Por Araceli Hernández

 La casa del abuelo nos enfrenta al que probablemente pueda ser el tema más arduo para la mente humana (adulta e infantil) como es el final de la vida y la inevitable y ominosa cuestión a la que todos nos enfrentamos antes o después irrevocablemente: ¿dónde van los que quisimos cuando se mueren?  Pero esta no es una obra triste ni oscura, sino todo lo contrario: luminosa y alegre. Todo surge a partir del escritorio del abuelo, escritorio que sirve como núcleo del que van germinando, con una delicadeza de diseño exquisita y sumamente enternecedora, todos los espacios habitados por el abuelo, la abuela, y la nieta que nos los va relatando.

 

 De los cajones y gavetas emergen cocinas, quioscos, el cielo estrellado o incluso la verbena en la que, un día ya lejano, el abuelo y la abuela decidieron unir sus vidas. Todas estas habitaciones, maravillosamente recreadas hasta el último detalle, se convierten en el catalizador de la memoria para evocar los quehaceres y días de los que ya no están con una sensibilidad y una imaginación portentosa. Esta misma idea evocadora se traslada a los objetos mediante los que se construyen los títeres que conforman el abuelo, la abuela y la nieta: unas tijeras de costura se convierten en gafas, una goma de borrar en una nariz, una cesta en el orondo cuerpo de la abuela (cuerpo en el que acoger y consolar), o un libro que atesora un corazón en la primera página se transforma en la caja torácica del abuelo. Estos títeres ven reforzada su gestualidad a través de la interacción manual de la actriz, que también les va cediendo su voz mediante una versátil capacidad para emular diferentes tonalidades con las que rápidamente identificar la gravedad pasajera del abuelo cuando tiene que reñir o la revoltosa inflexión de la nieta.

 

 

Se inicia la historia meditando sobre el contenido de los cajones (sellos, sobres, una radio…) que rápidamente nos dirigen a la recreación de la rutina diaria del títere/abuelo: se afeita, la abuela le recorta los pelillos de la nariz, sale a por su periódico y aplasta cucarachas con su bastón. La aparición del títere/nieta y su traviesa interacción con estos objetos del abuelo provocaron muchos momentos de humor en los que resonaron las carcajadas de los pequeños espectadores. La narración conecta directamente con el deslumbrante diseño escenográfico jugando con la magia que pueden adquirir los objetos más rutinarios a los ojos de un niño o un anciano. Esa fascinante capacidad para transformar los elementos más frecuentes en nuevos espacios o seres sumamente entretenidos (como la lámpara convertida en un testarudo corcel, uno de los momentos más cómicos del espectáculo), para evocar realidades, en definitiva, fantásticas, entronca a su vez con la premisa sobre la que se monta el espectáculo: los que se van, de algún modo, siguen con nosotros mientras seamos capaces de recordarles.

 El abuelo sigue con su rutina hasta que, un día, su corazón se apaga. Este momento está escenificado con muchísima delicadeza y envuelto en un profundo silencio sin que esto le reste un ápice de intensidad dramática. Entonces, la abuela y la nieta buscan un lugar bonito en el que dejar descansar sus restos y donde construir, cerca, para que siga presente en sus vidas, un nuevo hogar. Inevitablemente, esta parte de la trama nos recordó al álbum ilustrado Una casa para el abuelo de Grassa Toro e Isidro Ferrer. La niña y la abuela continúan con sus quehaceres diarios hasta que la niña se pregunta por qué no va a venir el abuelo a comer, si es que acaso estará castigado. Con la respuesta de la abuela se cierra el relato y volvemos a los primeros momentos, en los que la revoltosa niña/títere ha crecido y se ha transformado en una risueña mujer que recuerda a su abuelo cada vez que posa la mirada en su viejo escritorio.

 

 

La casa del abuelo nos trae una historia narrada con comicidad y emotividad a la par, abordando, como decíamos al inicio, una realidad escabrosa y muy compleja a través de gestos sutiles y símbolos evocadores, trasladándonos una lectura de la mortalidad, aunque honesta y tangible, luminosa y reconfortante. Una lectura que logra hacer asequible lo inasequible (la pérdida de las personas que amamos y que dieron calidez a nuestras vidas), a través de un relato que saca a relucir lo hermoso de las pequeñas y rutinarias cosas cotidianas: los juegos infantiles, los cuplés de la radio, los sellos y sobres del cajón de la derecha, la sopa de la abuela… Gestos nimios que se convierten en recuerdos que atesoramos mucho después de que falten los que los habitaron y que, en definitiva, nos animan a recordarles con regocijo.

 Tan sólo hubo una pequeña sombra que enturbió levemente la sensación tan positiva del espectáculo, pero sucedió ya una vez terminada la obra cuando al final, la creadora, nos explicó cómo había surgido este espectáculo en respuesta precisamente a la pregunta de su hija tras fallecer su padre, afirmando tajantemente que los abuelos no estaban en el cielo ni en ninguna otra parte, que se mueren y punto. En primer lugar, nos parece que esta cuestión ya había quedado resuelta en la obra con suficiente solvencia y claridad. Aparte, y aunque personalmente podamos estar de acuerdo con una política de sinceridad absoluta para abordar la muerte, encontramos la aseveración excesivamente brusca; máxime teniendo en cuenta la situación actual que estamos viviendo en la que muchos españoles han perdido recientemente a sus seres queridos. Mientras que en la obra se trataba este tortuoso asunto con una sutil y evocadora poesía, encontramos la explicación final un tanto fuera de lugar puesto que tan legítima y beneficiosa nos parece la visión de la intérprete y creadora como cualquier otra postura diferente que se adopte para ayudarse a superar un momento tan doloroso como la pérdida de nuestros mayores, siendo algo que consideramos que pertenece al íntimo ámbito familiar y no es propicio delimitarlo.

 

 Por Araceli Hernández

 

 

 

 

DATOS TÉCNICOS

Ficha artística y técnica

Vista en Espacio Abierto Quinta de los Molinos el 29 de noviembre de 2020

Actriz y titiritera: Rosa Díaz

Técnico de luz y sonido: Davide Scatá

Dirección: Rosa Díaz y Mauricio Zabaleta

Compañía: La Rous

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