Por Eva Llergo

«Mamá, esta obra me ha inspirado», dice mi pequeña espectadora Nora al salir del espectáculo Pachamamá de la compañía madrileña Baraka Teatro, programado dentro del ciclo de teatro para bebés Rompiendo el cascarón

Nora ya no es un bebé, no. Tiene 7 años y sus largas piernas ya tocan el suelo desde su butaca en primera fila. Pero su apreciación de espectadora sagaz pone en evidencia algo que ya sabemos: que el denominado «teatro para bebés» supera con creces los límites de edad impuestos por su título y satisface e inspira, como a Nora, a todos los espectadores, independientemente de su edad. 

Aún así, Pachamamá cumple a raja tabla con la caracterización del teatro para bebés: experimentación, proximidad, poeticidad, lenguaje no verbal, condensación y especificidad temática. Es decir, está ideada ex profeso para esas primeras edades de la vida… Pero nos resulta tan inspiradora y bella… ¿será porque los bebés tienen un lenguaje y una capacidad simbólica más universal de lo que solemos juzgar?

Pachamamá es un canto a la vida y a la naturaleza. No en vano Pachamamá es precisamente el nombre que recibe la Madre Naturaleza, como diosa venerada por los pueblos indígenas de los Andes. Y en América Latina comienza su recorrido/homenaje en la obra: un trayecto condensado en cuatro estaciones y continentes. La observamos desperezándose en su cueva/choza y hablando con los pájaros en primavera, rugiendo como un león en África en verano, bailando entre los colores y las serpientes de la India y durmiéndose, convertida en oso polar, bajo la aurora boreal en invierno.

No hace falta seguir el recorrido de continentes/estaciones de todos modos para disfrutar de la obra (información «figurativa» que podemos obtener sin problemas en la web de la compañía). Es mejor deleitarse de manera tanto conciente como subconsciente con su simbolismo y estética. Porque Pachamama es, ante todo, un canto a la belleza de la vida y la naturaleza que se trasluce en la belleza y acierto de los objetos, escenografías, músicas escogidos para acompañar los movimientos, casi danzas, de la única actriz protagonista. Embobados, encandilados, embrujados como ante la magia incomprensible del mundo (un nacimiento, una estrella fugaz) asistimos a cómo se despliega el fuego ante nuestros ojos (aunque un prosaico quiera recordarnos que no eran más que dos abanicos con vaporosas telas), cómo se encienden las estrellas (aunque sean pequeñas bombillas), o cómo sobrevuela ante nosotros la aurora boreal (aunque sea una bola de discoteca, la sensación de movimiento es tan real). Esa es la magia del teatro: hacer pasar por real lo irreal, convertir en corporal lo etéreo, en experiencia lo literario.

El montaje sutil, bello, universal de Baraka Teatro nos hizo pasar unos 35 minutos en contacto directo con esas ideas puras que son la verdad y la belleza. Normal que Nora saliera inspirada. Para eso, no hay edad. 

Por Eva Llergo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Eva Llergo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DATOS TÉCNICOS:

Vista el 19 de diciembre de 2020 en el Teatro Fernán Gómez, dentro del ciclo Rompiendo el cascarón

Dirección y dramaturgia: María Caudevilla

Actriz: Sara Campbell
Producción: Baraka Teatrojón

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