Por Eva Llergo

Después de desechar varios comienzos, opto por empezar mi crítica aludiendo al tremendo reto que supone enjuiciar la creación de Kulunka Teatro. ¿Por qué? Porque, ironías de la vida, su obra de máscaras sin palabras, nos ha dejado, pues eso, sin palabras. No hay comienzo a la altura de esta magnífica creación (Premio Ojo Crítico  RNE 2017) que lo dice todo, sin decirnos ni una palabra. En donde vemos, más aún, sentimos, palpamos, la ternura implícita en la desidia de la rutina, los defectos de la buena voluntad, y sobre todo los matices de la soledad.

Solitudes es la historia de los encuentros y desencuentros cotidianos entre un abuelo, un hijo y una nieta. Lo curioso es que la máscara de los actores, que facilita que cada personaje pueda ser universal, al mismo tiempo genera una identificación única y exacta, ¿quién no ve a su abuelo en el abuelo de la obra? Personalmente, a los tres minutos de representación y mientras saboreaba con una sonrisa complaciente la parodia de la partida de cartas del matrimonio de ancianos al más puro estilo Western, evoqué, abruptamente,  a mi propio abuelo. La solemnidad con la que afronta las partidas de Bingo de los domingos. Cómo su entera existencia parece girar en torno al siguiente número que va a cantarse. Cómo cualquier sonido (nuestras risas despreocupadas, comentarios fuera de lugar) le contrarían y ofenden porque le distraen de ese momento único para él: el momento del juego. El tesoro de su semana. Manías de viejo, dirán algunos. No es tan distinto de la intensidad con la que un bebé vive sus intentos por subir una escalera o colocar una pieza de un juego encima de la otra. Y ellos nos parecen tan adorables… En fin, no seré la primera en señalar este vínculo entre la primera infancia y la vejez, pero este es el tipo de conexiones que Solitudes pone a flor de piel en su público.

Dirán que quizás no tiene mucho mérito extraer esta empatía de alguien que ya está a medio camino en la vida. Pero el público que llenaba el Teatro Fernán Gómez el pasado miércoles eran alumnos de ESO y Bachillerato. Así que, mientras el espectáculo transcurría y les escucha reír, no podía evitar preguntarme si ellos estarían captando la ironía trágica de algunas de las escenas más cómicas: cómo la última despedida de la abuela se convierte en un accidente, la relación del viejo con la insistente mosca, la torpeza de la prostituta, etc. Ellos reían, y yo también para ser justos. Las escenas estaban hechas precisamente para eso, para distanciarnos un poco con la risa y al mirar la escena desde fuera darnos cuenta de la enorme carga trágica que sostienen. El distanciamiento trágico, que diría Bertold Bretch. Sí, pero también para no abrumar con la intensidad dramática que tienen algunos momentos y situaciones de la vida. Justo en los que Kulunka teatro estaba poniendo el dedo sobre la llaga. Pero la pregunta seguía ahí: ¿estaría los adolescentes captando la enorme fragilidad de las situaciones mostradas: la intensa soledad del anciano, la frustrante incapacidad de entender del hijo, la torpeza en la búsqueda de la adultez de la adolescente?

Al poco rato fui consciente de otro fenómeno. Cuando el público no reía podía cortarse el silencio. ¿No es eso ya de por sí prueba suficiente de que estaban metidos en la situación de la obra hasta el cuello? Como neófita que soy en “adolescencia” tuve que esperar hasta el final, hasta la charla coloquio con los actores y el director, para convencerme. Ahí ya se me quitó del todo la venda de los ojos: las preguntas de estos ya no tan “pequeño espectadores”, formuladas con torpeza, pero profundas y purísimas; su manera descarnadamente sincera de valorar el milagroso trabajo de transformación y veracidad de los actores, la visión potentísima de escena del director y  el potencial de conjunto de la obra; sus interpretaciones audaces y viscerales de los símbolos;  y la manera de comprender la repercusión de la historia en sus propias vidas me conmovieron tanto como la propia obra. El milagro se había obrado, la conexión absoluta entre la vejez y la infancia, entre el dolor y la alegría, entre la decrepitud y la belleza y la poesía. En fin, la esencia misma de la vida.

Me marché de allí de un modo distinto al que había llegado. ¿Puede aspirar a algo más alto un espectáculo? La transformación de sus espectadores. Eso es lo que consigue Solitudes: hacerte sentir orgulloso de la vejez; sentirte orgulloso de la adolescencia. Valorar rotundamente la vida. En todos sus estadios.

Por Eva Llergo

DATOS TÉCNICOS:

Teatro Fernán Gómez
Plaza de Colón, 4.
Fecha: Del 31 de enero al 25 de febrero.
Horario: Martes a sábado – 20:00 h.

Domingos y festivos – 19:00 h.

Dirección: Iñaki Rikarte

Reparto: Garbiñe Insausti, José Dault y Edu Cárcamo

Duración: 80 min.