a decir flashforward), han vuelto a recibir una ovación emocionada y sostenida del público. Los intérpretes han querido decir unas palabras al final y han tenido que esperar varios minutos a que los asistentes dejásemos de batir las manos. Qué maravilla de momento.

Hubo fue Premio FETEN al Mejor Espectáculo de Títeres 2019 y, tras haberlo saboreado esta mañana, no me cabe duda del porqué del galardón. Cuenta la historia de un pueblo que queda sumergido por la creación del pantano y, junto con él, la vida y los recuerdos de una mujer a la que conocemos desde su más tierna infancia. La obra comienza con dos intérpretes construyendo poco a poco un escenario rural, casi idílico en los tiempos que corren ahora mismo. Al poco nos presentan a dos personajes, niño y niña, que juegan y crecen juntos, se enamoran, se acompañan toda una vida y, demasiado pronto (como siempre), se separan. De él queda su boina como recuerdo y ella acaricia el espacio que solía ocupar: “la presencia de la ausencia” lo habría llamado un buen amigo mío.

No llevamos ni media obra y ya está ahí el nudo en la garganta, marca registrada. La emoción se palpa en el ambiente, se siente entre dolorosa y acogedora. La trama continúa y vemos aparecer máquinas excavadoras y tractores que dejan una única salida a la protagonista que todavía nos acompaña: navegar en la tempestad que se le ha echado encima y encaramarse al tejado de su casa. Decide resistir al progreso, o a la destrucción, según se mire.

La pericia de los intérpretes, Izaskun Fernández y Julián Sáenz-López, es absolutamente maravillosa. Sus brazos se entrelazan y sus cuerpos se acompañan para dar vida primero a los dos títeres y, luego, solo a uno. Movimientos fluidos, naturales y rebosantes de energía en los momentos necesarios. La música y la iluminación, que contribuyen con arte a crear atmósferas y también a narrar escenas, están milimétricamente medidas y deliciosamente elaboradas. A lo largo del espectáculo los efectos visuales se suceden y, aunque se intuye muchísimo trabajo detrás, son como esos hilos que cuando funcionan realmente bien ni se notan.

Hubo nos habla, sin palabras, del amor y de la soledad, de la belleza de las pequeñas cosas, de la magia del día a día, del olvido del mundo rural y de la tenacidad por resistir frente a lo aparentemente irresistible. Esta maravillosa producción logra, en escasos 45 minutos, transmitir una paleta de sentimientos tan diversa como gratificante; te remueve por dentro, te zarandea y te vuelve a dejar en la butaca delicadamente. Una vez más, un aplauso gigante a El Patio Teatro por hacer Teatro con mayúsculas.

 

Por Marta Larragueta

 

DATOS TÉCNICOS:

Vista el 07 de marzo de 2021 en Sala Mirador  (C/Doctor Fourquet, 31)

Dirección, interpretación, escenografía, iluminación, sonido y vestuario: Izaskun Fernández y Julián Sáenz-López

Creación y dirección musical: Elena Aranoa y Nacho Ugarte

Diseño gráfico: Diego Solloa

Dirección técnica: Julián Sáenz-López

Técnico de sonido e iluminación: Diego Solloa

Realización de escenografía: El Patio Teatro

 

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